El ministerio de Energía y Minas (MINEM) anunció este miércoles que Cuba superó por primera vez los 800 megavatios (MW) de generación fotovoltaica y que se alcanzaron más de 900 MW.
Por su parte, el Noticiero de la Televisión Cubana (NTV) precisó que el primer pico fue de 830 MW, presentado como un récord nacional y una muestra de “soberanía energética” en medio del “recrudecido bloqueo”.
El dato, en sí mismo, es relevante. Pero el modo en que lo presentaron las autoridades y la prensa oficialista del régimen cubano, y lo que se omitieron en sus narrativas merecen un análisis más profundo.
Un récord puntual no es solución estructural
El propio gobierno delimitó el alcance del anuncio: se trata de generación alcanzada “en un segmento del mediodía”. Es decir, un pico momentáneo, no una potencia sostenida durante horas.
En cualquier sistema con generación solar significativa, el máximo se produce alrededor del mediodía. Sin embargo, la potencia puede variar en minutos por nubes, temperatura o limitaciones técnicas de la red.
Más importante aún: ese pico no coincide con el horario de mayor demanda eléctrica en Cuba, que suele registrarse en la noche.
Sin sistemas de almacenamiento masivo en baterías —de los que no se ha informado—, la energía solar no puede cubrir el pico nocturno.
En un sistema que ha registrado déficits superiores a 1,700 MW en horario pico, un récord de 900 MW al mediodía tiene un impacto limitado sobre la crisis estructural.
¿Qué implicaría realmente lo que afirman?
El gobierno afirma haber conectado al Sistema Eléctrico Nacional (SEN) 49 parques solares de 21,8 MW en 13 meses, lo que equivaldrían a aproximadamente 1.068 MW de potencia instalada (algo más de un gigavatio).
Si se asume la verosimilitud de esa cifra, el orden de magnitud del despliegue sería considerable.
Pero el récord comunicado no detalla cuántos parques están efectivamente en operación comercial, ni cuánta potencia total está instalada, ni si hubo recortes de generación por limitaciones de red. Solo se destaca el momento más favorable del día.
“Conectar al SEN” no es empatar un cable
La propaganda oficial presenta la conexión de parques solares como si se tratara de un proceso simple y casi automático. En realidad, conectar una planta de 21,8 MW al SEN implica una operación técnica compleja.
Cada parque requiere:
- Decenas de miles de paneles solares.
- Inversores de potencia (electrónica avanzada que convierte corriente continua en alterna).
- Transformadores y celdas de media tensión.
- Sistemas de protección, puesta a tierra y control.
- Infraestructura de telemetría y comunicación con el operador del sistema.
Pero el componente más crítico —y más costoso— suele ser la interconexión: subestaciones elevadoras, líneas de evacuación, interruptores de alta tensión, relés de protección y, en sistemas débiles, equipos de compensación reactiva para mantener la estabilidad.
En un sistema eléctrico frágil y con múltiples termoeléctricas fuera de servicio por averías recurrentes, integrar grandes bloques de generación variable es complicado. Requiere coordinación técnica, equipos importados y capacidad de inversión sostenida.
¿Cuánto puede haber costado?
Si se toma como referencia el costo internacional promedio de plantas solares a gran escala —entre 700 y 800 dólares por kilovatio instalado—, un parque de 21,8 MW podría costar en torno a 16 o 17 millones de dólares.
Multiplicado por 49 parques, el costo base rondaría los 800 millones de dólares.
A ello habría que sumar:
- Subestaciones y líneas de evacuación.
- Ingeniería y transporte.
- Contingencias y sobrecostes logísticos.
- Posibles primas por financiamiento en condiciones de alto riesgo país.
Un rango razonable para un programa cercano a 1 GW podría situarse entre 1,000 y 1,600 millones de dólares.
Para una economía con graves restricciones de divisas, caída de exportaciones y limitaciones para acceder a crédito internacional, esa magnitud de inversión no es menor.
Sin embargo, no se han publicado cifras oficiales sobre el costo total del programa, los proveedores, los términos financieros ni el calendario real de desembolsos.
Lo que no se dice
El récord de 830 o 900 MW no aclara:
Cuál es la potencia solar total instalada y operativa: porque un pico puntual no permite saber cuántos parques están realmente terminados, sincronizados y generando de forma estable en el sistema.
Cuánta energía anual (en GWh) se espera generar: ya que la potencia máxima de mediodía no informa cuánta electricidad se produce al año, que es lo que determina el impacto real sobre el consumo nacional.
Qué porcentaje del déficit eléctrico cubre realmente: porque el dato no se compara con la demanda total del país ni con el déficit diario, especialmente en horarios críticos.
Si existen sistemas de almacenamiento asociados: dado que sin baterías u otra forma de respaldo, la energía solar no puede trasladarse al pico nocturno, donde se concentran muchos apagones.
Cuánto ha costado el programa y cómo se financia: porque el Gobierno evita publicar cifras de inversión, proveedores, condiciones de crédito o costo de interconexión, que es uno de los rubros más caros.
El énfasis comunicacional se coloca en el titular del día, no en el balance estructural: ya que se privilegia el anuncio del “récord” como propaganda de gestión, en lugar de informar métricas completas y verificables del sistema eléctrico.
Un avance parcial en medio de una crisis profunda
Es innegable que aumentar la capacidad solar es positivo y necesario. Diversificar la matriz energética reduce la dependencia del fuel oil y del diésel, y puede aliviar la presión sobre un parque termoeléctrico envejecido.
Pero convertir un pico momentáneo al mediodía en prueba de solución definitiva distorsiona la magnitud del problema. Mientras el país continúe enfrentando déficits de generación de cuatro cifras en horario nocturno y apagones prolongados en múltiples provincias, el impacto real del récord será limitado.
El desafío no es alcanzar un máximo puntual bajo el sol, sino garantizar estabilidad eléctrica las 24 horas. Y para eso, la pregunta clave no es cuántos megavatios se lograron “por un instante”, sino cuánto costó el programa, cómo se financió y cuánto reduce, en términos reales, la crisis que viven a diario millones de cubanos.
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