La Habana ofrece diálogo, pero sin ceder poder: Las líneas rojas del régimen cubano ante Washington



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Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro encabezan marcha en el Malecón habanero Foto © presidencia.gob.cu

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El régimen cubano ha movido ficha, pero no ha cambiado el tablero. 

Las declaraciones del viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío, sumadas al reciente comunicado del ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), delinean la nueva estrategia de La Habana ante Estados Unidos: abrirse al diálogo, pero sin tocar los fundamentos de su poder. 

En apariencia, el régimen extiende la mano. En realidad, refuerza los muros. 

La entrevista de Fernández de Cossío con la agencia Associated Press fue cuidadosamente calibrada: “Estamos abiertos al diálogo con Estados Unidos, pero la Constitución, la economía y el sistema de gobierno socialista no están sobre la mesa”. 

En esas pocas palabras se condensa la esencia del agónico castrismo de 2026: flexibilidad táctica, rigidez estructural y sobresaltos en la cama elástica -con la vista puesta en el crono- mientras practican acrobacias de “resistencia creativa”. 

La máscara diplomática del MINREX 

La declaración del MINREX del 1 de febrero marcó el tono del nuevo lenguaje oficial. 

Por primera vez en seis décadas, el régimen cubano emitió un texto institucional sin mencionar el “bloqueo”, el “imperio” ni la “revolución”. En su lugar, apeló a la cooperación técnica, la legalidad internacional y la coexistencia pacífica. 

“Cuba condena el terrorismo y reafirma su compromiso de cooperar con los Estados Unidos para fortalecer la seguridad regional”, decía el documento. Detrás del cambio de tono no hay una conversión ideológica, sino una operación de supervivencia política. 

Acorralado por la crisis energética, el colapso económico y las sanciones financieras, el régimen busca relegitimarse ante la comunidad internacional. 

La nueva retórica pretende proyectar la imagen de un Estado racional, profesional y confiable, mientras el aparato militar y el Partido Comunista mantienen intacto el control del poder real. 

El mensaje hacia Washington es claro: Cuba está dispuesta a cooperar, pero no a transformarse. El objetivo es doble: disminuir la presión diplomática y económica y evitar que el diálogo derive en exigencias de apertura política. 

Las líneas rojas del poder 

Cuando Fernández de Cossío excluye del diálogo la Constitución, la economía y el sistema de gobierno socialista, está blindando los tres pilares que sostienen la dictadura de partido único. 

La Constitución de 2019 declara “irrevocable” el socialismo (artículo 4) y consagra al Partido Comunista como “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado” (artículo 5). El artículo 229 prohíbe reformar esos preceptos. 

Por su parte, el modelo económico estatal (socialista) garantiza al conglomerado militar GAESA su opaco control del turismo, las divisas, el comercio exterior y los sectores estratégicos. 

En otras palabras, el socialismo cubano es una arquitectura de poder, no una ideología. Discutir esos temas sería cuestionar la legitimidad del Partido, del ejército y de la familia Castro. 

Por eso Fernández de Cossío no improvisa: marca el perímetro del diálogo para que Washington entienda que Cuba solo está dispuesta a hablar de asuntos técnicos (seguridad, narcotráfico, migración), pero no de democracia ni derechos humanos. 

El régimen se aferra al poder totalitario y mafioso con el lenguaje de la diplomacia. Y al hacerlo, transforma la negociación en un muro de contención. 

La Habana: Entre el cálculo y el miedo 

El cambio de tono del MINREX y las palabras del viceministro responden a un contexto de vulnerabilidad inédita. 

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero dejó a Cuba sin su principal aliado energético y financiero. 

La suspensión de los envíos de petróleo venezolano, las restricciones a las remesas y los aranceles a países que suministren crudo a la isla (como México) han dejado al régimen económicamente asfixiado. 

Ante ese panorama, La Habana intenta mostrar buena voluntad, ofreciendo cooperación contra el terrorismo y el lavado de dinero, pero sin tocar su estructura interna. Es una jugada de contención: simular apertura para ganar tiempo. 

El objetivo inmediato es evitar una escalada que lleve al colapso económico total o a un aislamiento diplomático irreversible, mientras el régimen reorganiza sus alianzas con Rusia, China e Irán. 

Pero en el fondo, el miedo es otro: que Washington imponga a Cuba el mismo modelo que hoy se aplica en Venezuela. 

Washington y la Doctrina Donroe 

Ese temor tiene fundamento. Antes de la caída del chavismo, la administración Trump–Rubio ya había delineado una estrategia hemisférica conocida en los círculos diplomáticos como Doctrina Donroe (una actualización del principio Monroe): reordenar el hemisferio occidental mediante la transición democrática de los regímenes autoritarios aliados de Moscú y Pekín. 

La “visión Rubio”, dentro de esa doctrina, define una secuencia política: estabilización, recuperación económica, reconciliación y transición. Es la hoja de ruta aplicada en Venezuela, donde Estados Unidos dirige el proceso de reconstrucción institucional bajo tutela internacional. 

Cuba es el siguiente eslabón lógico. Para Washington, la isla no es solo una dictadura, sino la fuente ideológica y logística del eje antiestadounidense latinoamericano. Dejar intacta su estructura equivaldría a dejar vivo el virus, o como refieren asesores de la administración Trump: no cortar la cabeza a la serpiente

Por eso, Estados Unidos no aceptará un diálogo que excluya el sistema político, la Constitución o el modelo económico. Esos son precisamente los tres ejes que la Doctrina Donroe busca transformar. 

Donald Trump y Marco Rubio saben que no habrá estabilidad duradera en la región sin el desmantelamiento del castrismo. El diálogo, en su visión, solo puede servir como instrumento de presión, no de concesión. 

La tormenta que se aproxima 

Mientras La Habana se aferra a su sistema socialista (piedra angular de su arquitectura de poder) y Washington refuerza su política de máxima presión, el punto de equilibrio se estrecha. 

Estados Unidos puede aceptar conversaciones técnicas, pero seguirá golpeando los cimientos económicos del régimen: sanciones a GAESA, limitaciones financieras, bloqueo a sus aliados energéticos y aislamiento diplomático. 

Al mismo tiempo, Washington buscará fracturar la cúpula interna del poder, generando incentivos para una transición negociada desde dentro, como ocurrió en Venezuela. 

El mensaje es inequívoco: “Podemos hablar, pero el cambio es innegociable”. 

Conclusión: El muro de cristal 

El régimen cubano intenta sobrevivir con una estrategia de disimulo: baja el tono ideológico, adopta lenguaje técnico y ofrece cooperación limitada, pero sin ceder en lo esencial. 

Fernández de Cossío representa ese intento de adaptación: dialogar para no cambiar, negociar para no ceder. 

Sin embargo, en la era de la Doctrina Donroe, ese lenguaje ya no engaña a Washington. Estados Unidos no busca coexistencia, sino reconfiguración. Y para lograrla, utilizará una combinación de sanciones, diplomacia y presión multilateral. 

El dilema de La Habana es claro: aceptar un proceso de transición controlado, o enfrentar un aislamiento total y un colapso interno cada vez más inminente. 

La historia, una vez más, ha dejado al régimen ante su espejo. Y esta vez, ni el lenguaje de la cooperación ni la retórica de la soberanía podrán ocultar la verdad: el régimen cubano no quiere cambiar y hará lo posible por mantener el statu quo. Pero Estados Unidos no va a esperar. 

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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