El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desató este martes una nueva ola de polémica al referirse nuevamente al derrocado gobernantevenezolano Nicolás Maduro, calificándolo de “violento” y acusando a su régimen de contar con una “cámara de tortura en medio de Caracas”.
Durante un discurso ante legisladores republicanos en el Trump-Kennedy Center en Washington, el líder de los republicanos afirmó que Maduro “es un tipo violento que ha matado a millones de personas”.
“Tienen una cámara de tortura en el centro de Caracas que están cerrando”, añadió el mandatario, en lo que fue uno de los pasajes más difundidos en redes sociales este martes.
El fragmento ha circulado ampliamente en redes sociales, donde usuarios han destacado sus palabras como síntesis de una retórica cada vez más dura y emocional por parte de la Casa Blanca.
Ante los legisladores de su partido, Trump defendió la operación militar estadounidense que llevó a la captura y traslado de Maduro a Nueva York para enfrentar cargos federales.
En su discurso también se refirió en tono burlesco a aspectos como la personalidad del exmandatario, incluso mencionando que trataba de “imitar sus pasos de baile”.
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Analistas políticos señalan que episodios como este no son aislados en la retórica de Trump, cuyo estilo ha mostrado en los últimos años un incremento considerable en el uso de lenguaje violento e inflamatorio en sus discursos, incluso cuando los hechos no siempre reflejan los términos expresados.
El Helicoide: Del sueño arquitectónico a símbolo del terror
Cuando Trump habló de una “cámara de tortura en medio de Caracas”, muchos interpretaron sus palabras como una referencia indirecta a El Helicoide, un edificio icónico convertido en el emblema más temido del aparato represivo venezolano.
Diseñado en los años 50 como un innovador centro comercial con forma espiral, El Helicoide fue abandonado durante la crisis económica de los 60 y décadas más tarde ocupado por fuerzas de seguridad del Estado.
Desde los años de Hugo Chávez y especialmente bajo Maduro, el edificio se transformó en sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y en centro de detención de presos políticos, activistas y periodistas.
Informes de Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos han documentado repetidamente casos de tortura, golpizas, descargas eléctricas, amenazas sexuales, privación de sueño y aislamiento prolongado dentro del complejo.
En su informe de 2020, la ONU calificó estos abusos como “crímenes de lesa humanidad”, atribuyendo responsabilidad directa a altos mandos del SEBIN y al propio Estado venezolano.
Ex prisioneros han descrito el lugar como “una pesadilla dentro de un espiral de concreto”, donde los detenidos pasan meses o años sin acceso a luz natural ni atención médica. Las condiciones son insalubres, con celdas superpobladas, filtraciones, insectos y temperaturas extremas.
Paradójicamente, el edificio —visible desde varios puntos de Caracas— opera a plena vista del poder, a escasos kilómetros del Palacio de Miraflores. Su presencia resume la transformación de Venezuela: de un país que soñó con modernidad y progreso, a un Estado policial donde el miedo y la represión se institucionalizaron.
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