Vecinos, en un barrio de La Habana. Foto © CiberCuba

Las cosas de mi barrio que desconoce Marino

Chicha, mi vecina llevaba varios años vendiendo cigarrillos al menudeo a 50 centavos, cada cajetilla le dejaba 3 pesos de ganancia, los fines de semana y feriados vendía hasta 20, si eran Criollos de Holguín.

Lalo, el carpintero, jubilado con una chequera exigua, te reparaba el palo de trapear y hasta los palitos de tender o te hacía cabo a un cuchillo viejo por una vagatela.

El negro Tomás todos los fines de semana se los pasaba encima de su camión, afinándolo. Con él podías conseguir diésel a 5 pesos el litro. Era el que no consumía su carro al tenerlo ajustadito. Ni humo echaba el camión de Tomás.

Pancha y Andrés comenzaron con corrales rústicos, pero el negocio de la ceba de cerdos le permitió hacerlos de mampostería con drenaje al alcantarillado y agua para su limpieza. No había mes que no le vendieran un machito cebado a Chichí el carnicero de la esquina. Le pagaba a 16 o 17 pesos la libra en pie y luego vendía la carne a 25. Así todos vivíamos.

Nela, una madre soltera con cuatro vejigos en escalera, vendía todos los días dos bolsas de leche a 5 pesos, pero ya tenía tanta demanda que ordenó a la gente los días de la semana, yo preferí comprarla los sábados y así el fin de semana desayunábamos diferente.

Luis, es abstemio, no fuma ni bebe café, y eso se lo inculcó a la familia porque cada mes vendía sus cuatro sobres de café a 10 pesos cada uno.

Romárico por 20 pesos se raspa la cola de la balita de gas o te hace cualquier mandado, es un hombre serio y confiable.

Irina y Yadira últimamente se dedicaron a las colas. Vendían cualquier producto de primera necesidad, con un "poquito" por encima del precio original.

No voy a contar otras formas de buscarse la vida porque voy a comprometer a gente que todavía están en sus puestos de trabajo; pero mi barrio era un gran mercado, podías encontrar o encargar lo que necesitaras. Así escapaban muchos de sus míseros salarios.

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