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Un ciudadano identificado como Daymel fue detenido en el punto de control de Bacunayagua, sobre la Vía Blanca -que conecta La Habana con Matanzas- al ser interceptado transportando 275 litros de gasolina de procedencia ilegal en un Hyundai blanco.
El caso fue difundido por el perfil oficialista de Facebook "Todos la Victoria", que lo presentó como un éxito policial y detalló que el vehículo "parecía más una estación móvil que un simple carro".
“El vehículo parecía más una estación móvil que un simple carro”, señaló la fuente oficial; que añadió que el conductor “seguramente se pregunta cómo creyó que semejante ‘tanque rodante’ iba a cruzar sin levantar sospechas”.
Según la misma fuente, "Daymel terminó con su viaje interrumpido por los efectivos policiales antes de llegar a destino y por supuesto afrontará las medidas correspondientes en la Ley".
El operativo terminó con la detención inmediata del ciudadano, quien quedó a disposición de las autoridades y deberá enfrentar cargos conforme a la legislación vigente. Desde el discurso oficial se reiteró la consigna de “tolerancia cero” frente a este tipo de delitos.
El punto de control de Bacunayagua, ubicado junto al puente más alto de Cuba, es uno de los más estratégicos del país.
Opera bajo la Ley 109 (Código de Seguridad Vial), que autoriza inspecciones vehiculares, y cuenta con cámaras de vigilancia permanentes gestionadas por la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) e inspectores del transporte.
Su posición sobre la Vía Blanca lo convierte en paso obligado para el tráfico entre La Habana y Matanzas, lo que lo hace especialmente relevante para los operativos contra el trasiego ilegal de mercancías y combustible.
La punta del iceberg
Sin embargo, más allá del relato institucional, el caso ha generado una avalancha de reacciones en redes sociales que apuntan a un problema mucho más profundo que la simple detención de un individuo.
Para muchos ciudadanos, la pregunta clave no es quién transportaba el combustible, sino de dónde salió en un país donde la gasolina escasea de forma crónica.
“La pregunta es: ¿dónde obtuvo ese producto deficitario hoy en día?”, cuestionó un internauta.
Otros fueron más allá y señalaron directamente la existencia de redes más amplias: “Eso es una cadena y ese es el eslabón más débil, sigan buscando y verán a dónde conduce”.
En esa misma línea, varios comentarios coincidieron en que el detenido podría ser solo la pieza más vulnerable de una estructura mayor: “Ese que lo porta es el infeliz y va a pagar toda la responsabilidad”, escribió otro usuario.
Crisis, mercado negro y precios desorbitados
El contexto en el que ocurre este incidente resulta clave. Cuba atraviesa una de las peores crisis de combustible de los últimos años, con una combinación de escasez, restricciones en la venta estatal y dependencia casi total del mercado informal para la mayoría de la población.
Actualmente, el acceso oficial al combustible está limitado por sistemas como Ticket, con largas listas de espera y ventas en dólares, lo que ha disparado los precios en la calle.
En ese mercado negro, el litro puede alcanzar entre 4,000 y 6,000 pesos, e incluso más.
En ese escenario, la reventa y el tráfico ilegal no solo proliferan, sino que se convierten en una alternativa casi inevitable para quienes dependen del combustible para trabajar o moverse.
“Ese trasiego de combustible no va a parar por la necesidad que hay en estos momentos duros de la vida cotidiana”, opinó otro comentarista.
Señalamientos de corrupción y fallas estructurales
Las reacciones también dejaron al descubierto un fuerte malestar ciudadano con el sistema de distribución estatal, frecuentemente acusado de opacidad, favoritismo y corrupción.
“Hay gasolina en todos los municipios en la calle en venta… los pozos los tienen arriba las grandes personalidades de este sistema”, afirmó un usuario.
Otro comentario apuntó directamente a presuntas irregularidades en las gasolineras: “Es una mafia en la cara de todos… los trabajadores de Cupet pueden robar tranquilos mientras el pueblo espera algo que nunca llega”.
Incluso hubo quienes cuestionaron la coherencia del discurso oficial frente a la realidad cotidiana: “El Estado no tiene combustible y el particular tirándola por pipas… ¿hasta cuándo es eso?”.
Aunque las autoridades insisten en reforzar los controles y aplicar sanciones ejemplarizantes, el debate público evidencia una percepción creciente de que estas medidas atacan las consecuencias, pero no las causas.
Otro comentario sintetizó el sentir general: “Si la gasolina estuviera accesible para todos a un precio que el pueblo pudiera pagar, no pasaría esto”.
En medio de la escasez, las colas interminables, los sistemas de asignación poco transparentes y la dolarización parcial del acceso al combustible, el mercado negro no solo persiste, sino que se fortalece.
El caso de Bacunayagua, lejos de ser un hecho aislado, parece confirmar una realidad cada vez más evidente en la Isla: cuando un recurso básico desaparece del circuito oficial, inevitablemente reaparece -más caro y sin control- en la economía informal.
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