
Naranjas de Chile, ajos y cebollas de China y hasta papas de los Estados Unidos llegan a establecimientos comerciales cubanos, mientras la producción nacional sigue paralizada y los campesinos no tienen autonomía sobre la tierra ni las cooperativas libertad para decidir qué vender.
Usuarios en redes sociales denuncian que la situación no es solo económica, sino estructural: la tierra sigue bajo control del Estado, el sistema de acopio impone precios y rutas de comercialización, y la innovación privada está limitada o criminalizada.
A través de su perfil en Facebook, la ingeniera Yulieta Hernández refirió como en un recorrido por establecimientos comerciales en La Habana comprobó que había oferta de papa, ajo y cebolla importados, a elevados precios, por lo general inaccesibles para una mayoría del pueblo empobrecido por fallidas políticas gubernamentales el fracaso del modelo centralizado.
Pero más allá del precio, subrayó la dependencia del país de productos extranjeros y criticó la falta de políticas que fomenten la producción nacional.
Señaló que las cooperativas agropecuarias siguen atadas, la tierra no pertenece al campesino y la estatal Acopio sigue monopolizando la compra y venta, impidiendo decisiones autónomas sobre qué producir y a qué precio.
Hernández enumeró un rosario de problemas estructurales que mantienen paralizado el agro cubano: maquinaria obsoleta o sin repuestos, combustible escaso, fertilizantes y semillas insuficientes, sistemas de riego casi inexistentes, ausencia de financiamiento y de incentivos fiscales, así como la penalización de la innovación privada y la criminalización de asociaciones productivas fuera del marco estatal.
Todo esto impide que los campesinos puedan sembrar y comercializar con autonomía, y genera un ciclo de dependencia que obliga al país a importar alimentos que podría producir, sostuvo la también directora de la mipyme privada Pilares Construcciones.
Entre sus propuestas, Hernández planteó la urgencia de entregar la tierra en propiedad a los campesinos, eliminar el monopolio de Acopio, permitir la venta directa entre productores y consumidores y legalizar empresas privadas agrícolas y cooperativas libres.
Asimismo, se mostró a favor de garantizar acceso a insumos y tecnología, fomentar la agroecología y la soberanía alimentaria, activar plataformas digitales para la trazabilidad y comercialización, y abrir espacios para que la juventud participe en proyectos agrícolas con futuro.
La naranja que antes se producía en Cuba
En otro post, en la propia red social, el ciudadano Manuel Viera aportó otra arista de la crisis: la desaparición de la actividad citrícola, que antes abastecía al país y exportaba a Europa y Asia.
En este sentido, criticó la incapacidad del Estado para mantenerla, atribuyendo el problema a décadas de centralización y control absoluto.
Se refirió, por ejemplo, a la venta en una mipyme habanera de naranjas importadas desde Chile, a 390 pesos cada una, lo que constituye un lujo para la mayoría de los cubanos y refleja cómo se destruyeron capacidades productivas históricas “en un país que le vendía naranjas al mundo”.
En este sentido, Viera resaltó el impacto sobre las nuevas generaciones: muchos niños cubanos ven por primera vez alimentos que antes eran cotidianos y accesibles.
Los testimonios de Hernández y Viera evidencian que la crisis agropecuaria no es solo económica, sino estructural y política: la tierra no es propiedad del campesino, la burocracia frena cada intento de mejora, la juventud abandona el campo, y las fuerzas productivas permanecen cerradas.
Las importaciones suplen lo que el país podría producir, pero a precios altos y sin resolver la dependencia histórica.
La situación actual refleja décadas de políticas centralizadas que impiden autonomía, limitan la innovación y mantienen a los productores subordinados.
Solo con reformas profundas —entrega de tierra, eliminación de monopolios, legalización de cooperativas libres, acceso a tecnología, financiamiento y participación de la juventud—, coinciden Hernández y Viera, Cuba podrá volver a producir alimentos suficientes para su población y recuperar la soberanía alimentaria.
El gobierno cubano atribuye la debacle del sector agropecuario a la falta de insumos, la escasez de combustible y las condiciones climáticas. Sin embargo, estas últimas no parecen afectar a la vecina República Dominicana, desde donde se importan cerca de 16,5 millones de posturas mensuales.
Cuba también importa huevos de países como Colombia y Estados Unidos. Incluso, estos últimos se comercializan en las tiendas en divisas propiedad del estado y por las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes).
También las tiendas online venden en la isla huevos procedentes de Estados Unidos aunque el régimen sostiene que el embargo estadounidense le impide comprar productos alimenticios básicos.
Aunque el gobierno cubano presume de la aprobación de una Ley de Soberanía Alimentaria, el Anuario Estadístico de Cuba 2023 confirmó un desplome sin precedentes en la producción de alimentos esenciales como carne de cerdo, arroz, huevos, leche y viandas, lo que ratifica la severidad de la crisis alimentaria en la isla.
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