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El economista cubano Pedro Monreal lanzó una de las críticas más contundentes al nuevo esquema cambiario del régimen de La Habana.
En su artículo “El coro navideño de las tasas de cambio en Cuba: planificando nuevas distorsiones”, publicado en su boletín de Substack, el investigador sostuvo que el sistema de tasas múltiples recién instaurado no corrige los desequilibrios de la economía cubana, sino que los reorganiza bajo un control aún más rígido y opaco.
Monreal advirtió que la política aplicada por el Banco Central de Cuba (BCC) el pasado 18 de diciembre representa “un intento de rediseñar la gestión económica estatal que rebasa el plano del cambio de monedas”.
En lugar de una reforma estructural, lo que se ha implementado —dijo— es una nueva fase del mismo modelo centralizado, incapaz de generar eficiencia ni confianza.
“El gobierno ha decidido planificar nuevas deformaciones”, afirmó el economista, describiendo el resultado como una “Hidra económica” donde cada intento de solución genera un problema mayor (como al monstruo mitológico, le salen nuevas cabezas cuando le cortan una).
Del “ordenamiento” al laberinto cambiario
La crítica de Monreal parte de una constatación que muchos economistas comparten: el régimen cubano ha retrocedido en su propósito de unificar las tasas de cambio, uno de los pilares del llamado “ordenamiento monetario” de 2021.
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Aquella unificación buscaba integrar el sistema económico y dotar de coherencia a los precios internos. Cuatro años después, el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha hecho exactamente lo contrario: dividir la economía en compartimentos cambiarios, cada uno con su propia tasa, su propia lógica y su propio nivel de privilegio.
“Se abandona la integración y se entroniza la segmentación, con la promesa —difusa e inverificable— de que esta conducirá, en algún momento, a la integración futura”, ironizó Monreal.
El viraje, según su análisis, no responde a una racionalidad económica, sino a una necesidad política: mantener bajo control los flujos de divisas en medio del colapso productivo y de la pérdida de reservas.
Una reforma que no reforma
Monreal subrayó que la nueva estructura de tres segmentos cambiarios no puede considerarse un mercado real, sino una reorganización contable de la escasez.
Las tasas oficiales —incluso la llamada “flotante”— no reflejan las condiciones del mercado, sino la función política que el Estado asigna a cada espacio de intercambio. “El cálculo económico no se basa en precios de mercado, sino en decisiones burocráticas premeditadas”, explicó.
En este contexto, el economista interpretó el nuevo esquema como un retoque cosmético del modelo centralizado, una operación de maquillaje que busca proyectar modernización sin renunciar al control.
El resultado, según advirtió, será más descoordinación, menos transparencia y una creciente separación entre los sectores estatal y privado, que operarán con reglas distintas y sin un sistema coherente de precios relativos.
Subsidios encubiertos y distorsiones acumuladas
Uno de los puntos más incisivos del análisis se refirió al uso de un peso cubano sobrevaluado (1 USD = 24 CUP) en las operaciones estatales, un mecanismo que actúa como subsidio oculto a sectores improductivos.
Monreal consideró que esa práctica distorsiona la economía y estimula las importaciones, al tiempo que resta incentivos a la producción nacional. “Subsidiar mediante la sobrevaloración de la tasa de cambio es menos efectivo que hacerlo por vía fiscal”, explicó.
Por el contrario, la devaluación aplicada a ciertos exportadores no garantiza un aumento real de ingresos ni competitividad. En un aparato productivo rígido y con escaso margen de maniobra, una tasa de cambio más débil no genera más exportaciones, sino mayores precios internos.
En cuanto al segmento “flotante” destinado a ciudadanos y Mipymes, el economista lo definió como una ficción simbólica: una vitrina para mostrar flexibilidad donde solo hay control.
La Hidra que crece en silencio
Más allá de los tecnicismos, el texto de Monreal mantuvo cierto tono de advertencia. El nuevo esquema, sostuvo, consolida una economía fragmentada y disfuncional, donde cada segmento opera como un compartimento estanco.
“El gobierno ha sustituido el cálculo económico por una simulación de planificación”, escribió. “Las tasas de cambio ya no son instrumentos de política, sino anclas burocráticas”.
Monreal concluyó con una imagen poderosa: “Detrás del galimatías inicial de la segmentación cambiaria se erguirá una Hidra económica, en la que cortar una cabeza —una disfunción— generará más cabezas —más deformaciones—”.
Conclusión: Un modelo que se repite
En la práctica, el nuevo sistema cambiario no marca el inicio de una reforma, sino la continuidad de un modelo agotado.
A medida que el peso cubano sigue perdiendo valor, el mercado informal mantiene su papel de referencia real para ciudadanos y empresas. El Estado conserva el control formal del dinero, pero ha perdido el control efectivo de la economía.
La “Hidra” que describe Monreal es, en esencia, la metáfora de un país donde cada intento de corregir un desequilibrio abre otros tres. Y, como en los mitos griegos, mientras el gobierno siga combatiendo los síntomas en lugar de las causas, las cabezas seguirán creciendo.
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