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El Partido de los Trabajadores (PT) volvió a ondear la bandera de la solidaridad con Cuba, pero el Palacio de Planalto parece mirar hacia otro lado. La distancia entre el Lula militante y el Lula presidente nunca había sido tan evidente como ahora.
Durante el acto por los 46 años del PT, en Bahía, Luiz Inácio Lula da Silva denunció la “masacre alimentada por la especulación estadounidense” contra Cuba y pidió “encontrar la manera de ayudar” a la isla.
Fue un discurso encendido, casi nostálgico, que reeditó el lenguaje del internacionalismo de los años ochenta y rescató conceptos como “bloqueo criminal”, “revolución” y “soberanía de los pueblos”, según reporte de Globovisión.
Sin embargo, desde la cancillería brasileña no ha salido ni una línea oficial. Ni una nota diplomática, ni un mensaje al MINREX, ni una declaración pública de apoyo. En los pasillos de Itamaraty, el tema se maneja con cautela: Brasil no está dispuesto a exponerse a las sanciones previstas en la nueva orden ejecutiva de Donald Trump, que castiga a los países que abastezcan de combustible al régimen cubano.
El contraste es evidente. Mientras el PT insiste en la defensa de “la Revolución Cubana y sus ideales de justicia social”, el gobierno brasileño intenta mantener una relación pragmática con Washington y conservar sus acuerdos comerciales en medio de la llamada doctrina Donroe, el nuevo marco de seguridad hemisférica impulsado por el secretario de Estado Marco Rubio.
En La Habana, la prensa oficial celebra las palabras de Lula como un gesto de respaldo, aunque en Brasil el entusiasmo se limita a los sectores más ideologizados del PT, nostálgicos de los tiempos de abrazos y complicidad entre el dictador Fidel Castro y el exlíder sindical.
Aunque el ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) agita desesperado cada proclama insignificante de apoyo internacional, la política exterior real de Brasil sigue marcada por la prudencia, la economía y el cálculo.
Lula, entre dos aguas, encarna así su propio dilema: un líder que fundó un partido al calor de la solidaridad con Cuba, pero que hoy, desde el poder, no puede permitirse navegar contra la corriente del nuevo orden regional.
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