En plena cuenta regresiva hacia el centenario del dictador Fidel Castro, el régimen cubano apeló este viernes a una de sus frases más violentas para blindar su narrativa.
“Si la Revolución se frustra, la contrarrevolución triunfa, y la contrarrevolución solo podría triunfar aquí sobre la base de un mar de sangre, de un verdadero mar de sangre”, publicó el periódico oficial Granma en su cuenta oficial de X.
La frase, rescatada de un discurso el 3 de febrero de 1959, en la ciudad de Guantánamo, es difundida ahora desde el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC), único permitido en el país, como parte de la campaña de exaltación por los 100 años del nacimiento de Castro, que se cumplirán en 2026.
Lejos de limitarse a una conmemoración histórica, el gobierno ha dejado claro que usará la figura del fallecido dictador como herramienta política activa.
“No se trata de recordarlo, se trata de traerlo a este momento”, declaró el presidente y primer secretario del PCC Miguel Díaz-Canel al clausurar en julio el X Pleno del Comité Central, y presentar el programa conmemorativo del centenario.
Según sus palabras, “no se trata de recordarlo, se trata de traerlo a este momento” y proyectar a Castro como “símbolo vivo de la Revolución”.
La estrategia oficialista, sin embargo, tiene como trasfondo una crisis multisistémica cuyas expresiones más elocuentes son los apagones diarios de 20 horas y más, inflación descontrolada, desabastecimiento generalizado, salarios estancados y empobrecimiento masivo de una mayoría de la población que ya no encuentra alivio ni en el recuerdo, ni en la retórica.
Ello contrasta con las recientes revelaciones del diario El Nuevo Herald, las cuales evidenciaron como las condiciones monopólicas en las cuales opera el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), el conglomerado de la élite militar cubana, considerado un Estado dentro del Estado, le ha permitido acumular miles de millones de dólares, le han permitido amasar un capital de al menos 18,000 millones de dólares con los cuales se podrían resolver muchos de los actuales problemas en la isla.
La figura de Castro nacido el 13 de agosto de 1926 en Birán, Holguín, y fallecido el 25 de noviembre de 2016 en La Habana, a los 90 años, se usa para reforzar la línea dura: propaganda en las escuelas, talleres infantiles en su museo y discursos que validan el uso de la violencia para sostener el poder.
Aunque Castro expresó en vida su deseo de que no se erigieran monumentos en su honor, el régimen ha convertido su figura en objeto de culto, dedicándole un costoso museo en la capital, inaugurado en noviembre de 2021 en una suntuosa mansión del Vedado.
El centro ha sido objeto de críticas por su enfoque en el adoctrinamiento infantil. Desde julio de 2024, niños de entre 6 y 14 años participan en talleres de museografía, donde actúan como guías del museo, repitiendo discursos oficiales sobre la figura de Castro.
Estas actividades, presentadas como educativas, han sido señaladas por su carácter propagandístico y su intención de perpetuar la ideología castrista entre las nuevas generaciones.
La cita del “mar de sangre” no es una advertencia al pasado, es una señal dirigida al presente.
El 11 de julio de 2021, cuando miles de cubanos salieron a las calles pidiendo libertad y comida, el régimen respondió como ya lo había sugerido en aquel viejo discurso: represión, arrestos masivos y una militarización sin precedentes.
La orden de combate dada por Díaz-Canel el 11J no fue solo una respuesta táctica, fue una línea política que sigue vigente.
Resulta irónico que, en el mismo discurso de 1959, Castró aseguró que la revolución no había llegado al poder “para que mande un grupo de hombres”, que el pueblo era el que gobernaba y que el triunfo revolucionario había significado, “en primer lugar, la desaparición de toda esa politiquería y de toda esa hipocresía que ha caracterizado la vida pública de nuestro país”.
Al respecto, subrayó que la revolución suponía “no solo que el pueblo es libre, no solo que se acabó el crimen, no solo que se acabaron los atropellos, las torturas, los golpes, las humillaciones que constantemente estaba sufriendo cualquier ciudadano (…) sino que los hombres que hoy estamos en el poder no nos parecemos absolutamente en nada a los hombres que han estado siempre en el poder, bien bajo una dictadura e incluso bajo gobiernos constitucionales".
Llamó la atención sobre cómo en “un país tan rico como este, un pueblo trabajador como es el pueblo cubano, y además un pueblo inteligente, una nación donde pudieran vivir 25 o 30 millones de habitantes, resulta que los seis millones que somos nos estamos prácticamente muriendo de hambre aquí”.
Una frase que 66 años después resuena con más crudeza, no por su vigencia, sino por el fracaso evidente de todo lo prometido.
Mientras la élite gobernante insiste en revivir al “líder histórico” como escudo ideológico, la población sufre un presente de miseria, sin luz, sin comida y sin futuro. Y si algo ha demostrado el régimen en estos años es que está dispuesto a aplicar literalmente la amenaza del mar de sangre con tal de no soltar el poder.
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