El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó este martes un duro mensaje en la Asamblea General de la ONU, donde acusó a varios países europeos de financiar indirectamente la guerra en Ucrania al seguir comprando petróleo y gas ruso.
“China y la India son los principales financiadores de la guerra en curso, pero inexcusablemente incluso países de la OTAN no han cortado mucho. Están comprando energía rusa mientras luchan contra Rusia. Es vergonzoso”, afirmó Trump, que pidió a Europa “cesar inmediatamente todas las compras de energía de Rusia”.
El mandatario advirtió que si Moscú no está dispuesto a negociar, su administración está preparada para imponer “una ronda muy fuerte de aranceles poderosos” destinados a frenar el derramamiento de sangre, algo que viene prometiendo desde mediados de julio y no ha cumplido a pesar del incremento de los criminales y letales bombardeos de Moscú sobre Ucrania.
No obstante, condicionó la efectividad de esa medida a que las naciones europeas adopten las mismas sanciones. “Europa tiene que intensificar sus esfuerzos. Nosotros tenemos un océano de por medio; ellos están mucho más cerca de la ciudad”, dijo en alusión a la cercanía geográfica del conflicto.
Las declaraciones de Trump se producen en un contexto de máxima tensión tras el derribo de drones rusos sobre Polonia, que llevó a Varsovia a invocar el artículo 4 de la OTAN. En días recientes, el presidente ya había condicionado nuevas sanciones estadounidenses a que los aliados europeos actuaran primero, lo que generó críticas por su enfoque transaccional.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, respaldó la línea de la Casa Blanca al señalar que “si Estados Unidos y la Unión Europea se asocian, la economía rusa colapsará por completo y Putin no tendrá otra opción que negociar”. Bessent defendió la estrategia arancelaria como motor del crecimiento económico interno, pese a los reveses judiciales que enfrentan algunas de las medidas de Trump.
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La presión de Washington sobre Europa busca cerrar una de las principales fuentes de ingresos del Kremlin. Sin embargo, la dependencia energética de países como Hungría o Eslovaquia hace difícil alcanzar una posición común dentro de la Unión Europea y la OTAN, lo que mantiene abierta la incertidumbre sobre la capacidad de Occidente de responder unido a la escalada rusa.
La ambigüedad de Trump y el trasfondo europeo
Aunque el presidente Trump exigió a los países europeos “cesar inmediatamente todas las compras de energía de Rusia”, evitó señalar directamente a los principales responsables dentro de la OTAN: Hungría y Eslovaquia, dos miembros que mantienen una alta dependencia del crudo ruso y cuyos gobiernos han adoptado posiciones abiertamente prorrusas.
En el caso de Hungría, el primer ministro Viktor Orbán se ha negado a romper los contratos con Moscú, alegando que el país no puede sustituir fácilmente el suministro del oleoducto Druzhba.
En Eslovaquia, el Ejecutivo de Robert Fico sostiene un argumento similar: la refinería de Bratislava está adaptada al petróleo ruso, y cambiar su tecnología supondría un enorme costo. Ambos líderes han bloqueado sanciones más duras dentro de la Unión Europea, lo que ha alimentado la percepción de que actúan como freno interno frente a las iniciativas contra el Kremlin.
Trump, sin embargo, prefirió no mencionarlos en la ONU. Analistas interpretan este silencio como un gesto deliberado hacia Orbán, un aliado político con el que ha cultivado una relación cercana.
Esa ambigüedad también refleja el estilo transaccional de Trump: plantea la exigencia de cortar las importaciones rusas en términos generales, pero evita responsabilizar a países concretos, lo que le permite mantener margen de maniobra diplomática.
Al condicionar cualquier medida estadounidense a la acción conjunta de Europa, transmite además la idea de que Washington no asumirá solo el costo de nuevas sanciones.
Para críticos de su estrategia, esta vaguedad beneficia indirectamente a Moscú. Al no ejercer presión específica sobre Hungría y Eslovaquia —los dos eslabones más débiles de la cadena europea— y al supeditar sanciones a una unanimidad que difícilmente se alcanzará, Trump ofrece a Rusia un respiro en medio de la guerra de Ucrania.
¿Una ambigüedad estratégica que favorece a Rusia?
Analistas coinciden en que el discurso genérico de Trump sobre el fin de las compras de energía rusa —sin identificar a Hungría, Eslovaquia u otros gobiernos concretos— no es casualidad, sino parte de una estrategia diplomática y política calculada.
Mark Harrison, profesor emérito de economía en la Universidad de Warwick, sostiene que algunas de las decisiones recientes de la administración Trump “han beneficiado directamente a Rusia, tanto en la guerra en Ucrania como en su enfrentamiento económico con Europa”.
En declaraciones a France 24, Harrison advirtió que “si Washington suspende apoyo militar crítico o introduce excepciones en sanciones que antes eran firmes, ello diluye la presión global sobre el Kremlin”.
Además, informes sobre Hungría describen cómo su primer ministro justifica la continuación de importaciones de petróleo ruso con argumentos de seguridad energética e infraestructura existente, mientras rechaza sanciones más estrictas como incompatibles con las realidades nacionales.
Hungría ha sido señalada como uno de los pocos países de la OTAN que se resiste públicamente a cortar esos flujos, en parte apoyada por decisiones recientes de la Casa Blanca que suavizan sanciones o derogaciones bajo la administración Trump.
Este silencio de Trump sobre países específicos sirve para varias funciones: preservar aliados ideológicos como Viktor Orbán, evitar críticas abiertas dentro de la Alianza Atlántica, y condicionar acciones duras a una coordinación que probablemente será difícil conseguir.
Para algunos especialistas, esta combinación de retórica fuerte con aplicación selectiva es precisamente lo que permite que Vladimir Putin mantenga capacidad de maniobra con al menos algunos compradores europeos todavía en el tablero.
En ese contexto, la petición del presidente en la ONU de que Europa “corte todas las compras de energía de Rusia” puede leerse no solo como una exigencia, sino como un desafío estratégico. Un llamado que, al mismo tiempo que eleva el tono, ofrece margen de ambigüedad para que gobiernos como los de Hungría o Eslovaquia eviten consecuencias inmediatas al no ser nombrados directamente.
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