La retórica de la guapería del régimen cubano



La retórica del régimen cubano utiliza la propaganda para ocultar su debilidad. En conflictos como Granada y Venezuela, la épica vacía se enfrenta a la realidad, dejando a cubanos pagando el precio.

Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel © Collage CiberCuba
Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel Foto © Collage CiberCuba

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Hay un patrón que se repite cada vez que el régimen cubano se enfrenta a la realidad: sube el volumen. “Victoria o muerte”, “resistir hasta el final”, “no habrá rendición”, “honor”, “patria”. Las palabras se multiplican justo cuando el poder real desaparece. La guapería crece en proporción inversa a la capacidad.

No es nuevo. No es casual. Y no es valentía: es propaganda.

Granada en 1983 y Venezuela en 2026 son dos espejos incómodos donde esa épica hueca se rompe en pedazos. En ambos casos, el discurso fue grandilocuente. En ambos, la realidad fue rápida, desigual y humillante. Y en ambos, quienes pagaron el precio no fueron los dirigentes que gritaban desde lejos, sino cubanos enviados a morir o a ser capturados.

En octubre de 1983, cuando Estados Unidos lanzó la operación contra Granada, Fidel Castro ordenó “resistir hasta el último hombre”. No rendirse. No retroceder. Morir si era necesario. La épica perfecta… dictada desde La Habana, a cientos de kilómetros del terreno.

La realidad fue otra. La superioridad aérea y naval estadounidense aplastó cualquier posibilidad de resistencia prolongada. Murieron varios cubanos. Más de seiscientos fueron capturados. No hubo contraataque. No hubo victoria. No hubo épica.

Lo que sí hubo fue propaganda. De ese fracaso nació la leyenda del “último reducto de cubanos inmolado abrazado a la bandera”. Una imagen falsa, inflada, útil para ocultar una derrota y convertirla en sacrificio heroico.Yo vi en directo la declaración por la televisión cubana. No recuerdo qué monigote hizo aquella solemne comparecencia, pero todos nos quedamos asombrados, entristecidos, anonadados.


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La realidad, la cruda realidad, desmintió el mito en cuestión de días. Poco después de difundirse la historia del “reducto inmolado”, comenzaron a llegar a Cuba los “combatientes” repatriados desde Granada. Llegaban vivos, enteros y, en muchos casos, con equipajes llamativamente abultados. Hubo quienes regresaron cargados de ropa, objetos personales y hasta electrodomésticos; uno de los casos que más recuerdo fue el de un soldado bajando con un ventilador por la escalerilla del avión. No parecían los restos de una inmolación colectiva, sino los supervivientes de una retirada apresurada.

La épica oficial chocó entonces con el humor popular, que suele ser más honesto que la propaganda. En la calle empezaron a circular bromas que el poder nunca pudo controlar. Una de las más repetidas fue: “Si quieres correr veloz, usa tenis Tortoló”, en referencia a la huida de militares cubanos hacia la embajada de la URSS y al descrédito del mando encabezado por Pedro Benigno Tortoló Comas. Cuando el pueblo se ríe de la épica, es porque la épica ya está muerta.

Granada fue, además, la única vez que el régimen cubano se enfrentó de manera directa a fuerzas estadounidenses. Y el resultado dejó claro el límite real de su poder: ninguno.

Décadas después, el guion se repitió con otros actores. Nicolás Maduro, formado y aparentemente protegido por el aparato cubano y los misiles rusos, adoptó el mismo tono: “Venga por mí. Aquí lo espero en Miraflores. No se tarde en llegar, cobarde”.

El desenlace fue aún más rápido que en Granada. En la madrugada del 3 de enero de 2026, una operación quirúrgica estadounidense lo capturó y lo sacó de Caracas. No hubo resistencia real. No hubo guerra. Hubo helicópteros, fuerzas especiales y un presidente esposado rumbo a Nueva York.

Murieron escoltas, entre ellos 32 cubanos integrados al sistema de seguridad del régimen venezolano: otra vez cubanos pagando el precio. Se dijo que esos cubanos “cuidaban” a Maduro: ¿lo cuidaban solamente o lo controlaban?, ¿eran sus escoltas o eran, más bien, sus carceleros?

Tras la caída de Maduro, el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias inundó las redes con consignas de guerra: que no habrá alto el fuego, que no existe la rendición, que la guerra solo termina con “victoria o muerte”.

Es el mismo lenguaje de 1983. Pero hoy suena más vacío que nunca.

Cuba no pudo evitar la caída de su principal aliado. No pudo intervenir. No pudo responder. No pudo proteger a Maduro. Lo único que pudo hacer fue gritar desde La Habana.

Mientras menos capacidad tiene, más grita. Esa es la lógica del régimen.

Durante décadas, el régimen cubano ha vendido la idea de una gran influencia regional. La realidad es menos heroica: su peso no ha venido de poder militar propio, sino de exportar aparatos de control, inteligencia, represión y mano de obra sometida.

Angola, Granada, Venezuela: el patrón es el mismo. Cubanos enviados como ficha geopolítica. Vidas sacrificadas para sostener relatos épicos que se derrumban cuando alguien decide comprobar si detrás de las palabras hay fuerza real.

La influencia cubana ha dependido del abuso, no de la fortaleza. Del parasitismo, no del poder. De la propaganda, no de la capacidad.

La conclusión es incómoda pero evidente: la guapería del régimen cubano no es señal de fuerza, sino de debilidad. Es el grito de quien sabe que no puede hacer nada, pero necesita aparentar lo contrario.

Granada lo demostró. Venezuela lo confirmó. Cada vez que la realidad se impone, la épica se desvanece, quedan muertos cubanos y el régimen vuelve a esconder su impotencia detrás de consignas.

Les queda la palabra.

El tuit.

El eslogan.

Pero el poder real hace mucho que no está ahí.

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Luis Flores

CEO y cofundador de CiberCuba.com. Cuando tengo tiempo escribo artículos de opinión sobre la realidad cubana vista desde la perspectiva de un emigrante.


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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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