Estatua de Cristóbal Colón en el malecón de Baracoa Foto © Ismael Francisco / Cubadebate

La Cuba comunista de Cristóbal Colón

Es octubre otra vez, mes cargado de descubrimientos y conquistas. En consecuencia, en todo el hemisferio occidental se critica en este mes la figura histórica de Cristóbal Colón, considerado por los comunistas del capitalismo cada vez más como un genocida a mansalva.

Sin embargo, no tan curiosamente, en la cuna del comunismo continental a Cristóbal Colón ni se le cuestiona. Y en esto coinciden tanto los disidentes como los oficialistas cubanos. Semejante consenso insular me da esperanzas respecto al futuro de Cuba, porque demuestra lo que somos de corazón: un pueblo profundamente conservador, hispanista, pro-colonial, anti-indigenista, para nada liberal ni progresista ni ninguno de esos inventos insípidos de la izquierda internacional.

Por ejemplo, la periodista Yoani Sánchez se refirió al Día de la Raza o de la Hispanidad o del Respeto a la Diversidad Cultural en los siguientes términos: “No, no voy a ir hacia el 12 de Octubre de 1492 para evitar a Colón desembarcar, porque sería matar a mis amigos actuales, cercenar por anticipado la vida de mi prole, eliminar de un tajazo mi árbol genealógico y perderme esta lengua que es mi vida. Conmigo no cuenten.”

En múltiples ocasiones, la prensa estatal (única legal bajo el monopolio del Partido Comunista de Cuba) se ha referido con orgullo a los aniversarios “de la llegada del Almirante Cristóbal Colón a las Américas”, citándolo como “el acontecimiento más trascendental y más importante” a los ojos de nuestra élite intelectual.

Por ejemplo, el diplomático y novelista en jefe cubano Alejo Carpentier hablaba décadas atrás, en pleno revista Correo de la UNESCO, de “un hombre anterior y un hombre posterior al encuentro de culturas en América”. Pues para él, Cuba era la tierna cuna del “teatro de la primera simbiosis”: “una simbiosis monumental de tres razas de una importancia extraordinaria por su riqueza y posibilidad de aportaciones culturales, y que había de crear una civilización enteramente original”.

Por otra parte, para salvarse del socialismo bajo el que hoy sucumben los Estados Unidos y la Unión Europea, el único safe-space que le queda a Cristóbal Colón es, no tan paradójicamente, el socialismo castrista. Sólo en un sistema caudillista como el cubano las estatuas de Colón pueden estar a salvo, bien seguras de la chusma racista que ve racimos de racismo por todas partes, excepto en la isla idílica de la Revolución Cubana.

Por eso al final del malecón de Baracoa, en la provincia de Guantánamo, para homenajear sus primeras pisadas en persona, tras aquel octubre fundacional de 1492, un parque público lleva el nombre de Cristóbal Colón en Cuba, con un tronco de estatua presidiendo la plaza y el museo de la ciudad. Es cierto que la estatua es horrenda, pero la intención es laudatoria. La fealdad se debe simplemente a la incompatibilidad intrínseca entre Belleza y Utopía.

Así mismo, sobreviviente de la colonia española, el protectorado norteamericano, la república independiente y la revolución totalitaria, en la matancera ciudad de Cárdenas, desde 1862 y hasta el octubre de hoy, se erige orgullosamente la “primera estatua del almirante Cristóbal Colón expuesta pública y solemnemente” en toda “la América Latina”, para gloria eterna a la memoria del “navegante genovés descubridor del Nuevo Mundo”.

Por supuesto, en la capital cubana, además de la estatua que preside el patio central del Palacio de los Capitanes Generales, el Cementerio Colón seguirá siendo el Cementerio Colón para honra de todos los habaneros, vivos o muertos o en estado zombi (que podrían ser la mayoría), incluso si Bernie Sanders llegara a la presidencia de los Estados Unidos y Pablo Iglesias terminara como mandamás marxista de la Unión Europea.

La conclusión es contundente: Cristóbal Colón en Cuba goza de buena salud moral. Y, para colmo, incluso es posible que una parte del polvo de sus restos mortales esté todavía escondido en una cripta o catedral castrólica de nuestra islita caribe, a donde llegaron a finales del siglo XVIII con destino incierto.

El primer activista de Anti-Fa o vándalo de Black-Lives-Matter o fémina de FEMEN que tratase de tumbar o siquiera ensuciar a una estatua de Colón en Cuba, terminaría tirado de cabeza o a patadas por el coxis en un calabozo de Villa Marista, sin cargos y sin juicio hasta que Colón resucite y él o ella o él-ella tenga que pedirle perdón al Descubridor.

Con el despotismo a la cubana no se juega, compañeros y compañeras. Toda esa supuesta apropiación cultural, cultura de la cancelación, supremacismos blancos y homofobias y racismos y misoginias y demás mentiras malévolas para mutilar al mercado libre, no tienen ninguna cabida en la Cuba castrista, la misma Cuba castrista que incita a dichos antifacinerosos y blacklivematteros y femenópatas a acabar comemierdamente con el capitalismo y la democracia.

Así, pues, no hay nada de lo cual preocuparse. Mientras haya castrismo en Cuba, al menos en nuestra infame islita tropical habrá Colón no sólo para rato, sino para ratón y queso: un querido Colón cabroncito para comer y para llevar. Buen provecho.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Orlando Luis Pardo Lazo

Escritor y bloguero de La Habana. Actualmente realiza un doctorado en Literatura en Saint Louis, Missouri, EUA.

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