
Vídeos relacionados:
El Banco Central de Cuba (BCC) volvió a mover este sábado su tasa de cambio oficial del llamado Segmento III, aplicando uno de los ajustes más visibles desde el inicio del esquema cambiario en diciembre, en un intento por reducir la brecha con el mercado informal.
Para este 7 de febrero de 2026, el dólar estadounidense (USD) quedó fijado en 455 pesos cubanos (CUP), con un aumento de seis pesos, mientras el euro (EUR) subió hasta 537.86 CUP.
El movimiento confirma una aceleración en la devaluación oficial del peso, pero también refuerza una conclusión ya recurrente: la llamada “tasa flotante” no lidera el mercado, sino que reacciona con retraso a lo que ya ocurre fuera del sistema formal.
Una semana de ajustes escalonados, no de flotación real
Los datos oficiales del propio BCC permiten reconstruir con precisión el comportamiento de la tasa durante la última semana.
Entre el 30 de enero y el 2 de febrero, la tasa del Segmento III permaneció completamente congelada en 441 CUP por dólar, sin variación alguna durante cuatro días consecutivos.
El primer ajuste llegó el 3 de febrero, cuando el BCC elevó la tasa a 447 CUP, un salto de seis pesos que rompió la inercia previa. Tras dos días de nueva estabilidad, el 5 de febrero la tasa volvió a subir, esta vez a 449 CUP, y finalmente se mantuvo sin cambios hasta el cierre de la semana.
Este patrón revela una característica clave del sistema: no existe una flotación diaria basada en oferta y demanda, sino una secuencia de pausas administrativas prolongadas seguidas de saltos discretos, aplicados cuando la distancia con el mercado informal se vuelve demasiado evidente para sostener.
Fragmentación cambiaria: Una “tasa flotante” que nunca fue una sola
El análisis de toda la serie histórica del Segmento III, desde su entrada en vigor, confirma que el principal problema del esquema cambiario del Banco Central de Cuba no es solo el nivel de la tasa, sino su fragmentación interna y la incoherencia en la forma de ajustarla.
Los datos oficiales muestran que la llamada “tasa flotante” no ha seguido un comportamiento continuo ni orgánico, sino una sucesión de tramos rígidos.
Durante varios períodos iniciales, la tasa del dólar permaneció congelada durante días consecutivos, sin variaciones, aun cuando el mercado informal ya registraba movimientos al alza.
Esa inercia administrativa fue seguida por saltos discretos, a menudo de varios pesos en una sola jornada, aplicados cuando el desfase con la calle se hacía políticamente insostenible.
Este patrón se repite a lo largo de toda la serie: pausas prolongadas, ajustes abruptos, nueva inmovilidad. No existe evidencia de una flotación diaria basada en señales de oferta y demanda, sino de un mecanismo reactivo, condicionado por decisiones internas del BCC y no por el mercado real.
A esa dinámica se suma una fragmentación aún más profunda. El propio registro oficial revela que, mientras el Segmento III fijaba una tasa base para operaciones generales, coexistían otros precios oficiales superiores en ventanillas, aeropuertos, hoteles y canales específicos de venta de efectivo.
En varios momentos, estas tasas paralelas superaron en 20 y hasta 30 pesos la cotización “flotante” publicada, creando un sistema de precios múltiples dentro del propio aparato estatal.
El resultado es una señal contradictoria para ciudadanos y actores económicos: el Estado reconoce implícitamente que el valor del dólar es más alto que su propia tasa oficial, pero se resiste a unificarlo.
Esta dispersión no reduce el mercado informal; por el contrario, lo legitima, al confirmar que ni siquiera el gobierno opera con un único precio de referencia.
Desde el inicio del Segmento III hasta hoy, la brecha con el mercado informal nunca se ha cerrado, solo se ha desplazado. Cada ajuste oficial ha llegado tarde, después de que la calle ya hubiera fijado un nuevo escalón.
Así, la “tasa flotante” no ancla expectativas ni ordena el mercado: persigue precios que ya existen.
En términos económicos, la evidencia acumulada apunta a un fracaso estructural. Un sistema con múltiples tasas, acceso restringido y ajustes discrecionales no puede generar confianza ni estabilidad.
La tabla histórica lo confirma: el problema no es coyuntural ni reciente, sino inherente al diseño mismo del esquema cambiario.
Un ajuste que llega tarde
El contexto en el que el BCC acelera su tasa no es favorable. La economía cubana enfrenta inflación persistente, crisis energética, escasez de divisas y un entorno político cada vez más incierto.
Frente a ese escenario, el mercado informal reaccionó de manera gradual pero sostenida a lo largo de la semana, mientras la tasa oficial avanzó a trompicones.
Economistas independientes coinciden en que este comportamiento confirma el fracaso práctico del esquema cambiario. Sin transparencia, sin acceso real a divisas y con múltiples precios oficiales coexistiendo, la “tasa flotante” sigue siendo un instrumento reactivo, incapaz de ordenar el mercado.
El mensaje que dejan los datos oficiales es claro: el BCC ajusta, pero no controla el proceso.
Mientras el mercado informal continúe marcando el valor real del dinero, cada movimiento tardío de la tasa oficial no hará más que reafirmar la pérdida de credibilidad del peso cubano y de la política cambiaria del régimen.
Archivado en: