«Si Trump manda al Ejército, todo el mundo sale pa' la calle»: El hartazgo que crece en una Cuba sin futuro

Protestas del 11J en Cuba © Facebook / Marco Évora
Protestas del 11J en Cuba Foto © Facebook / Marco Évora

«Si Trump manda al Ejército, todo el mundo sale pa' la calle». La frase se la dijo un cubano de 33 años al periodista británico James Bloodworth durante un recorrido por La Habana.

Lo hizo medio en broma y enseguida matizó que Trump estaba «loco». Pero Bloodworth entendió que lo importante no era tomar aquellas palabras como una petición literal de intervención militar, sino preguntarse qué nivel de desesperación lleva a alguien que vive dentro de Cuba a contemplar en voz alta un escenario semejante.

«El nivel de frustración es tal que algunos están dispuestos a considerar casi cualquier cosa que traiga la posibilidad de un cambio», escribió.

Han pasado poco más de tres meses desde que Bloodworth publicó In Cuba, Socialism Has Morphed Into A Racket («En Cuba, el socialismo se ha convertido en un negocio»), una crónica de su paso por la isla que hoy resulta incluso más reveladora que en mayo. No tanto porque descubra la pobreza, los apagones o la escasez —realidades que los cubanos conocen demasiado bien—, sino porque describe algo más difícil de medir: el agotamiento de la espera.

Ese sentimiento se reconoce cada vez más en el lenguaje de la calle y también en las reacciones de los cubanos a las noticias sobre la crisis: «¿Hasta cuándo?», «que sea ya», «que se vayan», «no hablen tanto y hagan algo». Expresiones diferentes que terminan apuntando hacia una misma pérdida de paciencia.

En junio, después de más de 36 horas sin electricidad en un barrio entre La Lisa y Marianao, una mujer lo dijo ante una cámara sin recurrir a abstracciones políticas: «Estamos cansados ya de tanta hambre, tanta miseria y tanta oscuridad». Preguntó hasta cuándo seguirían viviendo así y acabó exigiendo que quienes gobiernan se marcharan.

En julio fueron mujeres bloqueando la Calzada de Diez de Octubre después de prolongados apagones, alimentos echándose a perder y niños que no podían dormir dentro de sus casas por el calor. En Guanabacoa hubo un cacerolazo después de cinco días sin electricidad.

Y agosto no ha traído el alivio tantas veces anunciado.

A comienzos de mes llegaron a coincidir diez unidades termoeléctricas fuera de servicio y el déficit eléctrico alcanzó niveles extraordinarios, con jornadas en las que numerosos cubanos soportaron cortes de más de 20 horas. En Camagüey, mientras algunas comunidades denunciaban apagones interminables, las autoridades provinciales celebraban una cantata por el centenario del dictador Fidel Castro.

Ese contraste habría encajado perfectamente en la Cuba descrita por Bloodworth.

En La Habana, el periodista se encontró una panadería estatal casi vacía y una cola de personas esperando un pan que quizá no llegaría. Al otro lado de la calle, un SUV negro permanecía frente a un hotel destinado principalmente a extranjeros, con whisky importado y aire acondicionado.

Caminando por la ciudad conoció a Antonio Rodríguez, un profesor universitario de Historia de 60 años que tenía que trabajar también como guía turístico. Ganaba unos 9.000 pesos mensuales en su empleo estatal y le confesó que, aun trabajando en dos cosas, comía una sola vez al día.

No son solamente estampas de pobreza. Para Bloodworth, revelan una contradicción mucho más profunda.

Cuba continúa presentándose oficialmente como una sociedad socialista asediada, pero el periodista sostiene que el socialismo, en cualquier sentido reconocible de la palabra, «ya ha caído en La Habana».

Lo que observa en su lugar es un sistema posideológico dirigido por una élite burocrático-militar que sigue hablando el lenguaje de la llamada «revolución» mucho después de que aquella promesa haya perdido su contenido.

La bandera roja, viene a decir Bloodworth, continúa ondeando. El poder y el dinero, sin embargo, circulan por otros caminos.

En el centro de esa contradicción aparece GAESA, el conglomerado empresarial vinculado a las Fuerzas Armadas que controla amplias parcelas del turismo, el comercio minorista, los negocios inmobiliarios y las operaciones en divisas.

Mientras millones de cubanos viven pendientes de cuándo llegará la corriente o de cuánto subió una libra de arroz, esa estructura militar maneja hoteles, tiendas, empresas y recursos en moneda fuerte.

Bloodworth cita análisis basados en información financiera filtrada según los cuales GAESA opera con una extraordinaria opacidad y acumula recursos que no terminan financiando las infraestructuras y los servicios públicos que se desmoronan alrededor de los cubanos.

Ahí está una de las imágenes más incómodas de su artículo: no la de un país donde todos son igualmente pobres por el fracaso de una vieja utopía socialista, sino la de una sociedad partida en dos.

De un lado están quienes poseen dólares, acceden a determinados comercios o se mueven alrededor de los sectores privilegiados de la economía. Del otro, quienes cobran en pesos y hacen cuentas todos los días para comer.

La distancia entre ambos mundos no ha dejado de crecer.

La inflación interanual oficial llegó en julio al 20,70 %. Los alimentos y las bebidas no alcohólicas volvieron a ser el principal motor de la subida de precios. Una cubana mostró esta semana algunos de los precios que encontraba entre los más baratos: arroz a 330 pesos, azúcar a 550, leche en polvo a 1.700, un litro de aceite a 3.650 y un paquete de pollo a 6.800.

Son cifras que adquieren otra dimensión cuando se comparan con los salarios.

Otra cubana mostró a comienzos de agosto cómo 100 dólares, convertidos entonces en unos 65.000 pesos, desaparecían rápidamente al intentar abastecer el refrigerador. Gastó 36.000 pesos en una compra de productos básicos que ni siquiera, según explicó, resolvería la alimentación de todo el mes.

El propio dólar permite medir cuánto se ha deteriorado el escenario desde la visita de Bloodworth.

Cuando publicó su crónica el 13 de mayo, señaló que la divisa estadounidense había alcanzado los 545 CUP en el mercado informal y utilizó una información de CiberCuba como referencia. Esta semana el dólar se ha mantenido por encima de los 660 pesos, mientras el euro ronda los 750.

Pero reducir el problema a la inflación, al dólar o incluso a los apagones sería quedarse en la superficie de lo que Bloodworth intenta contar.

Su argumento es que detrás de esa precariedad sobrevive una estructura de poder con intereses concretos en conservar el sistema. Una élite que continúa invocando el socialismo y la «revolución» en discursos, consignas y actos políticos mientras controla buena parte de los sectores capaces de generar divisas y permanece protegida de las condiciones materiales que soporta la mayoría de los cubanos.

De ahí que el título escogido por Bloodworth sea deliberadamente provocador: para él, el socialismo cubano se ha transformado en un racket, término inglés que en este contexto alude a un negocio organizado para beneficio de quienes lo controlan.

Su descripción termina acercándose más a la de una estructura oligárquica que a la sociedad igualitaria que todavía reivindica la propaganda oficial: hoteles nuevos o semivacíos mientras faltan recursos en hospitales; comercios abastecidos para quien dispone de divisas mientras el salario estatal pierde valor; una poderosa corporación militar administrando negocios mientras el Estado afirma carecer de recursos para resolver necesidades elementales.

Y frente a todo eso, una población a la que se le continúa pidiendo resistencia.

Quizá por eso resulta tan significativa otra observación de Bloodworth. Durante sus conversaciones en La Habana, muchas personas comenzaban aclarándole que «no eran políticas». Después, cuando sentían que podían hablar con seguridad, conversaban largamente sobre el país. Empezaban en voz baja y terminaban diciendo mucho más de lo que inicialmente parecían dispuestas a contar.

Tres meses después, una parte de ese cansancio ya no necesita hablar sotto voce.

Aparece en una mujer que pregunta «hasta cuándo» después de 36 horas sin corriente; en vecinos que sacan cazuelas a la calle; en quienes responden con incredulidad a otro plan de recuperación de la Unión Eléctrica; y en los cientos de comentarios que acompañan cada nueva promesa oficial con variaciones de una misma exigencia: que ocurra algo de una vez.

No significa que todos los cubanos piensen igual, ni mucho menos que el comentario sobre una intervención estadounidense pueda extrapolarse a toda la sociedad. El propio Bloodworth encontró posiciones diferentes y personas que miraban esa posibilidad con recelo, a pesar de que, a principios de mayo, el 60.9% de los participantes de la #EncuestaCuba apoyó una intervención militar directa de Estados Unidos.

Lo significativo es otra cosa.

Cuando un hombre puede imaginar como deseable incluso un escenario que inmediatamente reconoce como extremo; cuando otros preguntan abiertamente cuánto tiempo más tienen que soportar hambre y oscuridad; cuando las promesas oficiales provocan más burla que esperanza, el problema para el poder deja de ser solamente económico.

Es también una crisis de credibilidad.

Bloodworth termina su artículo con una conclusión demoledora: la «revolución cubana», entendida como proyecto capaz de ofrecer a la sociedad una expectativa de futuro, habría terminado hace mucho. Lo que permanece, sostiene, es una élite militar que invoca aquella tradición mientras se aferra a sus privilegios.

Su vieja consigna fue «Socialismo o muerte». Bloodworth propone otra para describir la Cuba que encontró: «privilegio o hambre».

Y quizá sea precisamente ahí donde aquel testimonio recogido en mayo conecta mejor con el malestar que atraviesa hoy la isla. La pregunta ya no es únicamente cuánto tiempo puede resistir un cubano sin electricidad, cuánto puede encarecerse el arroz o hasta dónde puede subir el dólar.

Es cuánto tiempo puede sostenerse un sistema cuando cada vez más ciudadanos parecen haber dejado de esperar algo de él.

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