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La jefa de prensa del gobernante Miguel Díaz-Canel, Leticia Martínez Hernández, volvió a evidenciar su filiación ideológica al régimen cubano y su nostalgia por los tiempos del "campo socialista".
Tras el encuentro de Vladimir Putin y Donald Trump en Alaska el pasado viernes, la jefa de comunicación de Palacio compartió en redes sociales una imagen del canciller ruso Serguéi Lavrov vistiendo una camiseta con el acrónimo soviético "СССР" (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS).
La publicación, acompañada de un emoji de admiración, lejos de ser una anécdota sin importancia, puso de relieve una narrativa preocupante: la normalización de símbolos asociados al totalitarismo y la represión como si fueran insignias de orgullo.
La imagen de Lavrov con referencias explícitas a la extinta Unión Soviética no es un acto casual. Se produce en medio del reforzamiento de los lazos estratégicos entre Moscú y La Habana, que se han intensificado desde la invasión rusa a Ucrania, una de las antiguas repúblicas soviéticas hasta que se independizó el 24 de agosto de 1991.
"Rusia y Cuba están en el lado correcto de la historia", escribió a comienzos de mayo el canciller al abordar la cooperación entre Moscú y La Habana. "Me complace constatar que, a pesar de la lejanía geográfica, nuestros países están unidos por los estrechos lazos de fraternidad probada por la experiencia de muchos años de cooperación en el espíritu de asociación estratégica".
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El régimen cubano ha evitado condenar esa agresión en foros internacionales y, en más de una ocasión, ha respaldado explícitamente la posición del Kremlin, incluso culpando a Occidente por las tensiones. Para Martínez Hernández, el gesto del canciller de Putin es merecedor de aplauso, compartiendo el mismo entusiasmo imperialista y revanchista de los nostálgicos de Moscú.
Lavrov, que ha visitado La Habana en varias ocasiones desde el inicio de la guerra, ha agradecido al régimen cubano su negativa a sumarse a las sanciones contra Rusia. Pero más allá del plano diplomático, el fervor de la jefa de prensa de Díaz-Canel la llevó a poner un emoji con corazoncitos al gesto de diplomacia sobre pasarela de su admirado Serguéi.
El uso de simbología soviética en Alaska —territorio históricamente disputado por Moscú a Estados Unidos— apunta a un mensaje claro: Rusia no olvida sus ambiciones imperiales ni su relato de poder, al que ahora se adhieren sus aliados más firmes, como el régimen cubano, que ha propiciado el surgimiento de redes de tratas de personas que suministran mercenarios de la Isla a la invasión de Ucrania.
Martínez Hernández no es una simple vocera gubernamental. Como jefa de comunicación del gobernante cubano, ha asumido un rol de propaganda que va más allá del protocolo institucional.
Su historial de publicaciones incluye ataques a quienes protestan contra el gobierno —a los que ha tildado de "egoístas e insensibles"— y justificaciones a decisiones controvertidas del oficialismo, como salir en defensa de la ostentación del Festival del Habano en medio de la miseria generalizada.
Estas actitudes le han valido fuertes críticas públicas, incluso de antiguos miembros de la Seguridad del Estado cubana.
El uso de una camiseta con el logo soviético —celebrado por una figura clave de la comunicación presidencial— no puede interpretarse como un simple ejercicio de nostalgia. Representa, más bien, una reafirmación del modelo autoritario, centralizado y represivo que caracterizó durante décadas tanto a la URSS como al actual sistema político cubano. Un modelo que, lejos de ofrecer soluciones a los problemas vigentes, perpetúa la dependencia, el atraso y la represión de libertades.
Más aún, el respaldo simbólico a Rusia en este contexto equivale también a un posicionamiento geopolítico peligroso. En un momento en que Moscú libra una guerra de agresión ampliamente condenada por la comunidad internacional, Cuba se alinea, no solo políticamente, sino moralmente, con un régimen que viola soberanías, persigue opositores y restringe derechos fundamentales.
Celebrar los símbolos de un pasado opresor mientras se guarda silencio sobre las masacres en Ucrania dice mucho del compromiso real del gobierno cubano con la justicia, la paz y la autodeterminación.
La exaltación de la simbología soviética por parte de su aparato comunicacional no es solo un eco ideológico, sino una advertencia: el futuro que defienden es el de siempre. Uno donde la represión es norma, el disenso se castiga y la propaganda es la voz oficial.
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