Fernando Echavarría, actor cubano Foto © Periódico "5 de Septiembre"

Nacho Capitán no tiene quien lo entienda

Este artículo es de hace 1 año

Fernando Echevarría debería patentar cuanto antes su descubrimiento. Lo hace todo inventor, todo innovador. Quien descubre algo, le pone su sello de por vida. Y Fernando Echevarría recién ha descubierto ante las pantallas cubanas y ante el asombro o el asco de millones de cubanos repartidos como mejor pudieron por todo el mundo, que preciosismos tales como tostones, yuca con mojo, mojito, café fuerte y amargo, todavía existen en nuestra isla de siglo XXI. Y que le gustan a él, a Nacho Capitán.

Algo no anda bien: o los cubanos son mentirosos y quejicas, por millones, y andan de farsa en farsa por redes sociales y cámaras intrépidas, lamentando una hambruna que no existe, o el actor Fernando Echevarría acaba de burlarse de todos ellos de una manera grosera difícil de perdonar.

Destinar su técnica actoral, su probado histrionismo de academia, a mascullar de entrada un texto que habla de comidas y bebidas en una Cuba diazcanelizada hasta el hueso, es mentar la soga en casa del ahorcado.

Es lo que ha hecho, de entrada, el icónico Nacho Capitán.

Pero recalco “de entrada” porque sus videos enarbolando denuncias como rayos y centellas, sus clips de alrededor de un minuto contra la Ley Helms Burton, sobrepasan todos los límites de la decencia humana, artística y cívica, y mucho me temo que desde este lunes Nacho Capitán haya destrozado su reputación por siempre. Sin vuelta atrás.

Porque una cosa es posicionarse sobre un tema polémico y polisémico. Para muestra un botón: el tornado que despertó su colega Luis Alberto García cuando arremetió contra los “extremistas de ambas orillas” tras la eliminación de las visas de 5 años por la Administración Trump.

Cuando el fenómeno es susceptible a interpretaciones diversas y hasta rabiosamente encontradas, plantar bandera en alguno de los bandos, y hacerlo con el convencimiento resultante de un análisis fino e incisivo, es honorable. Es digno de un intelectual.

Pero mentir por mentir, manipular sin freno ni recato, y prestar el nombre y la carrera para tergiversar a todo un pueblo televidente la realidad que vive, eso solo lo hace un bribón. Jamás ese vocablo tan martiano cobró más sentido que por estos días.

El actor inmortalizado en la memoria afectiva de toda la nación por protagonizar la que es, quizás, la mejor telenovela cubana de todos los tiempos, ha decidido inmortalizar ahora también la serie “Helms Burton, ley garrote” cuyos episodios brevísimos reproduce por estos días la maquinaria socialista nacional.

En una entrega aparece solo, en otra junto al también actor Jorge Enrique Caballero. Y no ha hecho más que empezar. La saga invita al popcorn y al sofá con mantita tibia.

Lo descorazonador es que en la Cuba de este siglo, desangrada tras sesenta años de abusos, despropósitos y totalitarismos, todo ello marca de la casa, se aparezca un actor tan emblemático y les diga a sus compatriotas: “¿Saben qué? La culpa de esto que estamos viviendo la tienen los de ahí enfrente”. Y que luego se beba su tacita de café y se quede tan ancho.

¿Una ley porque son cubanos, dices querido Echevarría? Una dipirona y un termómetro a ese señor, por favor. ¿Qué te inocularon? ¿Virus, bacteria? ¿Llegaron a la lobotomización? ¿Cómo se consigue que un hombre normal, en sus cabales, para colmo de talento probado, sea capaz de recitar “¿Por qué te empeñas en democratizarme?” como si en ello no le fuera la vergüenza, la moral, el pulso de todo lo que vale la pena exhibir, sobre todo en público?

Los guiones escritos para Nacho Capitán en esta serie propagandística tienen un pequeño problema: intentaron ser ingeniosos. Terminaron siendo patéticos. Pero de un patetismo del que se te pega en la piel, como una lapa con babas. Quien escribió esto sabe en lo adelante una cosa: no existe manera artística, elevada, de ejercer la propaganda. Por definición la propaganda es tan enemiga de la creatividad como el comunismo de la libertad. Son entes filosóficos irreconciliables.

Por eso cuando los cubanos ven a este artista reconvertido por estos días en un mamarracho de frases tontas, risitas impostadas y patriotismo de matutino, sienten más náuseas que con el olor de los pescados por los que pagan un potosí para poner algo a la mesa. Aunque de esto no vaya el libreto del guajiro desafiante y atravesa´o que solía ser Nacho Capitán.

No se cansan de repetirles farsas a los cubanos. Es la única producción que no ha mermado el “bloqueo”, o la Helms-Burton, o el monstruo con entrañas o sin ellas. La fábrica de farsas, la ingeniería que enlata historias para contarles a los hambrientos y que siempre, siempre sin excepción, lanzan las culpas al otro lado del malecón.

La Ley Helms-Burton no se mete con la yuca con mojo o sin él. La Ley Helms-Burton no castiga a los cubanos, mucho menos por ser cubanos. La Ley Helms-Burton no busca quitarles a los habaneros las antiguas mansiones hoy convertidas en solares que dan cobija a treinta familias, entre escombros y quiebres y grietas. Paren de mentir, por el amor de Dios. No hay nada de malo en hacerlo. De verdad.

La ley contra la que Fernando Echevarría destina hoy sus recursos histriónicos intenta resarcir los daños infligidos a propietarios, empresarios, emprendedores advenedizos o comerciantes de éxito, cuando un buen día cierta pandilla de delincuentes decidió apoderarse del país. Y hacerlo a nombre del pueblo, ese eufemismo tan útil, tan comodín.

El título III de esa ley, recién implementado por primera vez y por cuya causa la maquinaria propagandística cubana reclutó a Fernando Echevarría, por ejemplo, no va hacia los cubanos. ¡Es que ni siquiera va contra el gobierno cubano de forma directa! Una copia impresa para el enérgico Capitán, por favor.

Es demasiado simple: las compañías extranjeras -tan capitalistas como cualquiera, no olvidar- que hayan lucrado con propiedades expropiadas por la Revolución de Fidel Castro, deberán enfrentar a esos antiguos propietarios ante la ley. ¿De qué defensa de familiares y amigos, de qué yuca con mojo o café agua’o hablas, Fernando por tu vida?

Lo peor de todo es que no hay equivocación acá. Hay maldad. Hay truco, trampa, malabar y mala vibra.

Que el aparato ideológico de La Habana sabe lo que hace, estamos claros: lloriquear por un hambre que no sufrirá. Quejarse, ay, por las carencias que sufrirá el indefenso y digno pueblo cubano, aunque no las sufras ninguno de sus bien parados hijos.

¿Pero y Fernando? ¿Sabe Fernando la magnitud de la manipulación atroz a la que está prestando su caracterización actoral? No le concedo el beneficio de la duda. Que nunca se baje con una disculpita retrospectiva. Ay, yo no sabía. Ay, yo no había leído. Ay, a mi me dijeron. En tiempos de Google estar desinformado es una elección. De las que pasan factura, además.

Porque Fernando Echavarría dice una y otra vez a un supuesto enemigo de humo, el fantoche que le inventaron los guionistas del antimperialismo, que “No, nos entendemos”. Pero él sí entiende, que no nos joda. Él vive en la misma Habana que huele a muerto de tornado, de avión en llamas o de derrumbe siempre anunciado y siempre ignorado; él recorre una Cuba que hoy se muere de hambre y desesperanza, y en su interior sabe demasiado bien, demasiado, que nada de eso lleva la firma de los congresistas Jesse James y Dan Burton.

Para ser bribón tampoco hay que encontrar demasiadas excusas. La UNEAC, el ICRT, el ICAIC, la UPEC, tienen membresías muy saludables. Y todos entienden. Todos saben. Todos siempre han sabido. Fernando Echevarría también. Aunque él no alcance a entender hoy la magnitud de la tragedia nacional que implica tenerlo a él, a Nacho Capitán, del lado de los victimarios, y no del de las víctimas.

Este artículo es de hace 1 año

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Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba

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