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La muerte de Zoila Esther Chávez Pérez, de 84 años, madre del escritor y periodista independiente José Gabriel Barrenechea, es un símbolo desgarrador de la deshumanización institucionalizada por el régimen cubano.
Su historia no es un caso aislado ni un error administrativo; es una consecuencia directa de un sistema que ha hecho de la represión una política de Estado, de la crueldad una herramienta de control, y del abandono una forma de castigo colectivo.
José Gabriel Barrenechea permanece encarcelado desde noviembre de 2024 en la prisión La Pendiente, acusado del presunto delito de “desorden público” por haber salido a protestar pacíficamente en Encrucijada, Villa Clara, durante un apagón eléctrico que se prolongó por 48 horas.
Un acto de protesta cívica en el contexto de la grave crisis energética que sufre la isla fue suficiente para convertirlo, a los ojos del poder, en un enemigo interno. Como ocurre con cientos de cubanos que se atreven a alzar la voz, el Estado no se limita a castigarlos a ellos: va más allá, y castiga también a sus familias, su entorno, su humanidad.
Barrenechea no solo es un opositor intelectual al régimen, sino que era el único cuidador de su madre, una anciana con cáncer y enfermedades crónicas, quien dependía completamente de su hijo para alimentarse, medicarse y sobrevivir.
Desde su arresto, Zoila no volvió a verlo. No tenía transporte ni medios para llegar a la prisión. No recibió asistencia del Estado. Murió tras ser hospitalizada por una caída severa en su hemoglobina, agravada por el estrés, la soledad y el abandono.
Falleció pidiendo la liberación de su hijo. Falleció, como tantas madres en Cuba, esperando justicia en un país que no la ofrece.
Más grave aún: tal y como señaló la organización no gubernamental Cubalex, el plazo legal de prisión preventiva —impuesto por la Fiscalía cubana por un máximo de 90 días— venció el 13 de febrero de 2025.
Desde entonces, José Gabriel se encuentra detenido ilegalmente, en abierta violación de los principios internacionales de protección a personas detenidas, como los establecidos por las Naciones Unidas.
Las autoridades han ignorado el derecho al debido proceso y han extendido su cautiverio sin justificación legal ni fecha de juicio. La prisión de Barrenechea es, por tanto, no solo injusta, sino también arbitraria e ilegal.
El ensañamiento no es nuevo. La maquinaria represiva cubana ha perfeccionado con los años una estrategia que combina la criminalización de la protesta con el aislamiento emocional y físico del disidente. No se castiga solo al que se rebela, sino también al que lo ama, al que lo cuida, al que sufre por él.
En la Cuba de hoy, ser opositor significa poner en riesgo a tus padres ancianos, a tus hijos pequeños, a tus amigos y vecinos. El mensaje es claro: la represión no se limita al individuo; se extiende como una plaga sobre su vida entera.
Zoila, como miles de cubanos, vivió sus últimos días sin acceso a medicamentos, sin alimentación adecuada, sin compañía ni consuelo, porque el Estado le quitó a su hijo y le negó los cuidados que por derecho le correspondían.
La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores reconoce el derecho a recibir cuidados idóneos, y su incumplimiento por parte del gobierno cubano constituye una violación flagrante de los derechos humanos.
Las organizaciones de la sociedad civil que han alzado la voz por José Gabriel Barrenechea no solo exigen su liberación inmediata, sino la de todos los presos políticos cubanos. Exigen, además, que se reconozca el drama humano detrás de cada encarcelamiento arbitrario, detrás de cada celda ocupada por quienes se atreven a exigir dignidad.
Zoila murió sin justicia, pero su historia trasciende su muerte. Es un retrato del sufrimiento al que son condenadas miles de familias cubanas por atreverse a disentir. Es un grito que debe romper el silencio internacional. Es, sobre todo, una acusación irrefutable contra un régimen que ha perdido toda legitimidad moral.
En nombre de Zoila y de todas las madres que mueren esperando, este dolor no puede ser olvidado.
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