El régimen cubano ha reconocido que está dispuesto a retomar el diálogo con Estados Unidos, pero ha trazado líneas rojas que confirman su voluntad de preservar intacto el núcleo de su poder político.
El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, declaró a la agencia Associated Press que Cuba “no tiene actualmente una mesa de diálogo con Washington”, aunque estaría “abierta a una” si se cumplen determinadas condiciones.
Sin embargo, advirtió que ciertos temas “no están sobre la mesa”, entre ellos la Constitución, la economía y el sistema de gobierno socialista.
“Estamos abiertos al diálogo. Si podemos tener un diálogo, tal vez eso pueda conducir a una negociación”, dijo Fernández de Cossío, quien enfatizó que Cuba busca una “coexistencia respetuosa y seria” con Estados Unidos. No obstante, insistió en que el modelo político del país no será objeto de discusión.
Las declaraciones se producen pocos días después de que el presidente estadounidense Donald Trump confirmara que su administración mantiene contactos con las más altas figuras de Cuba, tras anunciar aranceles contra cualquier país que suministre petróleo a la isla.
“Cuba es un Estado fallido”, viene repitiendo Trump en los últimos días, asegurando que su gobierno busca un acuerdo que beneficie tanto a los cubanos del exilio como a los que permanecen en la isla.
La Casa Blanca sostiene una línea de presión económica y diplomática sobre La Habana, en el marco de la emergencia nacional declarada por considerar al régimen una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de Estados Unidos.
El mensaje de Fernández de Cossío complementa la reciente declaración del ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), que el 1 de febrero afirmó que Cuba “no representa una amenaza para la seguridad de Estados Unidos” y propuso “reactivar la cooperación bilateral” en áreas como la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico, el lavado de dinero y la ciberseguridad.
Analistas interpretan la combinación de ambos mensajes —el tono técnico del MINREX y la prudencia política del vicecanciller— como parte de una estrategia de distensión controlada.
La Habana busca proyectar una imagen de “Estado responsable y cooperante”, mientras intenta aliviar las presiones derivadas del bloqueo energético y de las sanciones financieras contra GAESA, el conglomerado militar bajo control de Raúl Castro y su “famiglia”.
Aunque el lenguaje ha cambiado, el fondo sigue siendo el mismo: el régimen de Miguel Díaz-Canel rechaza cualquier diálogo que implique reformas estructurales o cuestionamientos a la autoridad del Partido Comunista.
Por qué Cuba no quiere hablar de su sistema y qué responderá Washington
La negativa del régimen (a través de Fernández de Cossío) a discutir la Constitución, la economía o el sistema de gobierno socialista no es táctica: responde a la necesidad de proteger la arquitectura jurídica del poder en Cuba.
La Constitución de 2019 establece la irrevocabilidad del socialismo (artículo 4), consagra al Partido Comunista como “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado” (artículo 5) y prohíbe modificar ese orden en el futuro (artículo 229).
Abrir ese debate equivaldría a cuestionar la esencia del régimen, que se sostiene sobre el monopolio político, el control económico y el papel hegemónico del ejército y las “fuerzas del orden” (MINFAR+MININT).
Además, el modelo económico socialista —gestionado a través del conglomerado militar GAESA— garantiza a la cúpula del poder el control absoluto de las principales fuentes de ingreso: turismo, comercio exterior, divisas y banca.
Al mantener ese modelo, el régimen protege sus intereses financieros bajo el discurso de una supuesta “soberanía económica”.
Sin embargo, esa postura choca de frente con la Doctrina Donroe, la nueva estrategia hemisférica de Washington impulsada por Trump y diseñada por Marco Rubio.
Esta doctrina busca reconfigurar el hemisferio occidental mediante la transición democrática de los regímenes autoritarios aliados de Rusia, China e Irán.
Tras la captura de Nicolás Maduro y el inicio del proceso de estabilización y reconciliación en Venezuela, la Casa Blanca ha dejado claro que no aceptará diálogos que excluyan reformas políticas de fondo y un proceso de transición a la democracia.
En ese contexto, la oferta cubana de un “diálogo técnico sin tocar el sistema” es vista en Washington como un gesto defensivo, no como una apertura genuina.
Todo apunta a que Estados Unidos mantendrá canales de comunicación controlados, pero intensificará la presión diplomática, económica y financiera hasta que La Habana acepte discutir una transición real hacia un sistema plural y democrático.
El mensaje es inequívoco: No habrá estabilidad sin cambio de sistema.
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