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El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla volvió a insistir este miércoles en su mantra de que Cuba no representa una amenaza para Estados Unidos, describiendo a la isla como un país “pequeño”, “pacífico” y víctima de una “guerra económica brutal”.
Su mensaje, difundido en la red social X, forma parte de una narrativa recurrente del régimen en momentos de presión internacional: la de presentarse como un actor inofensivo frente a la mayor potencia del mundo. Sin embargo, ese discurso contrasta de forma evidente con la trayectoria histórica, doctrinal y política que el propio sistema ha construido durante décadas.
Lejos de proyectarse como un país neutral o ajeno a la confrontación, el régimen cubano ha cimentado buena parte de su identidad en el desafío a Estados Unidos.
Desde los primeros años tras 1959, el dictador Fidel Castro impulsó una retórica de resistencia activa que no solo reconocía la asimetría militar, sino que la convertía en eje de legitimidad política. La idea central era clara: Cuba no podía derrotar a EE. UU. en términos convencionales, pero sí podía hacer que cualquier intento de intervención resultara extremadamente costoso.
Ese principio quedó institucionalizado en la doctrina de la “Guerra de Todo el Pueblo”, concebida como estrategia nacional para enfrentar a un enemigo superior mediante la movilización total de la sociedad.
No se trataba únicamente de una planificación militar, sino de una visión de país. Durante décadas, generaciones de cubanos fueron formadas bajo esa lógica a través de mecanismos como las Milicias de Tropas Territoriales (MTT) la Preparación Militar Inicial (PMI) en la enseñanza preuniversitaria y el Servicio Militar Obligatorio (SMO).
La defensa, el conflicto y la disposición al sacrificio no eran elementos marginales, sino parte estructural del discurso estatal.
A esta dimensión doctrinal se suma una intensa construcción simbólica. La propaganda oficial, desde la cartelística revolucionaria hasta el humor gráfico, reforzó constantemente una narrativa de confrontación, llegando a unas cotas de agresividad ridículas, salpicadas de una mentalidad machista con sus atributos de "hombría" barriobajera, que llegó con la "continuidad" a exaltar a Miguel Díaz-Canel como "pingú".
Consignas como “Patria o Muerte”, “Aquí no se rinde nadie”, “Recogerán el polvo de su suelo anegado en sangre”, “Listos para la Defensa” y otras referencias a la disposición de resistir hasta las últimas consecuencias formaron parte del lenguaje político cotidiano.
Los desfiles militares en la Plaza de la Revolución, con exhibiciones de armamento, tropas y tecnología, replicaron durante años una estética heredada del bloque soviético, chino y norcoreano, proyectando una imagen de fuerza y capacidad disuasoria.
Esa retórica no se quedó en el plano simbólico. Cuba participó activamente en conflictos armados en África, especialmente en Angola y Etiopía, y apoyó movimientos insurgentes en América Latina durante la Guerra Fría.
Estas intervenciones fueron presentadas por el propio régimen como muestras de "internacionalismo proletario", pero también como evidencia de su capacidad de proyectar poder más allá de sus fronteras.
El momento más crítico de esa confrontación se vivió durante la crisis de los misiles de 1962. En ese contexto, el liderazgo cubano adoptó posiciones particularmente duras, llegando a plantear a la Unión Soviética la posibilidad de una escalada nuclear en caso de invasión estadounidense.
“La agresividad de los imperialistas los hace extremadamente peligrosos, y si ellos se las arreglan para llevar a cabo una invasión de Cuba -un brutal acto en violación de las leyes universales y morales- ese sería el momento para eliminar este peligro para siempre, en un acto de la más legítima autodefensa. Por dura y terrible que sea la solución, no habría otra”. (Carta de Fidel Castro a Nikita Jrushev durante la Crisis de los Misiles, 26 de octubre de 1962).
Este episodio reforzó en Washington la percepción de Cuba como un actor ideológicamente radical y potencialmente impredecible, una imagen que el régimen nunca se esforzó realmente en desmontar durante las décadas siguientes.
En paralelo, La Habana también ha reivindicado su capacidad en el terreno de la inteligencia. Casos como la Red Avispa, cuyos miembros fueron posteriormente condecorados como héroes, se integraron en la narrativa oficial como prueba de la habilidad del Estado cubano para infiltrarse en territorio estadounidense y operar frente a su adversario.
A todo ello se suman los vínculos estratégicos más recientes con potencias adversarias de Estados Unidos. En los últimos años, Washington ha alertado sobre la existencia de instalaciones en Cuba vinculadas a actividades de inteligencia china, incluyendo presuntas bases de espionaje electrónico.
Aunque el régimen ha rechazado estas acusaciones, diversos reportes han señalado acuerdos en materia tecnológica y de seguridad que refuerzan la cooperación entre La Habana y Pekín en sectores sensibles.
En el caso de Rusia, la relación militar tampoco es nueva, pero ha experimentado un renovado impulso. Autoridades de ambos países han reconocido acuerdos de cooperación en defensa, visitas de buques militares rusos y submarinos nucleares a puertos cubanos y proyectos de modernización en sectores estratégicos.
Estas acciones han sido interpretadas por Estados Unidos como parte de un reposicionamiento geopolítico de la isla en el contexto de tensiones globales.
Este entramado de doctrina, propaganda, historia militar y alianzas internacionales contradice la imagen de un país completamente ajeno a dinámicas de confrontación.
No se trata de afirmar que Cuba represente hoy una amenaza militar directa para Estados Unidos en términos convencionales -cosa que evidentemente no es-, sino de subrayar que el propio régimen ha cultivado durante décadas una identidad basada en la resistencia activa, la disuasión y el enfrentamiento político e ideológico con Washington.
El contraste con el discurso actual es significativo. Durante años, el poder en Cuba se legitimó exaltando la capacidad de “plantar cara al imperio”.
Hoy, en un contexto de crisis económica profunda y creciente presión internacional, el énfasis se desplaza hacia la vulnerabilidad y la victimización. Este giro no implica necesariamente un cambio estructural en la naturaleza del sistema, sino una adaptación discursiva a circunstancias adversas.
En ese sentido, las declaraciones de Rodríguez Parrilla no solo buscan responder a las acusaciones de Washington, sino también reconfigurar la percepción internacional de la isla.
Sin embargo, esa narrativa encuentra límites evidentes cuando se confronta con el propio archivo histórico del régimen, que durante décadas promovió exactamente la imagen contraria: la de un actor pequeño en tamaño, pero decidido a resistir, desafiar y, llegado el caso, confrontar a su principal adversario.
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