Sandro Castro lo ha vuelto a hacer. En uno de sus característicos sketch en redes sociales, el niesto díscolo de Fidel Castro ha subido la parada en sus mensajes ambiguos -o no tanto- hacia el régimen cubano.
Esta vez, lo ha hecho con un gesto simbólico disfrazado de broma etílica: ha rechazado una sus emblemáticas "Cristach" para pedir, nada menos, que un Cuba Libre.
En el video, Sandro aparece en un bar y tras una conversación telefónica incómoda -y muy machista, todo sea dicho- queda disgustado.
Un camarero intenta calmarlo con una Cristach, la marca de cerveza que se ha convertido en su mayor atributo, pero su reacción toma por sorpresa.
“No, no quiero tomar Cristach, yo lo que quiero es un Cuba libre, hermano”, dice con gesto serio.
El camarero le responde que no tienen Coca-Cola para preparar la bebida, a lo que Sandro contesta:
“Cuando tengas Coca-Cola, avísame, porque ahora mismo ese es mi trago favorito”.
A la salida del local, tras un resumen de sus fatalidades del día, lanza otra frase aguda: “Vendrán tiempos mejores, caballero”.
La publicación del video fue acompañada por una frase escrita en letras mayúsculas que resume todo el simbolismo del momento:
“NO ESTOY PA CRISTACHH KIERO TOMAR CUBA LIBRE”.
¿Un simple juego de palabras?
En el contexto cubano, la expresión “Cuba Libre” va mucho más allá del ron con cola.
Es un grito reprimido, un anhelo colectivo que resume décadas de lucha, frustración y deseo de cambio. Que el nieto de Fidel Castro la asuma -aunque enmarcado en una escena ligera- ha sido interpretado por muchos como una provocación directa o un mensaje en clave.
Sandro no forma parte de las estructuras visibles del poder en Cuba, pero su apellido lo convierte inevitablemente en símbolo.
Y sus videos, que mezclan humor, absurdo, performance y alusiones sociales, son cada vez más comentados y seguidos.
Lo que antes se interpretaba como excentricidad, algunos comienzan a leerlos como una narrativa construida con guiños cada vez más claros al sentir popular.
El pueblo reacciona: ¿Aplausos o estrategia?
En las últimas horas, decenas de internautas han comentado la publicación en redes sociales, divididos entre la esperanza, la burla, la sospecha y la crítica.
“Se los dije hace rato, este chamaco está con nosotros, más claro ni el agua. Libre”; “Apoyamos el trago”; “Más claro imposible. Este niño siempre está dando señales. Todos queremos una Cuba libre”; “Cuba libre para todos los cubanos”; afirman algunos.
Otros, en cambio, desconfían:
“Este niño es un h de grandísima P como todos en su familia”; “Eso es lo que quiere que pienses”; "No sean inocentones. Por eso te han cogido para eso la vida entera”; “Él también tiene culpa”; “Él como quiera se hizo rico con lo que se robó su abuelo Fidel”; “Eso es parte de la estrategia, para que nos creamos el cuento de que el niño bueno está de nuestro lado”, aseveran otros.
“Uno sí quiere se quita el apellido. Uno si quiere evita mensajes ambiguos. El pueblo se muere de hambre y él hablando del último iPhone o con un Mercedes Brabus de 500 mil dólares. Por eso Cuba está así, por gente como tú que se hacen engañar de estos payasos”, opinó otro comentarista.
No ha faltado quien, en defensa de Sandro, busque separar al individuo del peso del apellido.
“Todo el mundo lo ataca y nadie lo ha visto sentado en un buró del partido, en mesa redonda, en actos patriotas. Solo atacan a un hombre que por dicha o desgracia nació en la familia Castro. Él no le ha quitado nada a nadie. El apellido Castro y nieto de quien es, pues entonces todos contra él… Viva Cuba Libre y lo que va a ser será por ley de Dios. Yo en su lugar lo haría igual”, indicó un internauta en ese sentido.
Lo cierto es que el nieto más polémico y mediático del fallecido dictador ha logrado una vez más lo que parece buscar: provocar, generar conversación, mantener su nombre en la esfera pública.
Sin embargo, esta vez el mensaje ha calado más hondo. Decir “quiero Cuba Libre” no es poca cosa en los labios de un Castro.
Las interpretaciones son múltiples: ¿Ironía? ¿marketing? ¿desahogo? ¿mensaje codificado?
Lo cierto es que los gestos cuentan, y cada palabra dicha -o publicada- por alguien con su linaje, resuena más allá de la anécdota o el trago elegido.
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