"Plantado" Ernesto Díaz Rodríguez sueña con una Cuba sin rejas, sin fusiles, sin náufragos

La tiranía comunista de Cuba está acorralada. Lo saben ellos y lo sabemos nosotros. Estamos en el umbral de la libertad y, por encima de las tristezas acumuladas durante más de seis décadas, esta palpable realidad es motivo de orgullo por la cuota de sacrificio que aportamos y es razón de alegría.

Ernesto Díaz Rodríguez, Plantado 22 años en cárceles castristas Foto © Cortesía del entrevistado

Alas de gloria
tienen los héroes,
alas de barro
tienen los bárbaros,
alas de olvido
tiene el vencido;
alas extrañas
tiene el tirano. (Verso de Ernesto Díaz Rodríguez)

Ernesto Díaz Rodríguez (Cojímar, 1939) Vive para contarlo, para dejar testimonio de su lucha contra el castrismo, que le costó 22 años en diferentes cárceles de Cuba, que nunca pudieron matar al niño, al tiburonero valiente, al novio eterno de Alicia, la doctora que dejó su vida anterior para cuidar su alma, sabiendo que aquel hombre vivía con una virtud a flor de piel: Nunca te rindas; y no se rindió.

A sus casi 82 años, mantiene la vitalidad y el acento habanero, y ha asistido con su sensibilidad de poeta a la promoción y estreno de Plantados, el primer docudrama cubano que pone rostro y voz a un grupo de patriotas cubanos que jamás se doblegaron ante la disciplina carcelaria de las prisiones de Fidel Castro Ruz que -cuando Alfredo Izaguirre de la Riva, Adolfo Rivero Caro y Onirio Nerín Sánchez rehusaron trabajar- era venerado por la progresía mundial, incluida una parte del liberalismo norteamericano.

Pese a todo, Ernesto Díaz Rodríguez no habla con rencor ni odio, solo desde la coherencia personal para agradecer a su amigo Leopoldo Fernández Pujals su generosidad para financiar Plantados y seguir soñando con una Cuba sin rejas, sin fusiles, sin náufragos y evocando a su compañero de infortunio Mario Chanes de Armas que, como él y sus compañeros de presidio político, fueron más libres que sus carceleros.

Cartel de la película Plantados / Cortesía de  Lilo Vilaplana

¿Qué sentiste cuando viste la película Plantados?

Una mezcla de paz espiritual y de desbordante alegría. Se acababa de convertir en realidad el disfrute de un ensueño largamente acariciado. Más de 20 años habían transcurridos desde que iniciamos las gestiones para dar a conocer al mundo las vivencias del presidio político cubano, fundamentalmente esos fragmentos de historia escritos con amor, con valor y con sangre de los presos políticos plantados, compartidos de una forma visual, a través de una cinta cinematográfica.

Leopoldo Fernández Pujals fue el promotor de ese importante proyecto; recuerdo con mucha nitidez, durante una reunión en su casa de la Moraleja, en Madrid, en 1996. A Leopoldo lo habíamos conocido gracias a su tío, José L. Pujals Mederos, uno de los plantados históricos con más de 25 años de encierro cumplidos, quien falleció sin llegar a ver los resultados de este empeño en el cual Leo, al igual que nosotros, había puesto su corazón y un conjunto de hermosas ilusiones.

Al principio éramos relativamente pocos: Además de Pepe, como solíamos llamar a Pujals Mederos, el grupo estaba compuesto por Mario Chanes de Armas, Eusebio de Jesús Peñalver, y Julio Ruiz Pitaluga quien, desde Cuba, formaba parte de nuestro equipo de trabajo y nos representaba. Lamentablemente, al igual que Pepe Pujals, todos ya fallecidos. Ángel Francisco de Fana y yo formábamos parte del grupo también.

Hoy somos muchos, todos los presos políticos cubanos, los de ayer y los de hoy, porque bajo el régimen castrista nunca faltan los encarcelamientos ni las brutales represalias como medio coercitivo y venganza gubernamental, ese engendro de parásitos verde-olivo, terroristas de Estado, que hacían y continúan haciendo uso de la violencia contra personas indefensas, con total impunidad, en acto de cobardía, contra todos el que discrepe de sus absurdos lineamientos.

En la actualidad, hay músicos plantados, poetas plantados, artistas plantados contra la opresión; en rebeldía contra las injusticias. Porque ya no somos sólo los que en las cárceles plantamos contra los enemigos de la libertad.  Ahora, además de los ex prisioneros y los actuales presos de conciencia; simbólicamente es todo el pueblo de Cuba. Porque el engaño y la trampa  oficialista ya no convencen a nadie.

El pueblo de Cuba quiere ser libre. Y en la película Plantados, les estamos ofreciendo las más poderosas herramientas para conseguirlo, que son la voluntad para luchar, el destierro del miedo y, sin importar el precio a pagar, la preservación, con dignidad, de la conciencia humana. Estas armas, la historia de la humanidad lo ha demostrado, suelen ser invencibles.

Díaz Rodríguez preso / Foto: Cortesía del entrevistado

¿Fuiste el preso político más antiguo del castrismo, hasta que te liberaron en 1991, habiendo estado plantado desde 1968; cómo afrontaste ese desafío y cómo sobreviviste esos 23 años?

Casi lo fui. Pero no el último, precisamente. Cuando se produjo mi excarcelación, del contingente de plantados de aquella época aún quedaba uno más, Mario Chanes de Armas, tras las rejas. Su delito había sido el retirar su apoyo a una supuesta revolución, cargada de odio y de perversidad, de galopante corrupción y oportunismo desmedido, por la cual él no había luchado. Toda esa descomposición moral, además de la miseria que genera, como ha quedado demostrado, son los ingredientes básicos de los que está compuesto el comunismo.

Mario lo sabía, y cuando se dio cuenta de cuáles eran las intenciones, cuál era el destino de esa falsa revolución, dio un paso atrás, renunciando a todo privilegio, a todas las bondades que la aceptación cómplice, o sumisa, de la inaceptable vileza que se había puesto en marcha le ofrecía. Fue entonces que Fidel Castro se ensañó con él. Ya no importaba la amistad, la participación de Chanes en el asalto al cuartel Moncada. Ni, como consecuencia de esa aventurera acción, su encarcelamiento. Tampoco, el haber sido uno de los expedicionarios que lo acompañó en su aventura del Granma.

El tirano lo condenó a vivir entre rejas, bajo falsos argumentos de conspiración, imponiéndole una sentencia de 30 años de cárcel, por un delito que Mario no había cometido. Y fue Castro tan miserable y cruel, por no decir una palabrota, la que se merece, que lo mantuvo encarcelado hasta que extinguió el último día de su arbitraria condena, mucho más extensa y deshumanizada que la del líder sudafricano Nelson Mandela.

No, no fui el último de los presos políticos plantados en salir en libertad, quiero que esto quede bien aclarado. Lo fue Mario Chanes de Armas, en julio de 1991, tres meses después que se descorrieran los cerrojos contra mí. A él le cabe ese honor. Fue él a quien, inmerecidamente, le tocó poner el punto final en el largo capítulo del Presidio Político Plantado de una época turbulenta y sombría en la historia de Cuba.

Mario Chanes de Armas, moncadista, expedicionario del Granma y preso político más antiguo del castrismo / Foto: Fundación Nacional Cubano Americana

¿Qué recuerdos tienes de Mario Chanes de Armas?

Conservo los mejores recuerdos. Su historia, cargada de heroicidad, de actitud vertical a la hora de defender su decoro, sus irrenunciables derechos, su compromiso con la historia y con su pueblo. Fue un gigante en la honradez, en la pureza de sus ideales, en su humildad, en su lucha por una Cuba mejor; esa Cuba por la que muchos buenos cubanos a través de los años, han entregado en los campos de batalla, en las prisiones, en los paredes de fusilamiento generosamente sus vidas. Esa Cuba, en fin, con la que soñaba el Apóstol de la Independencia, nuestro gran José Martí: "…con todos y para el bien de todos".

Hablando una vez con Leopoldo Fernández Pujals me contaba que admiraba tu capacidad de jugar con los niños, que la cárcel no te había robado la infancia y la ilusión, ¿cómo lo conseguiste?

La niñez es la época más hermosa de la vida. Es como una ventana abierta a la imaginación, a la magia ilimitada, a la fantasía. Es la que con más intensidad se vive en ese mundo de inefable transparencia  por donde cabalgamos a horcajadas sobre un rayo de inocencia y de luz. A esas lejanas vivencias me aferré, porque siempre quise continuar disfrutándolas. Y me llevé a la cárcel los mejores recuerdos de mi infancia. El mar, la playa, las gaviotas, el eco de las olas.

La ternura que recibí de mis padres, los valores que me inculcaron. Y me llevé, ocultas en mis venas, las primeras sonrisas de mis pequeños hijos, a quienes no volví a ver durante los veintidós años que duró mi cautiverio, pero que, a pesar del aislamiento prolongado, los sabía a salvo, disfrutando de la libertad en los Estados Unidos, el país donde el destino quiso que renacieran.

Con todos esos maravillosos recuerdos me vestí de fiesta y tejí rondas de múltiples colores  aún en la sombra del espanto y en la aridez de los infernales calabozos de castigo. Y fui niño otra vez, y fui manantial, y peces voladores y todo cuanto en mis fantasías me hacían olvidarme de la soledad, del dolor de la carne torturada, del cansancio de los días idénticos, sin sol, sin horizonte, sin estrellas. Fue parte de mi fuerza esa experiencia, de la fortaleza espiritual que en todo momento me acompañó, que me permitió sentirme más libre -paradójicamente- que mis carceleros y, que en los momentos más difíciles, me ayudó a empinarme sobre las llagas de mi cuerpo, a sentirme dichoso, invencible.

Ernesto Díaz Rodríguez / Foto: Cortesía entrevistado

 ¿Cómo es la Cuba que tú sueñas y deseas?

Sueño con una Cuba que tenga sus raíces en la paz, en el amor, en la prosperidad de la familia. Una Cuba donde la bondad y la alegría vuelvan a florecer en los balcones, en las playas, en los campos. Con libertad para pensar, para crear, para que el arte, la música y la amistad sean como un río caudaloso, de aguas muy dulces, transparentes, no como empozados ensueños, atados a lo inaccesible, a consignas estériles, inútiles, absurdas. Donde la fe germine en cada surco.

Y exista una razón para que cese para siempre la impotencia, el sufrimiento, el llanto de las madres, la orfandad carcelaria de los hijos. Una Cuba donde la tolerancia y el respeto a los derechos que nos corresponden, sean sagrados.

Una Cuba sin rejas, sin fusiles que apunten sobre los corazones de las víctimas del odio y la venganza, de los asesinos de ideas, tan sólo por no hincarse de rodillas, por pensar diferente. Una Cuba sin náufragos, sin más banderas que floten bajo el azul sereno de nuestro hermoso cielo, la del triángulo rojo y la estrella solitaria.

La tiranía comunista de Cuba está acorralada. Lo saben ellos y lo sabemos nosotros. Estamos en el umbral de la libertad y, por encima de las tristezas acumuladas durante más de seis décadas, esta palpable realidad es motivo de orgullo por la cuota de sacrificio que aportamos y es razón de alegría.

No me es posible concluir sin dejar constancia de mi gratitud a Leopoldo Fernández Pujals, por su amistad y su valiosa aportación económica a  Plantados, la cinta cinematográfica destinada a poner al descubierto las falsedades y los crímenes de la tiranía comunista de Cuba. 

A mis compañeros de infortunio que prestaron valiosos testimonio para la realización de este importante largometraje, que acaba de estrenarse en las salas de cine de Miami y otras ciudades estadounidenses, Puerto Rico y probablemente en los próximos días, en República Dominicana, entre otros países.

Al talentoso director cinematográfico, y también gran amigo, Lilo Vilaplana. A su formidable equipo de producción y al conjunto de actores y de actrices que en prolongadas jornadas de trabajo se entregaron en alma y corazón, cada uno de ellos empeñados en dar lo mejor de sí mismo, en la realización de esta histórica película.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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