El reportaje publicado por Presidencia bajo el título “Loyda y su mayor regalo: formar un ser humano de bien” no es periodismo: es propaganda sentimental al servicio del poder.
Y probablemente una de las más reveladoras expresiones de desconexión entre el discurso oficial y la realidad de las madres cubanas en 2026, salida de las "musas" encargadas de inspirar los cantos de cisne de la "continuidad" de Miguel Díaz-Canel.
La pieza intenta presentar como símbolo de la maternidad cubana a una asesora jurídica de las FAR y ex fiscal militar, retratada como mujer sensible, noble y “más justa” gracias a haber tenido un hijo.
El mensaje implícito resulta tan evidente como perturbador: el aparato militar y judicial del régimen también está compuesto por personas tiernas, amorosas y moralmente virtuosas. La maternidad, según la visión alambicada de la periodista Alina Perera Robbio, funciona como mecanismo de blanqueamiento emocional de estructuras asociadas durante décadas al control político, la represión y el miedo.
Lo más llamativo del texto es precisamente la idea reiterada de que la maternidad convirtió a la fiscal en una persona “más humana” y “más justa”. Como si la ética profesional de quien ejerce funciones judiciales dependiera de haber dado a luz.
La insinuación es involuntariamente demoledora: antes de ser madre, ¿era menos justa? ¿menos sensible ante el sufrimiento ajeno? En cualquier Estado serio, la imparcialidad y humanidad de una fiscal deberían derivar de la ley, la preparación profesional y el respeto a los derechos ciudadanos, no de un despertar emocional asociado a la maternidad.
Pero el problema no es solo conceptual. También es profundamente político.
Mientras los chupatintas de Presidencia dedican páginas enteras a describir “unas manitas tan pequeñas”, “nudos en la garganta” y “la ternura que impregna la profesión”, millones de madres cubanas viven una experiencia radicalmente distinta: apagones, escasez, salarios pulverizados, hijos emigrados, familias fracturadas y miedo cotidiano.
¿Dónde están en la prensa oficial las madres de los presos políticos? ¿Dónde las madres que hacen colas interminables para conseguir un poco de pollo o leche? ¿Dónde las mujeres que han visto marcharse a sus hijos por Nicaragua, México o el Darién? ¿Dónde las madres de jóvenes encarcelados tras las protestas del 11J? ¿Dónde las que envejecen solas porque sus hijos tuvieron que emigrar para sobrevivir?
Esa es la gran ausencia del reportaje: la Cuba real.
No aparece la madre de Saylí Navarro, marcada por años de persecución política. No aparecen las madres de los presos políticos golpeados en cárceles cubanas. No aparecen las mujeres que despiden hijos en aeropuertos sin saber cuándo volverán a abrazarlos. Tampoco las madres cubanas que murieron esperando remesas, medicinas o reunificaciones familiares imposibles.
En contraste, la prensa oficial escoge como emblema materno a una funcionaria vinculada al aparato militar del Estado de piel blanca, ojos verdes, sonrisa perfecta y estrella de Mayor de las Fuerzas Aradas Revolucionarias en sus hombros.
No es casualidad. El régimen no está intentando homenajear a las madres cubanas; está intentando legitimar sus instituciones mediante una narrativa emocional cuidadosamente fabricada.
Incluso los detalles aparentemente inocentes revelan la operación ideológica. El niño corrigiendo el acento de “Frías” porque su escuela lleva el nombre de Hugo Chávez no aporta nada a la historia familiar, pero sí funciona como símbolo de reproducción política desde la infancia. El mensaje es claro: el niño ejemplar, educado y noble también internaliza naturalmente los referentes ideológicos de la revolución.
El lenguaje empleado termina de confirmar la naturaleza propagandística de la pieza. No hay distancia periodística ni observación crítica. Todo está escrito en tono melodramático, casi litúrgico, con frases empalagosas y artificiosas que buscan provocar adhesión emocional más que informar.
Mientras tanto, la maternidad cubana auténtica sigue marcada por la separación, el sacrificio y la incertidumbre. Esa fue precisamente la imagen que mostraron numerosos testimonios y reportajes independientes este Día de las Madres: madres llorando por hijos emigrados, reencuentros tras años de distancia, mujeres sobreviviendo entre carencias y nostalgia.
Ahí está el verdadero contraste.
La prensa oficial intenta construir una postal de armonía institucional y ternura revolucionaria. Pero la realidad de Cuba desmiente cada línea de ese relato.
Porque hoy, para demasiadas madres cubanas, el mayor regalo no es “formar un ser humano de bien”, sino simplemente poder verlo crecer sin hambre, sin miedo y sin tener que abandonar su país.
Archivado en:
