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Brasil habló, pero no Lula. Mientras partidos y organizaciones afines al oficialismo brasileño emitieron enérgicas condenas a la nueva orden ejecutiva del presidente estadounidense Donald Trump, el mandatario Luiz Inácio Lula da Silva guarda silencio.
Washington ha dejado claro que considera a Cuba como “amenaza a la seguridad nacional” y por ello ha previsto sanciones contra países que abastezcan de combustible a la isla, pero en el Palacio de Planalto reina el silencio.
En un reciente comunicado, el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), socio histórico del Partido de los Trabajadores (PT), denunció lo que calificó de “genocidio económico” y “política imperialista de castigo colectivo”.
En tono abiertamente ideológico, la organización llamó a su militancia a “intensificar las acciones de denuncia y solidaridad activa con el pueblo cubano”, resucitando el léxico de los años de Guerra Fría.
A esa línea se sumaron el Centro Brasileño de Amistad con los Pueblos (Cebrapaz) y el propio PT, que habló de una “guerra económica abierta contra la isla” y acusó a Washington de “querer sofocar totalmente la economía cubana e impedir la llegada de combustibles”.
El comunicado del PT incluso incluyó una frase que pocos esperaban leer en 2026: “Seguiremos defendiendo al pueblo cubano, su Revolución y sus ideales de justicia social.”
Sin embargo, ni Lula ni su canciller Mauro Vieira han comentado la orden ejecutiva de Trump y apenas se han pronunciado sobre el secuestro de Nicolás Maduro, pese a la creciente presión estadounidense sobre los aliados históricos del eje bolivariano.
El silencio del presidente brasileño contrasta con el tono encendido de su entorno partidista y evidencia la incómoda posición de Brasil en el nuevo mapa regional: atrapado entre su retórica de izquierda y la realidad de una América Latina alineada con Washington bajo la doctrina Donroe impulsada por Marco Rubio.
Mientras Lula mide cada palabra, los viejos defensores del castrismo hablan por él —como si el tiempo no hubiera pasado y la llamada “revolución” siguiera viva, aunque en Brasil y en La Habana, hace mucho que dejó de convencer.
Y ese silencio grotesco es todo lo que puede exhibir la cancillería del régimen cubano en su sitio web: apenas el eco de lo que un día fueron besos y abrazos de Lula con el dictador que tanto admiraba... y que ahora no recuerda.
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