
Las declaraciones del canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla, celebrando el inicio del curso escolar con la frase “hoy la alegría inunda nuevamente las escuelas cubanas”, han provocado una oleada de rechazo en redes sociales, donde cientos de familias cubanas han salido a desmontar lo que consideran una burla a su realidad cotidiana.
Rodríguez compartió el mensaje en su cuenta oficial de X el 1 de septiembre, coincidiendo con el regreso de más de 1,5 millones de estudiantes a las aulas. En lugar de generar entusiasmo, su comentario ha sido percibido como un acto de cinismo, desconectado del drama que viven miles de hogares cubanos al intentar enfrentar un curso escolar plagado de carencias.
“Verdad que usted no tiene remedio. La alegría es algo que muy pocos cubanos hoy en día sienten, mucho menos los niños, que la gran mayoría pasaron sus vacaciones en medio de apagones y sin poder disfrutar nada por los altos precios que tiene todo”, respondió un usuario. Otro fue aún más claro: “Usted cree que nuestros niños sean felices? Sin apenas alimentos, ni leche, sin lugares donde distraerse, sin juguetes, sin poder dormir por los gigantescos apagones, sin agua, sin libertad, sin, sin, sin”.
La rabia y frustración expresadas en redes no han sido aisladas. Cientos de padres, madres, abuelos y maestros han compartido imágenes, testimonios y vivencias que desmienten el supuesto ambiente de júbilo que intentó retratar el discurso oficial. “Otra burla impía al dolor y al sufrimiento del pueblo. Más cruel aún, sabiendo lo que viven los niños... ¡Abajo el comunismo! ¡Patria y Vida y Libertad!”, escribió un comentarista, indignado ante lo que definió como “otro intento de imponer una narrativa triunfalista en medio del desastre”.
En múltiples provincias, las denuncias se repiten: apagones prolongados, aulas sin condiciones mínimas, déficit de maestros y escasez total de materiales escolares. En una escuela de Florida, Camagüey, “no habían guías, las mesas desbaratadas y niños que no tenían sillas. Ahora les piden a los padres que las reparen y compren pintura para las aulas que ni maestros tienen. Eso es un gran logro de la revolución, y el presidente dándose su buena vida con su ‘machi’”.
“No sé en qué país viven ustedes, pero acá los niños ni siquiera durmieron sus ocho horas. Muchos se fueron sin desayunar. Es que hasta la inocencia han perdido nuestros hijos. Ni vacaciones han tenido”, se lamentó otra madre.
En Bahía, Habana del Este, un aula de 5to grado fue descrita así: “Se filtra, no tiene electricidad, la puerta llena de comején no se puede cerrar. Eso nos dio una alegría tremenda”.
Más que alegría, lo que se ha visto es un sacrificio extremo por parte de las familias. Una madre escribió: “La alegría… ¿cuál? He visto a las madres sufrir para garantizar mochila, zapatos, materiales escolares y dinero para la merienda y el refuerzo del almuerzo. ¿Cuál alegría, por favor? Las familias están desangradas”.
Muchos otros compartieron escenas que repiten un patrón nacional: “Desde la mañana lo único que he visto son publicaciones de madres diciendo: ‘Qué abuso, primer día de clases y mi hij@ sin dormir porque no hay luz desde ayer…’ o ‘Tuve que alistarle con una vela encendida porque no había electricidad’. ¿Esa es la alegría que ustedes celebran?”
“Qué poca vergüenza tienen” es una de las más repetidas. Una abuela añadió: “Era mejor que se quedaran callados, pero insisten en hacer el ridículo cada vez que dicen o hacen algo”.
En un aula, aseguran, los padres tienen que llevar hasta la lámpara porque no hay luz instalada. Y los niños “se están ahogando del calor. Tremenda felicidad, h.p.”, remató una usuaria que no contuvo la rabia.
Frente al optimismo impuesto desde el poder, la realidad muestra un país donde el inicio del curso escolar no es motivo de celebración, sino un nuevo episodio de resistencia. Mientras los dirigentes publican mensajes de autosatisfacción, los padres improvisan pupitres, parten libretas a la mitad y se endeudan para garantizar el mínimo necesario a sus hijos. En vez de alegría, lo que inunda las escuelas cubanas es el cansancio, el sacrificio, la precariedad y el hartazgo.
Carencias estructurales y maquillaje oficial
Lo denunciado por las familias tiene sustento en las propias cifras oficiales. El gobierno reconoció que solo se produjeron 2,2 millones de los 3,6 millones de uniformes previstos para este curso, y apenas un 20% de los estudiantes estrenaría ropa nueva. El resto dependía de prendas heredadas o del mercado negro, donde un uniforme supera los 5,000 pesos.
Además, se implementó una “norma ajustada” que reduce la entrega de libretas: tres por niño en primaria para cubrir seis asignaturas. En secundaria, deben dividirlas por mitades. El que no pueda pagar los 200 CUP que cuesta una libreta en el mercado informal, simplemente no podrá anotar sus clases.
Los problemas también afectan al personal docente. En Matanzas faltan más de 2,000 profesores, y la solución ha sido llenar las aulas con estudiantes universitarios, contratos por horas y personal no capacitado. El déficit es similar en provincias como Camagüey o Sancti Spíritus, lo que compromete seriamente la calidad educativa.
La ministra de Educación, Naima Trujillo, ha insistido en que la apertura fue posible gracias al “esfuerzo colectivo”, pero incluso reconoció que muchas escuelas solo pudieron abrir tras reparaciones de emergencia impulsadas por padres, cooperativas y empresas locales. Techos con filtraciones, mobiliario insuficiente, baños fuera de servicio y aulas a oscuras siguen siendo parte del paisaje escolar.
En paralelo, los apagones castigaron a buena parte del país justo antes del inicio del curso. Muchos estudiantes llegaron sin dormir o sin poder calentar su desayuno. El regreso a clases, lejos de ser una fiesta, ha sido otro capítulo de desgaste.
Y mientras el gobierno intenta vender el inicio del curso como una “conquista”, las familias cubanas siguen preguntando, una y otra vez, qué es exactamente lo que hay que celebrar.
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