Estos dos médicos de Holguín plantan cara al pensamiento único Foto © CiberCuba

La revolución de las batas blancas

Mentiría si dijera que en la Universidad de La Habana, en pleno Período Especial, no se hablaba de política. El debate se practicaba, como el sexo, casi siempre en la intimidad. Uno abría la boca, si la abría, al calor de un círculo cerrado de amigos, de esos que están contigo en las duras y las maduras. Y aún así, siempre te quedaba la duda, porque intuías que en ese estrecho margen, entre litera y litera en la beca de F y 3ra del Vedado o entre té y té en la cafetería de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), había espacio para las lenguas desenfrenadas y hasta con vocación de espía.

En aquel momento a nadie le cabían dudas de que la universidad cubana era (y es) sólo para los 'revolucionarios', entendiendo por revolución una afinidad sin peros al Partido Comunista. Eso, en la práctica, no se traduce en ser sino en fingir que se es lo que otros quieren que seas. Y en el mejor de los casos, en apostar por el 'low profile' o eso que en lengua materna los cubanos hemos convertido en consejo y frase hecha: "Participa, pero no destaques". Aparentar ser gris en un ambiente en blanco y negro no te hace invisible, pero te ayuda a pasar desapercibido entre la multitud.

Esa generación universitaria de los 90 fue un testigo silencioso de la expulsión de alumnos de la Facultad de Letras, con la etiqueta cosida a máquina de "contrarrevolucionarios". Su único delito era la falta de sintonía con las ideas del Gobierno de Cuba. Mientras la mayoría optaba por fingir orgasmos revolucionarios; los que dieron la cara, se quedaron sin estudiar. Les enseñaron la puerta del exilio a golpe de gritarles: "Esta calle es de Fidel".

Por aquel entonces muchos médicos cubanos aprovechaban la primera oportunidad que se les cruzaba en el camino para "quedarse" (en el extranjero). Era el verbo que más y mejor se conjugaba en los años 90. No solo ellos, todos huían del Periodo Especial como de la peste. 

Los latiguillos de "se quedó", "se fue", "ya no está"; "se va", "se perdió", "se casó" o "abrió una raya" te hacían pensar inmediatamente en que el doctor o doctora ya estaba a las puertas de vivir una vida mejor. Da igual dónde. Nuestro periplo por el mundo lo definió Martí hace siglos: "Yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy". Los cubanos somos un pueblo nómada.

Sin embargo, ese "quedarse" no necesariamente se asociaba con una desafección del médico hacia el Gobierno del Partido Comunista en Cuba, pese a que, a efectos legales, implicaba un punto de no retorno. No fue hasta que el PCC empezó a hacer caja con la solidaridad y la exportación de la Medicina, que las batas blancas empezaron a alzar la voz.

Primero para protestar por los salarios infames que paga el Gobierno de Cuba a los profesionales de la Salud en las misiones en el extranjero. Los médicos se cansaron de que les desvalijaran el sueldo en nombre de patria, el pueblo y una supuesta reinversión en Salud Pública que ni ha llegado, ni se le espera.

En cuanto Cuba dio a sus doctores y enfermeras la posibilidad de compararse con colegas de otros países que desempeñan su mismo trabajo por sueldos veinte veces superiores, el Gobierno se vio obligado al control de pasaportes, a la vigilancia estrecha, al cerco ideológico. Nadie en su sano juicio quiere ser explotado en nombre de un bien común que se desinfla en cuanto vemos cómo vive la élite del Partido Comunista en Miramar, Altahabana o Siboney.

En Brasil empezó la revolución de las batas blancas. Los médicos del internacionalismo ficticio que vende el Gobierno de Cuba se "quedaban" y no solo eso, desafiaban a los autoproclamados dueños de la patria y también su prohibición de entrar a la Isla durante ocho años porque los comunistas entienden que querer vivir y trabajar por un sueldo digno es sinónimo de desertar.

Aún así muchos médicos se plantaban en el aeropuerto de La Habana, pero no los dejaban entrar. Inmigración mandaba al diablo el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que garantiza, en territorios democráticos, el derecho a entrar y salir del país en el que se ha nacido. Y los médicos compartían en las redes sociales su dolor, su pesar.

El mundo empezó a tomar conciencia de que algo no encajaba en el discurso revolucionario. Si los doctores que participan en las misiones lo hacen de manera voluntaria no es comprensible entonces el castigo de 8 años de exilio ni mucho menos hablar de una supuesta deserción. Pronto hasta la ONU lanzó al aire la posibilidad de considerar las misiones de médicos como trabajo forzoso.

El encarcelamiento del médico holguinero Eduardo Cardet, coordinador nacional del Movimiento Cristiano de Liberación, dejó de ser un caso aislado. Algo tiene el agua cuando la bendicen.

Y justo desde Holguín nos llegan estos días noticias de que el joven médico Alexander Raúl Pupo Casas ha sido expulsado de la residencia estudiantil donde vivía en Las Tunas, mientras hacía la especialidad en Neurocirugía en el Hospital Provincial Ernesto Guevara porque, casualidades de la vida, después de que él compartiera opiniones políticas en Facebook, se perdieron unos papeles de su beca.

Ipso facto salió Liset Ponce de León Noriega, la jefa de Servicio del Neurocirugía del hospital donde trabaja Alexander, a poner en tela de juicio su capacidad profesional y hasta sus relaciones familiares. En una sociedad cubana sin valores, no existen los límites entre vida pública y la vida privada. Gentuza como ella solo sostiene su discurso sobre una montaña de trapos sucios con los que desacreditar a quienes piensan diferente. Quieren que la masa, en su eterna ingenuidad y ceguera, vea a quien disiente como un aberrado, un desalmado o un incompetente. 

Por eso nos muestran fotos íntimas de disidentes o nos insinúan que estamos sintiendo empatía por un carnicero al que creemos médico sólo porque lleva un bisturí en la mano. Todo el que no piense como ellos, lleva las de perder. El resto, los que asumen seguir siendo parte del rebaño, son ciudadanos 10. No hay quejas, no tienen vicios, ni cometen errores. La perfección existe y para distinguirla en Cuba está el carnet del Partido Comunista. ¿En serio?

Pero el caso del doctor Alexander Pupo no es un hecho aislado. Peor se la hicieron a José Carlos Santos Bela, un estudiante de cuarto año de Medicina de Artemisa, expulsado de la universidad por engancharse a discutir con un comunista en Facebook. Lo peor es que, a preguntas de CiberCuba, el informante Yosbany Iglesias no muestra signos de arrepentimiento y ni siquiera se molesta en desmentir o matizar que su intolerancia ha dejado a un estudiante sin la carrera de su vida. Así nos va.

Los comunistas quieren hacernos creer que si no vives en Cuba y no tienes dinero, no puedes estudiar. Y sí, eso pasa, pero más en el África Subsahariana que en España. En los países desarrollados, con democracias consolidadas, existen las becas, que permiten estudiar sin pagar en ese momento (o nunca) a cambio de sacar buenas notas. Créanme, los que de verdad quieren estudiar, estudian.

En ese charco de intolerancia hemos vuelto a chapotear ahora en Cuba. O piensas como yo, o te vas a tu casa. O piensas como yo, o te callas. O piensas como yo, o te expulso de la universidad. Y sí, en los 90, la gente se callaba, pero ahora tenemos una generación joven que no debe más que hambre y precariedad a un Gobierno que le pide silencio, obediencia y sumisión a cambio de apagones, represión y colas. El negocio ya no es redondo.

Nuestros médicos nos están dando una lección increíble. Basta con ver al doctor Manuel Guerra acercarse al Obispado de Holguín a visitar a la familia con niños en huelga de hambre después de que las Brigadas de Respuesta Rápida les reventaran la existencia. 

Poco a poco cambian las cosas. Una transición pacífica hacia la democracia necesita de gente formada sin ganas de revancha. En la Cuba del futuro tienen que caber el informante y la víctima. Y es responsabilidad nuestra, de todos, que ambos perfiles encajen sin que la sangre llegue al río.

Es difícil. Lo sé. Duele. Lo sé. Pero es el sacrificio que tendremos que hacer si queremos un país mejor para nuestros hijos. Lo más fácil es matarnos en una guerra civil. ¿Pero qué vamos a hacer? ¿Pelearnos con nuestros padres y nuestros primos? ¿Fusilar a nuestros compañeros de la universidad? ¿Matar a nuestros vecinos? ¿Ahorcar a los chivatos? ¿A cuáles sí y a cuáles no? Esa no es la Cuba que nos merecemos todos.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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