
Una investigación de CiberCuba | Cuarta y última entrega
Las tres primeras entregas de esta investigación han mostrado que la sociedad civil independiente cubana no parte de cero ante un eventual proceso de cambio.
Existe un corpus de propuestas sobre los distintos caminos hacia una transición, otro sobre cómo gobernarla y reconstruir el país y, al mismo tiempo, ciertas carencias de coordinación, liderazgo y capacidad ejecutiva para convertir ese conocimiento en una alternativa política reconocible.
La pregunta que cierra la serie es qué puede aportar el exterior.
La respuesta tampoco comienza hoy. Durante décadas, gobiernos democráticos, parlamentos, universidades, fundaciones y organizaciones de derechos humanos han apoyado a activistas cubanos, documentado la represión, financiado medios y organizaciones independientes, estudiado escenarios de cambio y trasladado experiencias de otras transiciones.
Pero hay una diferencia importante entre fortalecer a una sociedad civil frente a un régimen autoritario y preparar las capacidades necesarias para gobernar una transición.
La pregunta para el presente es si el entramado internacional existente está en condiciones de dar ese segundo paso.
La idea de preparar la transición tampoco es nueva
Uno de los antecedentes más reveladores es el Prague Summit, celebrado en 2004 con participación de expresidentes, dirigentes políticos, académicos, organizaciones no gubernamentales y representantes de la oposición cubana.
El llamado Memorándum de Praga proponía, entre otras cosas, fortalecer la sociedad civil cubana, crear redes internacionales de ONG's y parlamentarios y establecer una comisión internacional de expertos que reuniera experiencias de transiciones democráticas de Europa y América Latina para ponerlas a disposición de los cubanos.
También planteaba mejorar la coordinación entre las organizaciones opositoras y prepararlas para una transición pacífica y el establecimiento del Estado de derecho.
La idea era particularmente avanzada para su momento: la comunidad internacional no debía limitarse a denunciar al régimen; podía contribuir a que los cubanos llegaran mejor preparados a un eventual cambio.
Veintidós años después, muchas de esas capas existen, aunque todavía de manera dispersa.
Polonia: experiencia de una transición poscomunista
Polonia se ha ofrecido expresamente a compartir con Estados Unidos y los cubanos su experiencia de la transición de 1989 y del movimiento Solidaridad.
El canciller Radosław Sikorski dijo en mayo que Varsovia está dispuesta a asesorar sobre una transición pacífica hacia la democracia y la economía de mercado, y su viceministro de Defensa, Paweł Zalewski, confirmó que Sikorski ya había tratado el asunto con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio.
La iniciativa tiene además un componente de contacto directo con la oposición cubana: en mayo, Sikorski recibió en Varsovia a José Daniel Ferrer y expresó el respaldo de Polonia a las aspiraciones democráticas del pueblo cubano.
El caso polaco aporta algo especialmente valioso al debate: experiencia práctica de una transición negociada desde un régimen comunista hacia una democracia y una economía de mercado.
Eso es justamente el tipo de conocimiento comparado que puede resultar útil para una eventual transición cubana, aunque las diferencias entre ambos países impidan trasladar mecánicamente el modelo polaco.
República Checa y Polonia: aprender de dos transiciones poscomunistas
En marzo de 2026, el Programa Cuba de la Universidad Sergio Arboleda organizó el seminario «Experiencias exitosas de transición a la democracia: los casos de República Checa y Polonia. Aprendizajes para Cuba y Venezuela», con participación de representantes diplomáticos de ambos países.
El objetivo explícito era examinar qué enseñanzas de las transiciones de Europa central podían ser útiles para los dos países latinoamericanos.
La importancia de este tipo de iniciativas no está en importar mecánicamente un modelo checo o polaco. Una transición cubana tendría condiciones históricas y geopolíticas distintas. Su valor consiste en poner a disposición de actores cubanos experiencias comparadas sobre negociación política, construcción institucional, reforma económica y transformación de sociedades salientes del comunismo.
Ese tipo de intercambio forma parte de una tradición más larga. CADAL documenta desde hace años la cooperación y los contactos entre diplomáticos europeos y sectores de la sociedad civil cubana, con participación, entre otros países, de República Checa, Polonia, Alemania, Suecia, Países Bajos, España, Italia, Canadá y Reino Unido.
No solo Europa central
El aprendizaje internacional alrededor de Cuba no ha estado limitado a los antiguos países comunistas.
CADAL defendía ya en 2014 que los actores democráticos cubanos debían ampliar sus redes de apoyo internacional y buscaba especialmente implicar a Alemania, Canadá, Francia, Noruega y Chile, además de Estados Unidos, Polonia y República Checa.
La trayectoria de esa cooperación es desigual entre países y no siempre ha tenido como objetivo explícito una transición. En numerosos casos se trató de diplomacia de derechos humanos, acompañamiento de activistas o intercambio con la sociedad civil.
Pero esa diferencia importa: el entramado internacional no es una estructura única ni responde a una estrategia común sobre Cuba.
CADAL: derechos, democracia y experiencias comparadas
El Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) ha desempeñado durante años una función de puente entre actores cubanos y experiencias internacionales.
Su producción incluye análisis de transiciones, democracia, derechos humanos y relaciones entre diplomacia y sociedad civil. El programa Puente Democrático documentó además las actuaciones de diplomáticos europeos y estadounidenses que mantuvieron contacto con activistas independientes cubanos y convirtió esa experiencia en parte de un debate sobre el papel de las democracias extranjeras.
En 2026, esa tradición continúa con trabajos sobre escenarios de democratización y con debates sobre la necesidad de construir una representación política capaz de convertir la protesta y la resistencia cívica en una alternativa democrática.
Estados Unidos: décadas de asistencia a la sociedad civil
Washington tampoco comenzó en 2026 a pensar en la preparación cubana para el día después.
La documentación de programas estadounidenses sobre Cuba muestra una larga trayectoria de apoyo a derechos humanos, sociedad civil independiente, acceso a la información, medios, formación y capacidades organizativas.
Un documento estratégico del Departamento de Estado señalaba, por ejemplo, que la misión estadounidense en La Habana mantiene relación regular con activistas, disidentes y miembros de la sociedad civil y que continuaría apoyando medios independientes, acceso a la información y capacity building de organizaciones independientes.
La Government Accountability Office (GAO) ha revisado además la asistencia estadounidense a programas democráticos en Cuba y ha señalado que su ejecución enfrenta riesgos importantes de seguridad para beneficiarios y organizaciones, lo que obliga a desarrollar mecanismos específicos de protección y gestión de riesgos.
La experiencia acumulada revela, por tanto, que una buena parte de la asistencia internacional ha tenido como prioridad mantener viva y resistente a la sociedad civil bajo el autoritarismo.
La cuestión que ahora surge es distinta: ¿cómo convertir esas capacidades en preparación para el momento posterior?
NED: de la resistencia a la resiliencia
La National Endowment for Democracy (NED) es uno de los actores internacionales que mejor permite observar esa evolución.
La organización explica que su apoyo a Cuba ya no se limita a los disidentes tradicionales, sino que incluye periodistas independientes, organizadores laborales, líderes religiosos, defensores de derechos, agricultores y organizaciones comunitarias. En sus informes recientes también destaca la inversión en resiliencia digital y protección de socios sometidos a presión.
Ese trabajo tiene una importancia indirecta para una transición: una sociedad civil capaz de organizarse, documentar, comunicar y resistir es también una sociedad civil con mayores capacidades para participar en una apertura política.
Pero no equivale todavía a formar un Gobierno, preparar una administración pública o construir un sistema de gestión de una transición.
Fundaciones europeas y centros de pensamiento
El papel de las fundaciones europeas es menos visible, pero relevante.
La Friedrich Naumann Stiftung ha acompañado investigaciones sobre escenarios de transición cubana y en 2026 apoyó, junto con Ciudadanía y Libertad, un informe que analiza distintos cursos posibles de cambio y el riesgo de que una transición se limite a una sustitución de élites.
La Konrad-Adenauer-Stiftung tiene además un historial de publicaciones sobre alternativas políticas, económicas y sociales para Cuba, incluyendo trabajos dedicados a escenarios de futuro, consenso político y transición.
Estos actores cumplen una función distinta a la diplomacia: financiar pensamiento, reunir expertos, producir documentos y conectar a los cubanos con experiencias comparadas.
Las universidades: una infraestructura menos visible
En esta cuarta dimensión también aparecen universidades y centros de investigación.
Florida International University (FIU) organizó en febrero de 2026 la conferencia Cuba: The Day After Tomorrow, que reunió a académicos, expertos, activistas y estudiantes en decenas de paneles sobre política, economía, derecho, sociedad e instituciones.
FIU ha ido además hacia una iniciativa más ambiciosa: reunir especialistas de gobernabilidad, economía, medicina, salud pública, educación, tecnología, infraestructura, ingeniería, seguridad y derecho para contribuir a una futura Cuba democrática.
Es una forma de apoyo diferente: formar conocimiento y profesionales capaces de trabajar sobre problemas concretos del Estado y la reconstrucción.
La Association for the Study of the Cuban Economy (ASCE), la Universidad de Miami, la Universidad de Texas y otras instituciones estadounidenses han desarrollado durante años una producción similar en campos como economía, energía, infraestructura, gobernanza y transformación institucional.
Ese componente académico puede resultar decisivo si una transición exige, en poco tiempo, cientos de especialistas capaces de pasar de la investigación a la gestión.
De la ayuda a la capacidad estatal
El rastreo internacional permite distinguir varias funciones que hoy se encuentran dispersas.
Hay organismos que protegen a activistas y periodistas. Hay otros que financian organizaciones y medios. Otros documentan violaciones y preservan evidencia.
Hay universidades que producen conocimiento. Fundaciones que financian pensamiento y formación. Gobiernos que ofrecen experiencias comparadas. Parlamentos que dan legitimidad internacional. Y organismos que pueden aportar ayuda humanitaria, financiación de emergencia y reconstrucción.
El eslabón que parece menos desarrollado es precisamente el que aparece en la tercera entrega: integrar todas esas capacidades en una arquitectura de transición.
No existe todavía, al menos de forma visible, un equivalente internacional de lo que podría ser una «escuela de administración pública para la transición cubana», un programa transnacional para formar funcionarios, un mecanismo coordinado para preparar ministerios de emergencia o un fondo específicamente diseñado para financiar la capacidad institucional que necesitaría una Cuba en transformación.
¿Qué apoyo necesitaría una transición cubana?
La experiencia acumulada sugiere que una eventual transición necesitaría algo más que ayuda humanitaria o sanciones.
Necesitaría formación de cuadros y administradores públicos; asistencia jurídica y constitucional; observación electoral; mecanismos de justicia transicional; apoyo a medios y sociedad civil; protección de defensores; expertos en energía, agua, salud y agricultura; asesoría financiera; sistemas de auditoría; y acceso a crédito y financiación internacional.
También necesitaría experiencias comparadas que permitan evitar errores ya cometidos en otras transiciones.
Y, probablemente, necesitaría una capacidad internacional de respuesta muy rápida. La diferencia entre planificar una transición y responder a una crisis real puede medirse en días.
Pero el liderazgo debe seguir siendo cubano
La conclusión de esta investigación no es que la comunidad internacional deba diseñar la transición cubana. Es, precisamente, la contraria.
El apoyo internacional será más eficaz cuanto más contribuya a que los propios cubanos puedan conducir el proceso.
Eso significa apoyar capacidades, no sustituirlas; financiar instituciones y profesionales, no comprar representación política; compartir experiencias, no imponer modelos; y ayudar a construir legitimidad, no otorgarla desde fuera.
La propia experiencia europea muestra que no existe una transición universal. La polaca no fue la checa; la checa no fue la española; y ninguna sería reproducible mecánicamente en Cuba.
Lo que sí puede transferirse es conocimiento sobre cómo administrar cambios de régimen, construir instituciones, reformar economías, organizar elecciones, profesionalizar administraciones y evitar que una ruptura termine en un nuevo autoritarismo.
El balance de la serie
Las cuatro entregas de esta investigación dejan un panorama menos sencillo, pero también menos pesimista, que el que suele dominar la discusión sobre el futuro político cubano.
Primero: existe un corpus amplio de pensamiento sobre los caminos hacia una transición: plebiscito, negociación, ruptura, salida «de la ley a la ley», Gobierno provisional y procesos constituyentes.
Segundo: existe también un volumen considerable de propuestas sobre cómo gobernar y reconstruir el país: justicia, seguridad, economía, propiedad, energía, infraestructura, salud, educación y protección social.
Tercero: el gran déficit aparece en la última milla: liderazgo común, coordinación, selección de responsables, legitimidad, capacidad ejecutiva y control de las estructuras coercitivas.
Cuarto: tampoco el apoyo internacional parte de cero. Hay décadas de asistencia, documentación, formación, investigación, experiencia comparada y redes de cooperación. Pero las piezas siguen dispersas.
La pregunta de fondo no es, por tanto, si Cuba tiene ideas para una transición. Las tiene. Tampoco si existen expertos capaces de trabajar sobre sus grandes problemas. Los hay. Ni si existe capital, conocimiento y apoyo internacional potencial. También existen.
El desafío es otro:
¿podrán esos recursos —cubanos e internacionales— converger antes de que una eventual crisis de poder obligue a improvisar lo que durante décadas se ha venido pensando por separado?
Porque una transición democrática no se construye únicamente el día en que cambia una autoridad.
Se construye antes: con personas preparadas, instituciones pensadas, reglas acordadas, recursos disponibles y una sociedad capaz de reconocer como propia la alternativa que emerge.
Y ese, quizá, sea el principal hallazgo de esta investigación: Cuba no parte de cero.
Lo que todavía no existe es una arquitectura que reúna todo lo que ya existe.
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