El MINFAR reivindica su intervención en Angola mientras La Habana denuncia la injerencia de EE.UU.

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El ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) reivindicó la Operación Carlota, la intervención militar cubana en Angola iniciada en 1975, como una expresión del compromiso de Cuba con «la justicia y la autodeterminación de los pueblos».

La declaración resulta especialmente significativa cuando el régimen denuncia cualquier injerencia extranjera en sus asuntos internos y la administración de Donald Trump acusa a La Habana de décadas de intervencionismo internacional.

El mensaje contrasta también con las recientes declaraciones del vicecanciller Carlos Fernández de Cossío, quien aseguró el pasado 26 de octubre que Cuba «no amenaza ni agrede o interfiere en los asuntos internos de país alguno», una afirmación que CiberCuba confrontó con numerosos antecedentes históricos.

La Operación Carlota movilizó durante más de quince años a cientos de miles de cubanos para respaldar militarmente al Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), encabezado por Agostinho Neto. La intervención contribuyó a frenar el avance de las fuerzas sudafricanas del apartheid y, posteriormente, al proceso que condujo a la independencia de Namibia.

Pero también permitió consolidar en el poder al MPLA, una de las organizaciones que disputaban el control de Angola durante su independencia de Portugal. La Habana no se limitó a defender a un pueblo de una agresión exterior: tomó partido militarmente en un conflicto interno, aunque lo hizo a petición del propio MPLA y frente a otras fuerzas que también recibían apoyo extranjero.

Además, su presencia militar precedió a la ofensiva sudafricana de octubre de 1975. Documentos históricos estadounidenses registran entre 1.200 y 1.900 efectivos cubanos en Angola antes del comienzo formal de la Operación Carlota.

El intervencionismo cubano tampoco se limitó a África. En 1964, la Organización de Estados Americanos condenó al gobierno de Fidel Castro por promover acciones subversivas contra Venezuela, calificándolas expresamente de agresión e intervención en sus asuntos internos.

Ese historial conecta con las acusaciones formuladas por el Departamento de Estado en julio de 2026. En un informe presentado por el secretario Marco Rubio, Washington describió casi siete décadas de espionaje, infiltración y exportación revolucionaria como parte de la estrategia internacional del régimen cubano.

La Habana rechazó el documento, que calificó de propaganda destinada a justificar una política hostil e incluso una eventual agresión militar estadounidense.

¿Internacionalismo en Angola e injerencia en Cuba?

La reivindicación del MINFAR plantea entonces una pregunta incómoda: si intervenir militarmente en otro país para defender la justicia y la autodeterminación constituye un acto legítimo de solidaridad, ¿podría Estados Unidos invocar esos mismos principios para intervenir en Cuba?

Washington podría alegar que busca restablecer las libertades políticas, los derechos humanos y la capacidad de los cubanos para elegir democráticamente a sus gobernantes. Son derechos que permanecen restringidos bajo un sistema constitucional que consagra al Partido Comunista como fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado.

Naturalmente, invocar una causa justa no convierte automáticamente una intervención militar en legal. La Carta de Naciones Unidas establece límites al uso de la fuerza, y existen diferencias históricas y jurídicas entre Angola y una hipotética operación estadounidense en Cuba.

Pero esas normas deben aplicarse con independencia de quién intervenga y de la ideología del gobierno afectado. Ni la solidaridad internacionalista proclamada por La Habana ni la defensa de la democracia invocada desde Washington constituyen, por sí solas, autorizaciones para emplear la fuerza.

La contradicción política reside en que el régimen cubano reivindica su derecho a intervenir en defensa de causas extranjeras que considera legítimas, mientras identifica la soberanía nacional con la preservación de su propio monopolio político.

La soberanía de Cuba, sin embargo, no pertenece al Partido Comunista, sino a los cubanos. Y la autodeterminación que el MINFAR celebra al recordar Angola comprende también el derecho de un pueblo a decidir libremente quién debe gobernarlo.

Un derecho que, más de medio siglo después de la Operación Carlota, sigue sin poder ejercerse mediante una competencia política plural en la isla.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.


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