¿Quién es Arleen Rodríguez Derivet?: La periodista oficialista detrás del “lavado de imagen” de Díaz-Canel

Díaz-Canel la ha llamado públicamente “mi compañera en todos los tiempos” y “hermana del alma”. La periodista lo ha entrevistado en varias ocasiones para el programa ‘Desde la Presidencia’, donde los límites entre la comunicación institucional y la propaganda se desvanecen por completo.

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En el ecosistema mediático controlado por el régimen cubano, pocas figuras condensan tan bien el espíritu de la propaganda contemporánea como Arleen Rodríguez Derivet.

Periodista de larga trayectoria en la prensa estatal —voz de Radio Rebelde, presentadora de la ‘Mesa Redonda’, columnista en Cubadebate y conductora del podcast ‘Chapeando bajito’—, Rodríguez Derivet se ha convertido en la principal operadora discursiva del poder gubernamental.

Su tarea no es informar, sino recomponer el relato: explicar, suavizar y justificar los tropiezos del gobernante designado, Miguel Díaz-Canel.

De “hermana del alma” a escudo comunicacional

Díaz-Canel la ha llamado públicamente “mi compañera en todos los tiempos” y “hermana del alma”. La periodista lo entrevistó en varias ocasiones para el programa ‘Desde la Presidencia’, donde los límites entre la comunicación institucional y la propaganda se desvanecen por completo.

En ese espacio, Rodríguez Derivet actúa más como asistente de imagen que como periodista: guía las respuestas del gobernante, le ofrece el contexto favorable y lo presenta como un dirigente sensible, humano, rodeado de adversidades.

La cercanía entre ambos ha sido reconocida públicamente por el propio Díaz-Canel. En marzo de 2024, durante la ceremonia en que Rodríguez Derivet recibió el Premio Nacional de Periodismo “José Martí” por la Obra de la Vida, el gobernante la describió como “una buena persona, una excelente cubana, compañera, hermana y una revolucionaria cabal”.


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Asimismo, según Cuba Sí, recordó sus años compartidos en la Unión de Jóvenes Comunistas y en el Partido Comunista, y dijo que ella “lo ha criticado para bien y le ha movido el pensamiento y los sentimientos”.

Con Arleen —añadió— me une una relación de amistad en las buenas y en las malas.” La exaltación, lejos de ser meramente protocolar, confirmó lo que ya muchos observadores percibían: Rodríguez Derivet no es solo una periodista del sistema, sino una integrante emocional y política del círculo más íntimo del poder.

Esa cercanía no es casual. La reportera forma parte del núcleo duro del aparato comunicacional de la Presidencia, un equipo que incluye a Leticia Martínez Hernández (jefa de comunicación del Palacio de la Revolución), Randy Alonso (director de Cubadebate y conductor de la ‘Mesa Redonda’) y Humberto López (rostro del programa ‘Razones de Cuba’).

Cada uno cumple un papel distinto en la maquinaria de propaganda: Hernández diseña la estrategia, Alonso la institucionaliza, López la ejecuta con tono punitivo, y Arleen la disfraza de humanismo. Es la encargada de administrar la “ternura revolucionaria”: esa narrativa donde el poder siempre tiene buenas intenciones y los errores son, en realidad, pruebas de sacrificio.

La cronista de los desastres explicados

Cada vez que el discurso oficial se ve amenazado por un episodio de descrédito o una oleada de críticas, Rodríguez Derivet aparece para ofrecer una versión edulcorada de los hechos.

Su papel en la crisis energética del verano de 2024 fue emblemático: acompañó al ministro Vicente de la O Levy en una ‘Mesa Redonda’ donde este reconoció el fracaso de la estrategia para evitar apagones.

La periodista, lejos de interpelarlo, guio la conversación para presentar la crisis como un “proceso de aprendizaje colectivo” y no como lo que era: la evidencia de una estructura colapsada.

Algo similar ocurrió con el episodio del huracán Melissa, cuando Díaz-Canel respondió con torpeza a una mujer que le reclamaba haber perdido su cama y su colchón. El fragmento viral, donde el presidente decía “no tengo cama para darte”, se convirtió en símbolo de su desconexión con la realidad.

Rodríguez Derivet reaccionó desde su programa ‘Chapeando Bajito’ con una “aclaración” que pretendía neutralizar el daño: publicó una transcripción parcial del intercambio, sin mostrar el video, y aseguró que el gobernante había actuado con “profunda sensibilidad” y honestidad. Su defensa cerró filas con la versión oficial según la cual el fragmento fue “manipulado por los enemigos de la revolución”.

El “caso Lis Cuesta” y la defensa del ridículo

El antecedente más recordado de su papel como apagafuegos fue en 2022, cuando la esposa de Díaz-Canel, Lis Cuesta Peraza, incendió las redes con su ya célebre tuit: “El dictador de mi corazón”.

Mientras la mayoría de los cubanos reaccionaban con incredulidad y sarcasmo, Rodríguez Derivet salió a defenderla desde Cubadebate. Alegó que el mensaje de Cuesta era una muestra de “ironía y humor revolucionario”, un uso “lúdico y creativo” de la comunicación política.

Para la periodista, la polémica no era un desliz, sino una oportunidad para “entrar en una fase nueva de nuestros modos de comunicar”.

Esa interpretación marcó el tono de lo que vendría: la institucionalización del cinismo como estrategia. Si antes la prensa oficial se aferraba al dogma, hoy ensaya el chiste, el juego, el emoticono.

Rodríguez Derivet es la encargada de dar coherencia a esa transición discursiva: hacer que los errores del poder parezcan gestos espontáneos de humanidad.

La cronista de las destituciones y los “relevos honorables”

En febrero de 2024, cuando Díaz-Canel destituyó al entonces ministro de Economía, Alejandro Gil Fernández, y a otros altos funcionarios, la periodista volvió a ocupar su puesto en la primera línea del relato.

En un artículo titulado “No se van con las carteras llenas”, aseguró que los ministros salientes habían cumplido sus misiones “con esfuerzo y entrega” y merecían “reconocimiento y respeto”.

Sin embargo, el tiempo terminó desmintiendo aquel gesto de fidelidad institucional. Gil Fernández, el exministro que Rodríguez Derivet presentó como ejemplo de “honradez y entrega revolucionaria”, se encuentra hoy bajo acusaciones de espionaje, corrupción y malversación de fondos públicos, en un proceso judicial que el propio gobierno ha calificado de “grave”.

Las palabras de la periodista —“no se van con las carteras llenas”— resuenan ahora como una ironía amarga, símbolo de una prensa que no investiga, sino que absuelve por adelantado a los fieles del sistema, o los condena sin prueba alguna, según los caprichos y dictados del poder totalitario.

Del Palacio a Moscú

Su papel como operadora de comunicación presidencial también le ha permitido formar parte de delegaciones internacionales. En distintas giras de Díaz-Canel por el exterior, Rodríguez Derivet ha aparecido documentando encuentros y actos oficiales.

Más recientemente, imágenes suyas junto al comunicador Oliver Zamora Oria en Moscú —en cafés, restaurantes y paseos por la Plaza Roja— circularon ampliamente en redes sociales. Las fotos mostraban a ambos durante una estancia en la capital rusa que coincidió con la celebración de los 20 años de creación del medio oficialista Russia Today (RT).

El viaje, divulgado públicamente en redes, exhibió la otra cara de la comunicación de Estado: la de los periodistas que, mientras defienden sacrificios y “resistencias” en antena, aparecen disfrutando de los privilegios que su posición cercana al poder les garantiza.

El "engranaje perfecto"

La figura de Rodríguez Derivet sintetiza la evolución de la propaganda cubana en tiempos de crisis. Ya no se trata de gritar consignas, sino de gestionar percepciones: modular el relato, reinterpretar los hechos, dar rostro humano a un sistema sin legitimidad democrática.

Cada vez que Díaz-Canel enfrenta un traspié —una mala frase, un ministro caído, un tuit desafortunado—, la periodista aparece para reconstruir la narrativa.

Si Humberto López encarna la coerción, Randy Alonso el solemne asentimiento y Leticia Hernández la "estrategia", Rodríguez Derivet representa la retórica del consuelo: el intento de persuadir a los cubanos de que la incapacidad del poder siempre tiene una explicación, aunque nunca una solución.

Y en eso, más que nadie, cumple su tarea con disciplina. No es la voz dulce del régimen, sino su aguerrido paño de lágrimas: esa vocera que corrige, defiende y limpia la escena cuando la imagen del gobernante designado se mancha.

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