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Mientras millones de cubanos enfrentan una de las crisis alimentarias más severas de las últimas décadas, con la escasez marcando el ritmo de las cocinas familiares, el gobernante Miguel Díaz-Canel aprovechó el escenario del Hotel Nacional para disertar, una vez más, sobre los grandes desafíos “globales” en materia de soberanía y seguridad alimentaria y nutricional.
El evento, titulado “Primer Encuentro de Alto Nivel sobre Políticas Públicas para la Soberanía Alimentaria”, contó con invitados internacionales, una hoja de ruta ambiciosa y una retórica que rozó la autocomplacencia. Sin embargo, fuera de las paredes del salón de conferencias, la realidad nacional desmiente cada frase pronunciada.
“La vida ha demostrado cómo se puede producir de manera más amigable”, declaró este miércoles Díaz-Canel, mientras en zonas agrícolas de provincias como Villa Clara o Holguín, campesinos se ven obligados a abandonar cosechas por falta de combustible, fertilizantes o maquinaria básica.
Según datos recogidos por medios independientes, más del 70% de los alimentos que consume la población cubana deben ser importados —una paradoja para un país que habla de “soberanía alimentaria” como consigna revolucionaria.
En su discurso, el líder de la "continuidad" también elogió las relaciones entre Cuba y Brasil, destacando la figura de Lula da Silva como “un eterno amigo y hermano de Cuba”. Pero en barrios de La Habana, Santiago o Camagüey, la fraternidad política no llena los platos.
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En su lugar, crecen las colas, se multiplican los testimonios de familias que solo comen una vez al día y se intensifican las denuncias por desnutrición, especialmente entre menores y ancianos.
El régimen cubano ha insistido en que está ganando “la batalla de la agroecología”, pero no explica por qué en los mercados estatales brillan por su ausencia productos esenciales como arroz, frijoles, viandas o carne.
Tampoco responde por qué la libreta de abastecimiento —ese modelo de “seguridad alimentaria” que el régimen presenta como ejemplo— ha dejado de garantizar lo mínimo indispensable para subsistir.
En nombre de la cooperación y el multilateralismo, Díaz-Canel aseguró que el evento fue “una lección para el mundo”. Pero en el país real, el cubano de a pie debe recurrir al trueque, a las remesas, o al sacrificio de su salud para poder alimentarse.
A diario se viralizan imágenes de platos vacíos, ventas en moneda libremente convertible (MLC) inaccesibles para la mayoría y personas revolviendo contenedores de basura en busca de sobras.
El contraste es obsceno: mientras se diseñan hojas de ruta y se firman acuerdos, el sistema agrícola cubano sigue en caída libre. Productores privados enfrentan trabas burocráticas, los programas de autoabastecimiento municipal no logran sostenerse, y el éxodo rural deja campos ociosos y vaquerías desmanteladas.
La soberanía alimentaria que tanto se invoca parece más bien una utopía estancada en discursos. Cuba depende cada vez más de donaciones humanitarias, de las importaciones que puede costear con sus menguadas reservas de divisas y de las estrategias de supervivencia familiar. Hablar de “políticas públicas efectivas” en ese contexto es, como mínimo, una burla.
La desconexión entre el relato gubernamental y la realidad alimentaria de la isla no es nueva, pero alcanza cotas insólitas cuando se enuncia desde un salón climatizado, entre brindis diplomáticos y loas al multilateralismo. En la Cuba profunda, la inseguridad alimentaria no se debate: se sufre.
“Muchas gracias por estar con nosotros”, concluyó Díaz-Canel. Pero, más allá del protocolo, muchos cubanos agradecerían menos discursos y más comida.
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