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A veces me pregunto si lo que pasa en Cuba no es, más que una tragedia política, una paradoja humana.
Un país sumido en una crisis profunda, donde la vida cotidiana se ha vuelto una sucesión de carencias: apagones interminables, salarios que no alcanzan, jóvenes que se marchan, hospitales sin recursos, familias separadas. Una población que, en su mayoría, sabe perfectamente por qué está así. Lo dice en voz baja, en la intimidad, en las colas, en las casas, en los mensajes privados. No hay mucha confusión sobre las causas. Hay conciencia.
Y, sin embargo, las calles se llenan cuando el gobierno convoca. Marchas, actos, concentraciones, símbolos, consignas. Multitudes visibles en un país donde lo invisible es el cansancio.
Ahí aparece la paradoja: ¿cómo puede coexistir una conciencia tan extendida con una conducta pública que parece negarla?
La explicación fácil sería hablar de fanatismo o manipulación. Pero eso sería demasiado superficial. La realidad es más compleja y más incómoda. No se trata sólo de creer o no creer. Se trata de vivir en un sistema donde disentir tiene costos reales, cotidianos, acumulativos. Donde no ir puede significar perder oportunidades, ser marcado, quedar fuera. En un país donde casi todo depende del Estado, la obediencia no siempre es ideológica: muchas veces es simplemente una forma de protección.
Entonces la marcha deja de ser una expresión política y se convierte en un acto de supervivencia. No se va porque se esté convencido, se va porque no se puede no ir. No se grita por fe, se grita para no destacar. No se participa por entusiasmo, sino por inercia.
Se crea así una especie de doble realidad: una privada, crítica, lúcida; y otra pública, ritual, disciplinada. Una sociedad donde pensar una cosa y decir otra no es hipocresía moral, sino adaptación psicológica.
Lo más inquietante no es sólo que esto exista, sino que se utilice como argumento. Porque esas imágenes son mostradas constantemente por los defensores del régimen como prueba de legitimidad: para afirmar que quienes pensamos diferente estamos equivocados, que el pueblo sí apoya, que la disidencia es minoritaria o inventada. Y muchas veces eso se replica en comentarios, en debates, en redes: la multitud como “evidencia” definitiva.
Pero esa lectura ignora algo esencial: presencia no es lo mismo que adhesión. En contextos de control político, la imagen pública no refleja necesariamente la verdad social. Refleja, sobre todo, la capacidad del sistema para organizar, presionar y producir escenas. No demuestra convicción; demuestra poder.
Desde fuera, uno empieza a hacerse otra pregunta, todavía más dura: ¿vale la pena alzar la voz por quienes parecen no alzarla por sí mismos? ¿Tiene sentido gastar energías defendiendo a un pueblo que, al menos en lo visible, sigue acompañando al sistema que lo hunde?
Es una pregunta legítima. Nace del desgaste, no del desprecio. Del cansancio de gritar mientras otros callan o marchan.
Pero quizás ahí está la última capa de la paradoja. El verdadero triunfo del sistema no es sólo que la gente obedezca, sino que incluso quienes ven la injusticia empiecen a dudar de si la empatía todavía tiene sentido. Que la resignación se vuelva contagiosa. Que cada cual piense únicamente en salvarse a sí mismo.
Cuba no es una sociedad derrotada por falta de inteligencia. Es una sociedad agotada por exceso de miedo, de control y de tiempo. No convencida, sino atrapada. No leal, sino cansada.
Y tal vez lo más honesto que se puede decir hoy no es que el pueblo apoye lo que lo oprime, sino que ha aprendido a vivir dentro de una contradicción permanente: saber que algo está mal, pero sentir que enfrentarlo es más peligroso que soportarlo.
Eso es, en el fondo, la paradoja cubana: una conciencia colectiva que existe, pero que no logra convertirse en acción colectiva. Una lucidez que no encuentra salida. Un país que sabe, pero no puede.
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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.