Una herida abierta



Para millones de cubanos, este 31 de diciembre no es sólo una celebración, es también una herida abierta. Una herida que atraviesa a familias completas. Madres, padres, hermanos, hijos, abuelos y nietos viven esta noche separados, unidos únicamente por un teléfono que a veces no suena, o suena tarde, cuando la emoción ya se ha mezclado con el cansancio.

Una escena que se repite cada año, casi como un ritual © Facebook/Lázaro E. Libre
Una escena que se repite cada año, casi como un ritual Foto © Facebook/Lázaro E. Libre

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Hoy, 31 de diciembre, en muchos lugares del mundo es un día de abrazos, de balances y de expectativas. Se mira el reloj, se cuentan los segundos y se desea que el próximo año sea mejor. Es una escena que se repite cada año, casi como un ritual.

Pero para millones de cubanos, este 31 de diciembre no es sólo una celebración, es también una herida abierta. Una herida que atraviesa a familias completas. Madres, padres, hermanos, hijos, abuelos y nietos viven esta noche separados, unidos únicamente por un teléfono que a veces no suena, o suena tarde, cuando la emoción ya se ha mezclado con el cansancio.

Hay mesas servidas, sí, pero incompletas. Y muchas de esas mesas existen precisamente gracias a la ausencia. Gracias al hijo que se fue, a la madre que emigró, al padre que trabaja lejos, al hermano que sostiene desde fuera a los suyos. Se brinda por ellos mientras su silla queda vacía, sabiendo que ese sacrificio tiene un precio alto, que se paga con nostalgia, con lágrimas, con distancia y con noches como esta.

Es una noche en la que se mira más el teléfono que el reloj. Las líneas colapsan, la señal falla y el momento más importante del año se convierte en espera. El abrazo se cambia por una voz entrecortada, por una imagen congelada, por un “mañana hablamos” que duele más de lo que parece. Y aun así, se agradece, porque incluso eso es mejor que no saber nada.

Esta es la realidad cubana. Una realidad donde la ausencia sostiene hogares, donde el amor viaja en remesas, en paquetes y en minutos contados, y donde la distancia no es una excepción, sino la norma. Cada familia carga su propia historia, pero todas comparten el mismo desgarro.

Hay madres que sonríen para no preocupar, padres que callan para no quebrarse, hijos que aprenden a ser fuertes demasiado pronto, abuelos que esperan en silencio y nietos que crecen sin entender por qué faltan abrazos en las fechas importantes. Es un dolor que se reparte entre generaciones.


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Y aun así, incluso desde ese desgarro, el cubano no se rinde. Se brinda aunque duela, se celebra aunque falte alguien y se sigue soñando, no porque la realidad lo facilite, sino porque rendirse nunca ha sido parte de nuestra historia.

Ojalá el 2026 no sea solo un cambio de número. Ojalá sea el año en que muchas de estas ausencias dejen de ser necesarias, el año en que las mesas vuelvan a llenarse de personas y no de silencios. Hasta que ese día llegue, el cubano seguirá resistiendo, herido pero de pie, aferrado a una esperanza terca que, por más que la intenten apagar, sigue viva.

Que el 2026 nos devuelva los abrazos que faltan, la dignidad que merecemos y la esperanza que nunca lograron quitarnos.

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Lázaro Leyva

Médico cubano, especialista en Medicina Interna. Reside en España y escribe con mirada crítica sobre la crisis sanitaria y social de Cuba.


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