El viaje de Miguel Díaz-Canel a Asia, con escalas en Vietnam, Laos y especialmente en China, ha vuelto a poner en el centro del debate la posible evolución del modelo económico cubano.
La visita ocurre en medio de una crisis nacional marcada por la inflación desbordada, apagones constantes y un éxodo migratorio masivo. El mandatario viaja en busca de oxígeno político y económico, y sus declaraciones en Beijing han encendido las alarmas sobre la dirección que podría tomar La Habana.
Tras reunirse con Wang Weizhong, gobernador de la provincia de Guangdong, Díaz-Canel destacó la importancia de haber dialogado sobre las “experiencias” de ambas naciones y evocó la visita del dictador Fidel Castro a esa región en 1995.
El gesto no es casual: Guangdong fue pionera en el proceso de apertura y reforma que, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, transformó a China en una de las mayores economías del mundo.
Guangdong, el laboratorio de las reformas chinas
A finales de los años setenta, Guangdong se convirtió en el epicentro del experimento de Deng Xiaoping. Allí nacieron las primeras Zonas Económicas Especiales —Shenzhen, Zhuhai y Shantou—, diseñadas para atraer inversión extranjera con beneficios fiscales y reglas de mercado más flexibles.
El resultado fue una transformación vertiginosa: de aldeas rurales a megaciudades industriales y tecnológicas, con Shenzhen como emblema global del cambio.
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El modelo de Guangdong demostró que era posible dinamizar la economía sin alterar el control político del Partido Comunista. El intercambio era claro: prosperidad material a cambio de obediencia política.
Cuba y la tentación de imitar
En Cuba, el experimento más parecido ha sido la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, inaugurada en 2013 con la promesa de convertirla en motor de inversión extranjera.
Sin embargo, como ha reconocido el propio gobierno de la "continuidad", su rendimiento ha sido muy inferior a las expectativas, debido a trabas burocráticas, falta de transparencia y centralización excesiva en la toma de decisiones.
La mención explícita de Díaz-Canel a Guangdong sugiere que el régimen contempla la posibilidad de profundizar en ese camino: abrir más espacios a la inversión y al capital extranjero en empresas mixtas, pero bajo la férrea conducción del Partido Comunista de Cuba.
¿Es exportable el modelo de Guangdong?
Las diferencias estructurales entre China y Cuba son abismales. Guangdong contó con la proximidad de Hong Kong y Macao, centros capitalistas que actuaron como puente natural de inversión.
Además, el modelo chino aprovechó a millones de trabajadores migrantes internos, lo que permitió un salto productivo en muy poco tiempo.
Cuba, en cambio, enfrenta un panorama distinto: infraestructura deteriorada, población decreciente, éxodo migratorio, fuga de mano de obra calificada y un nivel de aislamiento internacional que limita su capacidad de insertarse en las cadenas globales de valor. La posibilidad de replicar el éxito de Guangdong parece, en este sentido, reducida.
Derechos y libertades en juego
Más allá de lo económico, la clave está en lo político. El modelo chino no vino acompañado de libertades democráticas, sino de un refuerzo del control del Estado sobre la sociedad. Hoy, China combina prosperidad con censura, represión y vigilancia masiva.
En Cuba, la sociedad civil demanda cada vez más libertad de expresión, pluralismo político y respeto a los derechos humanos. Una apertura limitada al estilo Guangdong podría traer cierto alivio material, pero difícilmente respondería a esas aspiraciones ciudadanas.
El riesgo es que se intente vender la prosperidad parcial como sustituto de la libertad, reproduciendo la ecuación de “bienestar económico a cambio de obediencia política”.
Entre la ilusión y el desencanto
El recuerdo de Castro en Guangdong en 1995 sirve a Díaz-Canel como recurso simbólico, pero el contexto actual es radicalmente distinto. La Cuba de 2025 no es la misma: más empobrecida, más conectada digitalmente y mucho más consciente de las experiencias comparadas en el mundo.
La pregunta de fondo es si los cubanos aceptarían pagar el mismo precio que los chinos: crecimiento económico sin democracia. En medio de una crisis prolongada, el régimen parece tentado a ensayar una “apertura y reforma” limitada. Pero la ciudadanía, hastiada de promesas incumplidas, podría no conformarse esta vez con soluciones parciales.
En realidad, si Díaz-Canel quisiera encontrar una hoja de ruta más cercana a las aspiraciones de los cubanos, en lugar de mirar obsesivamente a Guangdong, debería darse un viaje a Varsovia, Praga o Vilna y tomar nota de los planes que allí se implementaron.
El Plan Balcerowicz en Polonia, la terapia de choque checa o la vía de integración acelerada de los países bálticos son ejemplos imperfectos, pero mucho más afines a una ciudadanía que clama por libertad, democracia y prosperidad, no por un capitalismo de partido único al estilo chino.
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