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Tercer inning de la transición cubana

La condición de único partido legal y dominante del Partido Comunista es el vestigio más persistente del comunismo en la legislación cubana, mientras los cubanos no puedan elegir entre candidatos y programas de diferentes partidos, la Constitución y la nación cubanas seguirán estando lastrada por el totalitarismo.

 Primer Periodo Ordinario de Sesiones de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional © Cubadebate / Irene Pérez
Primer Periodo Ordinario de Sesiones de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional Foto © Cubadebate / Irene Pérez

Este artículo es de hace 5 años

El tercer capítulo de la transición cubana ha devuelto a Raúl Castro a su posición preferida de manejar los hilos del poder desde una esquina sombreada, ha dibujado el liderazgo coral, con guiños Hábeas Corpus y homosexuales, y ha reforzado el poder omnímodo del Consejo Superior de Defensa (CSD).

La repentina enfermedad de Fidel Castro puso en marcha la transición cubana, pero colocó a su hermano pequeño en el centro de las luces, desde donde tuvo que lidiar con la doble moneda, el embullo Obama, el vaso sin leche y una burocracia que, cual marabú, lo contamina y cobra por todo.

“Fidel es insustituible, salvo que lo sustituyamos entre todos”, avisó el entonces General-Presidente que -casi prejubilado, más delgado y con gafas nuevas- recupera su postura más cómoda: mandar sin que se note demasiado, a través de los peones militares que tiene colocados en el gabinete, en la Asamblea Nacional, en el Partido Comunista, donde Machadito se ocupa del día a día, y en GAESA, el mayor laboratorio cubano de ensayo general del capitalismo que viene llegando.

El escenario internacional y, específicamente el regional, aconsejaban materializar los acuerdos suscritos por Cuba en materia de Derechos Humanos, como le ha venido pidiendo la Unión Europea desde que recuperó la fórmula de diálogo crítico con La Habana, a lo que se suma la inclemencia bolivariana que ya ha provocado escasez de combustibles en Venezuela.

La recuperación de la figura del Hábeas Corpus, que fue una constante en la legislación cubana republicana, tiene el mismo valor simbólico que la renuncia al comunismo plasmada en la nueva Constitución, porque la represión castrista privilegia la retención corta sobre largas detenciones, salvo casos específicos como el del doctor Eduardo Cardet y porque Cuba usó el comunismo como paraguas subvencionador, pero el sentimiento nacionalista profesaba mayor afecto al caudillo que a la ideología.

La recuperación de la figura del Hábeas Corpus, que fue una constante en la legislación cubana republicana, tiene el mismo valor simbólico que la renuncia al comunismo plasmada en la nueva Constitución

De buenas intenciones está empedrado el camino del Infierno y habrá que observar el respeto que tenga el gobierno a sus propias leyes, incluida la nueva Constitución, precocinada por una comisión ad hoc, a las órdenes de Raúl Castro.

Fidel y Raúl supieron, desde la misma Crisis de los Misiles (octubre de 1962) que Moscú sería generoso, pero a cambio exigía obediencia debida. Che Guevara reaccionó con virulencia ante el Kremlin y eso le quemó las carabelas; pero entonces Castro alternó la alineación moscovita ante la invasión a Praga (1968) con aparecer como trotskista y no alineado.

Abril de 1989 fue crucial para ambos hermanos en la constatación de que con Gorbachov acababa la servidumbre comunista y empezaba el mayor reto para su poder. Los burócratas del PCC, entonces encabezados por Carlos Aldana, que se creyó el tercer hombre, habían programado que sonara la Internacional al acabar la rueda de prensa conjunta en el Palacio de Convenciones.

En la cara de Fidel Castro asomaban la rabia contenida y el desconcierto, pero aguardó a que acabara el himno de los comunistas y cogiendo el micrófono, dijo, ahora los cubanos vamos a cantar el Himno Nacional y el corito, aunque estupefacto, se arrancó con las notas de Bayamo.

Luego predijo el fin de la URSS y sus críticos dijeron que estaba loco, que estaba chocho. No había perdido reflejos y reveló que había reñido a Aldana porque en un documento interno del partido habría sugerido observar la perestroika con respeto, interés y simpatía. Respetó e interés, sí; pero porqué con simpatía, se interrogó el Comandante en Jefe, simulando un soliloquio que abría el suelo bajo los pies de Aldanov.

Cuando Boris Yeltsin redujo el PCUS a cenizas y comenzaron a derribarse estatuas de Lenin y Stalin, una brigada de obreros cubanos se acercó sigilosamente a La Puntilla (Miramar, oeste de La Habana) y retiró, de madrugada, un busto de Lenin que miraba a la mar, solo quedó la mole de embajada soviética y su torre de control empinada sobre el Monte Barreto.

Ya en 2008, se inauguró la catedral ortodoxa de Nuestra Señora de Kazán, en La Habana Vieja, sin rastro de comunismo, que solo quedó escrito en la Constitución de 1976, la misma que sirvió a Oswaldo Payá y sus compañeros para usar una rendija y promover una consulta constitucional que encabronó sobremanera a Fidel Castro, que lapidó a los promotores del Proyecto Varela.

El castrismo hizo un viraje oportunista hacia Martí, Varela, Luz Caballero y el Che Guevara y ordenó una ofensiva de arqueología cultural que sacó a Lezama y Virgilio del ostracismo y toleró que los académicos desempolvaran a Gramsci, pero teniendo claro los límites y que “Fidel es nuestro papá”, como dijo su hermano Raúl en el discurso del 28 de junio de 1989.

Otro guiño es el reconocimiento implícito del matrimonio homosexual, que colocará a Cuba en la vanguardia propagandística del lobby gay-lesbiano; pero siguen pendiente el reconocimiento efectivo de las libertades de prensa, opinión y la restitución de derechos políticos a los ciudadanos. Mientras eso no ocurra, Cuba padecerá una legislación selectiva y discriminatoria.

La condición de único partido legal y dominante del Partido Comunista es el vestigio más persistente del comunismo en la legislación cubana, mientras los cubanos no puedan elegir entre candidatos y programas de diferentes partidos, la Constitución y la nación cubanas seguirán estando lastrada por el totalitarismo.

La condición de único partido legal y dominante del Partido Comunista es el vestigio más persistente del comunismo en la legislación cubana

Los ataques a periodistas independientes, a los opositores políticos y a las Damas de Blanco, la emocionalidad exaltada de algunos diputados y el nombramiento del nuevo Ministro de Cultura no generan un clima de optimismo, pero ante el fracaso estrepitoso de la OFICODA, la dictadura no tiene otra alternativa que combatir su miedo con la represión y Raúl Castro, además, sabe que su muerte tranquila será posible siempre que todos y cada uno de los actores del tardocastrismo coman caliente, ahora y luego.

Pero el todavía Primer Secretario del PCC, pragmático desde chiquitico, tampoco se fía totalmente de los nuevos gobernantes, salvo alguna de su gente del II Frente ya escasa por biología, y algunos de los cadetes criados a sus pechos, como Gandarilla, y Homero; pero que tampoco están a salvo de las tentaciones que provoca el poder, sobre todo, en sistemas verticales, donde hasta la mansedumbre es fingida.

Y a la antigua estructura, ha añadido los puestos de Primer Ministro y de Gobernadores provinciales, aún pendientes de designación, aunque sus nombres ya estarán más que cocinados; creando una estructura de poder a simple vista laberíntica, pero que en realidad obedece a los contrapesos que Raúl Castro necesita para pasar más tiempo en Oriente e intentar sus añoradas escapadas por París, una nostalgia de jovencito, o México.

El descanso no será total, el General de Ejército se mantendrá con un pie en el estribo, velando porque el ritmo de la transición cubana, que negarán tres veces, tenga el delicado ritmo que exige evitar, al mismo tiempo, una explosión de descontento popular y un bandazo que se lleve por delante hasta los intentos del General de Brigada Luis Alberto Rodríguez López-Calleja de consolidar su misión de ser el hombre del capitalismo en la isla.

Pero tampoco pasaría nada, si mañana la revolución se viera en la amarga necesidad de prescindir de tantos y tan valiosos compañeros, empezando por Miguel Díaz-Canel y José Ramón Machado Ventura, si cayeran en la tentación de emitir señales que hagan vibrar las delicadas alambradas que Alejandro Castro Espín y su comando del CSD han tejido pacientemente sobre todos ellos, sus familias, amantes y amigos.

El Consejo Superior de Defensa es un organismo supraestatal, no sujeto al control de la Asamblea Nacional ni del Partido Comunista, que solo obedece las órdenes de Raúl Castro y que se siente legitimado para violar incluso la Constitución, siempre en defensa de la patria agredida.

En definitiva, revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado, menos el “Uno” y el “Veintiuno”. Motes que les endilgaron a Fidel y Raúl Castro algunos jodedores de la Seguridad Personal, a raíz de la enfermedad del Comandante en Jefe. Lo de vigésimo primero obedece, decían entre risas, a que Raúl antes era el 2 y ahora es el 1.

Los Castros nunca han jugado con las cosas del comer y han preferido el aislamiento internacional y las condenas en Naciones Unidas, que luego enjuagan con la solidaridad de los mansos matraqueados por el ICAP y similares, a poner en riesgo su única vocación: el poder absoluto e inapelable por el que se jugaron la vida en varias ocasiones, junto a muchos cubanos y, esos peligros, los usaron como fuente de legitimación histórica y popular.

Y así será mientras viva Raúl Castro, que parece rejuvenecido con su vuelta a la trastienda del guiñol para manejar los títeres, aunque sabiendo que uno de esos muñequitos luego será el enterrador del tardocastrismo.

De ahí la mesura de Díaz-Canel y su exquisito comportamiento ante el legado de Fidel Castro y la autoridad de Raúl, que sigue fracasando en su voluntad de ennegrecer a la dictadura del ¿proletariado?, pues la mayoría de blancos en el Consejo de Ministros, y entre los 22 nuevos embajadores, es apabullante.

Pero Miguel Barnet, ese poeta cimarrón que viajó del desencanto a la complacencia, salió en auxilio del General y sentenció que “el amor no tiene sexo”. Y, ya caliente, pidió acabar con el absurdo de seguir considerando traidores a la patria a cubanos que abandonaron misiones civiles en el extranjero, pero Homero se puso la guayabera de Aquiles y recordó al bardo que a la fiesta de los caramelos, no pueden ir los bombones.

Recordatorio también válido para esos cubanos emigrados que –cual Mayakovski- soñaban con viajar a Cuba con el pasaporte de su país de acogida, previamente intoxicados por el canciller Bruno Rodríguez Parrilla con aquella frase tan reveladora en Washington: Cuba abre, USA cierra.

Quizá lo oportuno sería exigir al gobierno cubano que las obligaciones de pago y portarse bien, vayan acompañadas de derechos como votar en las elecciones, proponer candidatos y participar en el referéndum constitucional, que comenzará el próximo 13 de agosto, otra cábala de la charada totalitaria.

Un pasaporte americano o europeo no libra a nadie de la dicha de ser escogido para recibir un tratamiento odontológico como el que tuvo Alan Gross en su hospedaje habanero o una turista norteamericana que, hace poco, hizo saltar las alarmas de una estación de rastreo de la Contrainteligencia en Santiago de Cuba con un GPS-Teléfono, esos juguetes tecnológicos que sacan de quicio a los vigilantes de la vida de nosotros.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Carlos Cabrera Pérez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.


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