Local en La Habana con propaganda socialista, imagen de referencia Foto © CiberCuba

La cobardía política de muchos cubanos

Esta noticia es de hace 1 año

La dictadura de Cuba se jacta –entre otras jactancias suyas– de la gran cultura política del pueblo cubano; una lisonja barata y mentirosa de las tantas usadas por Fidel Castro para entretener al personal mientras él iba diseñando el futuro que pertenecería por entero al socialismo.

Muchos cubanos evitan hablar de política en público por miedo a las represalias del régimen, cuando se trata de criticar la falta de libertad y el empobrecimiento impuesto en los últimos 60 años; y cuando suelen aventurarse a opinar sobre un tema de política internacional, sus opiniones están lastradas por las ñoñerías de la Mesa Redonda y otros espacios pagados por el tardocastrismo.

La despolitización del Hombre Nuevo es otro gran triunfo de la dictadura verde oliva que ha conseguido incluso sembrar el miedo en emigrados y hasta diseñar una escuadra de opinionados incansables en su empeño de hacer el ridículo en las redes sociales.

Los cobardes siempre tienen un pretexto a mano: es que no quiero perder mi casita allá, es que mi papá sufriría mucho si se entera como pienso, porque él sigue siendo revolucionario, yo no estoy de acuerdo con muchas cosas de allá, por eso me fui, pero tampoco con las de aquí, porque esto no es fácil, Trump está acabando con nosotros los cubanos…

También padecemos al cobarde agazapado en supuestas posturas intelectuales que consigue la síntesis perfecta entre los galimatías de Ramón Grau San Martín y el florido verbo de Cantinflas: la revolución lideró el proceso de liberación antiimperialista, pero no supo hallar los mecanismos adecuados para sustituir la economía capitalista de país pobre por un esquema que combinara las conquistas sociales con la productividad…

O aquellos otros que, instalados en el área dolarizada de la economía de plantación esclavista que impera en Cuba, husmean en la arqueología política para deslizar críticas a funcionarios intermedios, como aquella célebre guerrita de los emails en que un grupito de intelectuales se enfrascó en hincarle el diente a las carnes flácidas de Papito Serguera, el gordo Quesada y Luis Pavón Tamayo, evitando responsabilizar a Fidel y Raúl Castro de esas políticas.

En este empeño de tapar el sol con un dedo no están solos ni mucho menos; les acompaña siempre la izquierda sectaria de todo el mundo que antepone sus pasiones antinorteamericanas a la felicidad y la prosperidad de los cubanos, desde sus cómodas atalayas del mundo democrático, donde se afanan en proclamar las virtudes del socialismo cubano, sin padecerlo.

Quizá sería oportuno y hasta saludable que los cubanos comiencen a mostrar su gran cultura política con una actitud cívica, honrada, que no revista mayor complejidad que llamar a las cosas por su nombre, distinguiendo el bien del mal y asumiendo los riesgos consustanciales a la critica de una dictadura.

Resulta inexplicable que si las remesas de los exiliados son de tal volumen que ya el régimen anda dándole vueltas a la idea de usar ese dinero en inversiones, ofreciendo –dicen– un interés atractivo al inversor, el exilio cubano tenga nula influencia política en el escenario cubano.

Hace un par de días, el señor Homero Acosta, devenido el Melquiades del tardocastrismo, anunciaba que en octubre habrá nuevo gobierno de difuntos y flores y que la Comisión Electoral Nacional está formada por representantes de ese ramillete aguerrido de combatientes de la CTC, la FMC, los CDR, la UJC, la FEU, la FEEM y quizá la ANAP. Para mear y no echar gota, Don Homero, usted que le gusta castigar las vejigas ajenas en sus largas peroratas asamblearias.

Acosta no es nada original, ya Fidel Castro usaba aquello de que el partido (el único) no postula, postula el pueblo…

Los excesos verbales de Homero Acosta no tienen mayor trascendencia, solo que reafirman la voluntad política de sus jefes de no contar con el exilio ni con el inxilio, incluida la oposición, en su diseño de Cuba. Actitud comprensible por el miedo que siente la cúpula cubana ante un escenario inevitable de cambios, pues la economía sigue sin dar frutos, pese a los esfuerzos de Díaz-Canel, al que han quemado políticamente de forma acelerada.

Pero ello no libera al resto de cubanos y, especialmente a sus emigrados, de hablar claramente, evitando los excesos irrespetuosos; pero con la contundencia que exige la gravedad cubana, que muchos se empeñan en obviar y prefieren seguir pagando facturas de familiares y amigos y con la boca cerrada.

La política no es cochina, es un instrumento que sirve para mejorar la vida de las personas; lo cochino es mancillar a un pueblo durante 60 años con experimentos baldíos y anuncios de alboradas venideras; lo cochino es alardear de independencia y tener que vivir de la URSS, de Venezuela y del exilio; lo cochino es vivir en la simulación y la frustración perennes.

Esta noticia es de hace 1 año

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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