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Imágenes enviadas a la redacción de CiberCuba revelaron una protesta silenciosa protagonizada por estudiantes del Instituto Superior de Arte (ISA), en La Habana, tras la suspensión indefinida de las clases presenciales debido a la profunda crisis energética que atraviesa Cuba.
La medida, adoptada por el ministerio de Educación Superior, ha generado inquietud y frustración entre jóvenes que dependen de la enseñanza práctica para completar su formación académica.
Las fotografías muestran una estancia de la institución casi vacía, con mesas desplazadas y una camiseta blanca del ISA colgada en el centro de una pared cubierta de mensajes escritos a mano. Las frases, dispersas y superpuestas, reflejan un clima de desencanto, ruptura y pérdida de expectativas.
Entre las consignas que se leen con claridad destacan “SOY LIBRE”, “¿y esto para ustedes es revolución???”, “Aquí me engañaron”, “Últimas notas desde el insilio” y “QUE REGRESEN A UN PAÍS MEJOR”. El uso del término “insilio” apunta a la sensación de encierro y exclusión que viven muchos jóvenes dentro de la isla.
Uno de los mensajes recibidos por esta redacción, enviado bajo condición de anonimato, describe la acción como un acto para “alzar la voz” ante una realidad que consideran insostenible.
El remitente advirtió que muchos estudiantes provienen de todos los rincones del país, viven en residencias universitarias y hoy no saben si podrán graduarse. “No sabemos si vamos a volver”, afirmó, mientras denunció que sus sueños “se van por la borda por culpa de un sistema y de unos directivos que no representan” a su generación.
El cierre de las clases presenciales golpea con especial dureza a los estudiantes de arte. Carreras como teatro, danza, música o artes visuales dependen del contacto directo, el trabajo corporal, los ensayos colectivos y el acceso a espacios especializados, imposibles de sustituir mediante modalidades a distancia en un país con graves limitaciones tecnológicas y apagones constantes.
Más allá del impacto académico, la protesta refleja un malestar generacional creciente.
Para muchos jóvenes artistas, el ISA no es solo un centro de estudios, sino un espacio de vida, creación y resistencia cultural. La suspensión indefinida de las clases presenciales simboliza, para ellos, algo más profundo: la interrupción de un proyecto de futuro en un país donde cada vez resulta más difícil imaginarlo.
El ISA: Una tradición de rebeldía frente al control político
La inconformidad expresada hoy por los estudiantes del Instituto Superior de Arte entronca con una larga tradición de pensamiento crítico que ha convertido al ISA en uno de los espacios universitarios más incómodos para el poder en Cuba desde su fundación, y especialmente en los años ochenta.
A diferencia de otras instituciones de educación superior, el ISA ha sido históricamente un hervidero de debates estéticos, políticos y sociales, donde generaciones de jóvenes artistas han cuestionado los límites impuestos por el Estado a la creación y al pensamiento libre.
Durante décadas, el régimen ha intentado “poner orden” en la institución mediante depuraciones silenciosas, vigilancia ideológica, control del acceso a becas, censura de obras y la imposición de cuadros políticos en cargos directivos. Sin embargo, esos intentos han fracasado en erradicar del todo un espíritu crítico que reaparece cíclicamente en momentos de crisis.
Uno de los episodios más visibles ocurrió tras las protestas del 11 de julio de 2021, cuando estudiantes del ISA se movilizaron en apoyo a un compañero detenido -el estudiante de música Abel González Lescay- desafiando el clima de miedo impuesto en universidades de todo el país.
Desde entonces, lejos de desaparecer, la tensión entre estudiantes y autoridades se ha mantenido latente. Cada nueva medida restrictiva —desde recortes académicos hasta decisiones administrativas unilaterales— ha reactivado una memoria colectiva de resistencia que identifica al ISA como un espacio donde el arte y la disidencia suelen cruzarse.
Ese legado contrasta con la presencia en el claustro de figuras vinculadas directamente al poder, como Lis Cuesta Peraza, esposa del gobernante Miguel Díaz-Canel, incorporada como profesora en la institución, o el cantautor Israel Rojas, invitado por la docta “no primera dama” como conferenciante en su curso de gestión cultural.
Para muchos estudiantes y egresados, su inclusión simboliza otro intento del régimen por domesticar un centro históricamente incómodo, aunque hasta ahora sin lograr neutralizar del todo la capacidad crítica que define al ISA.
La protesta actual, lejos de ser un hecho aislado, confirma que esa rebeldía sigue viva, incluso en condiciones de precariedad extrema.
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