
Vídeos relacionados:
Las dictaduras viven de una ilusión peligrosa: confundir duración con impunidad. Creen que el tiempo las protege, que el uniforme las blinda y que el miedo sustituye a la legitimidad. Pero la historia insiste en lo contrario: la impunidad es frágil y el poder militar, cuando llega la hora, no siempre existe.
Para otras dictaduras que aún se creen eternas, la lección es simple y urgente: escuchar a tiempo, retirarse o negociar cuando todavía hay margen
Manuel Noriega gobernó convencido de que controlaba el tablero. Tenía fuerzas armadas, servicios de inteligencia y un aparato represivo eficaz. Parecía intocable. Y, sin embargo, cuando el equilibrio cambió, todo ese poder se evaporó. El ejército no lo salvó. La "soberanía" no lo protegió. Terminó fuera del país y ante un tribunal extranjero.
Nicolás Maduro recorrió un camino similar. Durante años se presentó como inexpugnable, respaldado por generales, desfiles y consignas. Pero el poder militar en las dictaduras suele ser vertical y dependiente, eficaz para reprimir civiles, no para sostenerse frente a decisiones externas firmes. Cuando llega el golpe decisivo, la cadena de mando se rompe y el líder descubre que mandaba menos de lo que creía.
La “gran potencia militar” venezolana no disparó ni un solo misil ni despegó un solo avión. No porque no existieran en los inventarios, sino porque el poder real no estaba allí cuando hizo falta. El músculo exhibido durante años resultó ser escenografía: útil para desfiles y represión interna, inútil ante una decisión externa firme.
El refrán no es una frase hecha; es una advertencia. El que no oye consejo no llega a viejo… ni termina bien. Para otras dictaduras que aún se creen eternas, la lección es simple y urgente: escuchar a tiempo, retirarse o negociar cuando todavía hay margen. Porque siempre existe un momento en que la salida digna es posible. Y pasado ese umbral, las decisiones ya no se toman en casa.
Lo más leído hoy:
La historia muestra dos caminos. Uno conduce a una transición pactada, imperfecta pero propia. El otro termina lejos, esposado y ante un juez en Estados Unidos.
Elegir no es un gesto de debilidad. Es el último acto de poder real.
Archivado en:
Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.