
Decenas de miles de millones de dólares potencialmente disponibles para reconstruir Cuba y una hoja de ruta que define las condiciones para invertirlos: en los últimos meses, una parte del empresariado cubanoamericano ha comenzado a poner cifras y propuestas concretas a una pregunta durante décadas subordinada a otra más urgente: cómo sería económicamente la Cuba posterior al castrismo.
Jorge Mas Santos se ha convertido en una de las voces más visibles de esa conversación. Sus previsiones de decenas de miles de millones de dólares para la reconstrucción coinciden con una propuesta que apuesta por propiedad privada, seguridad jurídica, inversión internacional y, significativamente, la creación de una nueva clase de empresarios y propietarios cubanos.
Presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), máximo ejecutivo de MasTec y copropietario del Inter Miami, Mas Santos ha combinado durante los últimos meses sus contactos políticos en Washington con un discurso cada vez más concreto sobre la reconstrucción económica de la isla.
La cuestión que empieza a perfilarse va así más allá de cuánto dinero podría entrar en Cuba después de un cambio político: qué condiciones exigiría ese capital, qué modelo económico contribuiría a construir y qué participación tendrían en él los cubanos que viven en la isla.
Los 35.000 millones y lo que realmente significa la cifra
A finales de mayo, CiberCuba informó que empresarios del exilio cubano habrían comprometido 35.000 millones de dólares para invertir durante el primer año posterior a una transición democrática, según afirmó el consultor Roberto Fernández-Rizo.
Fernández-Rizo atribuyó esa cifra a declaraciones de Mas Santos y señaló que la disposición a invertir estaría condicionada a garantías que actualmente no existen en Cuba: seguridad jurídica, una transición hacia la democracia, elecciones y protección de los derechos de los inversores.
«Nos reunimos para ponerlo, pero seguridad jurídica, cambios, una transición hacia la democracia, elecciones anunciadas», afirmó Fernández-Rizo al describir las condiciones planteadas por esos empresarios.
La cifra debe distinguirse de otras dos estimaciones realizadas directamente por Mas.
En marzo, el empresario anticipó una posible entrada de entre 35.000 y 45.000 millones de dólares en capital, junto con la construcción de entre dos y 2,5 millones de viviendas durante los primeros tres o cuatro años y un escenario de pleno empleo.
En mayo, al hablar con El País sobre cuánto podría costar la reconstrucción del país, amplió considerablemente el horizonte.
«Si hacen falta 40, 50, 60, 70 u 80 mil millones, sea la que sea la cifra, no será un problema», afirmó.
No se trata, por tanto, de tres estimaciones equivalentes. Una corresponde a inversiones que, según Fernández-Rizo, empresarios del exilio estarían dispuestos a realizar; otra, a una previsión de Mas sobre la entrada inicial de capital; y la tercera, al volumen que podría llegar a necesitar la reconstrucción.
Las tres, sin embargo, apuntan hacia una misma cuestión: la posibilidad de movilizar grandes cantidades de capital privado hacia Cuba si se produce una transformación política y jurídica del país.
El dinero exige otras reglas
El elemento que se repite tanto en las declaraciones como en la hoja de ruta es que ese capital no llegaría para operar bajo las actuales reglas económicas del régimen cubano.
La seguridad jurídica ocupa un lugar central.
Propiedad privada protegida, contratos exigibles, tribunales independientes, libertad para invertir y movilizar capital, un sistema financiero funcional y reglas tributarias previsibles forman parte del entorno que el documento considera necesario para atraer inversión.
La diferencia es importante.
Durante años, La Habana ha intentado captar inversión extranjera y más recientemente ha abierto vías para que cubanos residentes en el exterior inviertan directamente en la isla. La visión articulada por Mas y la FNCA, sin embargo, vincula una entrada masiva de capital a una transformación política e institucional.
No se trataría simplemente de invertir más en la Cuba existente, sino de crear primero las condiciones para que resulte posible invertir en otra Cuba.
De atraer capital a crear propietarios cubanos
Es precisamente aquí donde la hoja de ruta introduce uno de sus elementos más significativos.
Si empresarios del exilio y grandes fondos internacionales aportan buena parte del dinero necesario para la reconstrucción, existe una pregunta inevitable: ¿qué lugar ocuparán económicamente los millones de cubanos que viven actualmente en la isla?
El documento intenta responder a ese desafío con una apuesta explícita por crear una nueva clase empresarial cubana.
Entre sus propuestas figura conceder incentivos a las compañías que tengan al menos un 10 % de propiedad cubana, siempre que esa participación sea efectiva e incluya acciones, derechos de voto y mecanismos de protección para los socios minoritarios.
La distinción es fundamental: una cosa es generar empleo mediante la llegada de inversiones y otra es conseguir que los cubanos participen también de la propiedad de las empresas y de la riqueza que produzca la reconstrucción.
La hoja de ruta aspira a que el ciudadano deje de depender económicamente del Estado no solo convirtiéndose en trabajador del sector privado, sino también en empresario, accionista e inversor.
La enorme diferencia de capital entre dentro y fuera de Cuba
El desafío es considerable.
Tras más de seis décadas de restricciones a la propiedad y a la acumulación privada de riqueza, los cubanos residentes en la isla partirían de una posición financiera muy diferente a la de grandes empresarios del exilio o fondos internacionales.
Esa asimetría podría convertirse en uno de los problemas centrales de una apertura económica acelerada.
El capital exterior tendría capacidad inmediata para adquirir activos, desarrollar grandes proyectos y financiar infraestructura, mientras buena parte de la población cubana tendría dificultades incluso para reunir el capital inicial necesario para crear una pequeña empresa.
El incentivo a la propiedad cubana previsto en la hoja de ruta intenta responder parcialmente a ese desequilibrio.
Pero una eventual transición abriría interrogantes mucho mayores: cómo transformar empresas estatales, qué ocurriría con activos controlados actualmente por el Estado, cómo resolver las reclamaciones sobre propiedades confiscadas y mediante qué mecanismos podrían los ciudadanos acceder al crédito y al capital necesario para convertirse realmente en propietarios.
La hoja de ruta establece el objetivo. La ejecución de un proceso de esa magnitud requeriría mecanismos mucho más detallados.
El capital acumulado por el exilio
La posibilidad de movilizar decenas de miles de millones tiene detrás una transformación histórica de la propia comunidad cubana en Estados Unidos.
Varias generaciones de exiliados y emigrantes han construido empresas, patrimonios y redes profesionales durante más de seis décadas fuera de la isla.
Mas representa uno de los ejemplos más visibles de esa acumulación de capital.
MasTec, la empresa que dirige, cotiza en la Bolsa de Nueva York y desarrolla grandes proyectos de infraestructura. A ello se suman su participación en el Inter Miami y su papel al frente de la Fundación Nacional Cubano Americana, fundada por su padre, Jorge Mas Canosa.
El planteamiento de Mas es que ese capital acumulado por los cubanos fuera del país, combinado con grandes fondos internacionales, podría convertirse en uno de los motores de la reconstrucción.
La cuestión no sería únicamente financiera. Profesionales, empresarios y especialistas de la diáspora aportarían también conocimiento, redes internacionales y experiencia empresarial.
De la Casa Blanca a pensar el día después
El debate económico ha avanzado en paralelo con los contactos políticos de Mas en Washington.
En marzo, durante la recepción al Inter Miami en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump habló directamente con Jorge y José Mas sobre Cuba y sugirió que llegaría el momento en que podrían regresar a la isla.
Días después, Jorge Mas explicó que durante el encuentro con Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, se había hablado directamente sobre Cuba.
«Encontré en el presidente de los Estados Unidos un hombre con una convicción total por poder ayudar al pueblo cubano a alcanzar su libertad», afirmó.
Su mensaje entonces fue: «Se acerca el día de la libertad de nuestra patria».
Pero junto a esas expectativas políticas comenzó a aparecer otra conversación cada vez más concreta: qué hacer económicamente si ese cambio llega.
Mas ha utilizado la expresión «milagro cubano» para describir el proceso que imagina: grandes inversiones, reconstrucción masiva de viviendas, generación de empleo y aprovechamiento del capital humano de los cubanos dentro y fuera del país.
La hoja de ruta traslada parte de esa visión desde el terreno de las declaraciones hacia propuestas específicas sobre impuestos, empresas, banca, inversión y propiedad.
El exilio empieza a pensar también en la reconstrucción
Durante décadas, buena parte de la actividad política del exilio cubano estuvo concentrada necesariamente en cómo lograr una transformación democrática en la isla.
La conversación que reflejan estas iniciativas introduce otra dimensión: qué hacer después.
Electricidad, viviendas, carreteras, bancos, empresas, impuestos, inversión internacional y propiedad comienzan a aparecer junto a elecciones, libertades y Estado de derecho en el debate sobre una futura transición.
Eso no significa que exista un proyecto único del exilio ni que las propuestas de Mas representen al conjunto de la comunidad cubanoamericana.
Tampoco existe certeza de que los volúmenes de inversión mencionados terminen materializándose en las cantidades previstas.
Pero la coincidencia entre grandes cifras potenciales de capital y una hoja de ruta que establece las condiciones bajo las cuales debería invertirse revela un fenómeno significativo: una parte del poder económico construido por los cubanos fuera de la isla está empezando a proyectarse sobre el futuro económico de Cuba.
Los 35.000 millones son, desde esa perspectiva, solo el comienzo de la discusión.
La pregunta de fondo es qué papel tendría el capital cubanoamericano en una reconstrucción de esa magnitud y, sobre todo, cómo evitar que los habitantes de una Cuba que abandone el sistema comunista sean únicamente espectadores o peones de la nueva economía.
La respuesta que ofrece la hoja de ruta pasa por intentar convertirlos también en propietarios.
Después de más de seis décadas de una economía centralizada dominada por un Estado comunista, la distribución de esa nueva propiedad podría convertirse en una de las grandes discusiones económicas de la Cuba del día después.
Vídeos relacionados:
Archivado en: