El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel volvió este domingo al guion clásico del castrismo en su respuesta a las recientes advertencias del presidente estadounidense Donald Trump y a las declaraciones de varios funcionarios en Washington que han acusado a La Habana de sostener redes de seguridad y espionaje en Venezuela.
En una serie de mensajes publicados en su cuenta de X (antes Twitter), Díaz-Canel acusó a Estados Unidos de “no tener moral para señalar a Cuba en nada” y aseguró que quienes critican al régimen “lo hacen enfermos de rabia por la decisión soberana de este pueblo de elegir su modelo político”.
“#Cuba es una nación libre, independiente y soberana. Nadie nos dicta qué hacer. Cuba no agrede, es agredida por EE.UU. hace 66 años, y no amenaza, se prepara, dispuesta a defender la Patria hasta la última gota de sangre”, escribió el gobernante designado en un tono abiertamente desafiante.
Las declaraciones se producen luego del mensaje de Trump en Truth Social, en el que afirmó que Cuba “vivió durante años del petróleo y el dinero de Venezuela” y advirtió a La Habana que “haga un trato antes de que sea demasiado tarde”.
También responden a los recientes comentarios del congresista republicano Carlos Giménez, quien advirtió que el “dictador títere de Cuba es el próximo”, y al endurecimiento del discurso de Washington, que responsabiliza al régimen cubano de haber participado directamente en la estructura represiva venezolana.
Ante ese escenario, la cúpula del poder en La Habana ha cerrado filas en torno a un relato que pretende trasladar la culpa de la crisis a Estados Unidos y convertir la amenaza en combustible ideológico.
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Díaz-Canel recurrió, como su mentor político Raúl Castro y el propio Fidel, al viejo lenguaje de la “agresión imperialista”, de la “dignidad sitiada” y de la “patria heroica”. Pero el contexto actual es muy distinto al de las décadas del enfrentamiento bipolar: ya no hay un bloque socialista que lo respalde, ni subsidios de Moscú, ni petróleo de Caracas.
Aunque intentó proyectar autoridad, el discurso de Díaz-Canel reveló la fragilidad de un régimen que se defiende más con consignas que con argumentos.
Hablar de un “pueblo soberano que eligió su modelo político” constituye una falsedad histórica: el sistema que hoy gobierna Cuba no fue elegido libremente, sino impuesto por la fuerza tras la consolidación del poder de Fidel Castro y la eliminación violenta de toda disidencia interna.
En lugar de elecciones plurales, el castrismo construyó un modelo de partido único en el que la ciudadanía no decide, sino acata. En lugar de debate, instauró una liturgia ideológica que confunde Estado, partido y nación, apropiándose del derecho a hablar “en nombre del pueblo”.
Díaz-Canel continúa esa tradición, repitiendo el dogma de que Cuba es “libre e independiente”, mientras en la práctica el país se hunde en la pobreza, la represión y el aislamiento.
Su insistencia en culpar al embargo estadounidense por todas las carencias internas —“deberían callar por vergüenza”, dijo— omite deliberadamente el efecto devastador de la corrupción, la incompetencia y el control absoluto del aparato económico por parte del Estado.
La “asfixia” que denuncia no proviene solo de Washington, sino del propio sistema que sofoca toda iniciativa y criminaliza la prosperidad individual.
En definitiva, los tuits de Díaz-Canel suenan más a un ejercicio de supervivencia política que a una respuesta estratégica. Intentan mantener viva la narrativa heroica del sacrificio, en un momento en que el país atraviesa uno de los períodos más críticos de su historia reciente.
Mientras Trump endurece el tono y Washington amplía la presión, el régimen cubano opta por atrincherarse en la retórica del pasado. Pero las frases de “Patria o Muerte” y “Hasta la última gota de sangre” ya no inspiran temor ni admiración, sino agotamiento.
La dictadura sigue hablando de un “pueblo soberano” como si su argumentario político apolillado explicara la realidad actual… cuando cada día más cubanos demuestran –con el éxodo, el activismo, la oposición y las protestas- que la nación reclama un nuevo pacto social, un cambio de régimen y la construcción de un Estado democrático de Derecho.
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