¿Quiénes son los ricos en Cuba? Cuatro economistas opinan

El reciente video de Sandro Castro al volante de un Mercedes destapa la pregunta por los privilegios dentro de la traumatizada economía cubana.

Un carretillero en La Habana Foto © CiberCuba

Un reciente video en el que Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, aparece al volante de un Mercedes Benz ha provocado una llamada de atención sobre las desigualdades y los privilegios de una casta gobernante dentro de la traumatizada economía cubana, que desde enero pasado enfrenta un impopular proceso de ajuste derivado de la unificación monetaria.

Sandro "el Sencillo" pidió disculpas y dijo que el lujoso coche no era suyo, pero la resonancia simbólica de su alarde ha marcado el sentir nacional. Sobre todo, porque este y otros episodios sobre privilegios y prebendas económicas asociadas a hijos y nietos de la clase dirigente cubana contrastan con un discurso que durante décadas ha impuesto privaciones al pueblo cubano, promoviendo el sacrificio y entrega absoluta al proyecto revolucionario.

¿Quiénes son los ricos en Cuba?, se preguntaba esta semana la agencia Deutsche Welle, que recogió las opiniones de varios economistas cubanos, dentro y fuera de la isla.

Más que a la hipotética riqueza de la familia Castro, el video del Mercedes, según el politólogo alemán Bert Hoffman, del Instituto GIGA de Estudios Latinoamericanos “apunta a la hipocresía de un sistema socialista en el que se predica tomar agua mientras se toma vino”.

Un simple coche de lujo se convierte en algo mucho más serio si sabemos que, según el Banco Mundial, Cuba se ubica en la última década más bien a la cola de las estadísticas mundiales, con un parque de apenas 38 vehículos por cada mil habitantes, incluyendo camiones, autobuses, y no pocos automóviles soviéticos y estadounidenses muy envejecidos.

“La riqueza tiene varios atributos en Cuba: casa grande en zonas específicas, auto moderno, viajes frecuentes al exterior, incluyendo por placer, satisfacción en calidad (no en cantidad) de necesidades básicas”, explica a Deutsche Welle Ricardo Torres Pérez, profesor e investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC), de la Universidad de La Habana.

Torres estima que "los ricos" podrían ser el uno por ciento de la población cubana: unas 112.000 personas, poco más de 30 mil hogares. “Pero no hay un grupo social único ahí. Seguro hay funcionarios, pero también emprendedores, campesinos, artistas”, agrega.

Sin embargo, hay “muy pocos datos generales” sobre desigualdad económica en Cuba, y quizás no es casualidad que predominen los “estudios de caso, muy focalizados en determinadas comunidades”, asegura Torres. Además, “poca de esa investigación es pública”, confirma.

Esta ausencia de datos ha sido calificada de “apagón estadístico” por Pedro Monreal, otro reconocido economista cubano, que a propósito de un reciente informe de la CEPAL lamentó "la escasa importancia que parece concedérsele oficialmente en Cuba al análisis público de temas cruciales como la pobreza, la desigualdad y el efecto social del empleo de baja productividad".

“En Cuba no existen estudios públicos sobre distribución del ingreso, y no existe la posibilidad de realizar encuestas libres, lo cual limita la investigación en este campo”, confirmó a DW el también economista cubano Mauricio de Miranda Parrondo, profesor de la Universidad Javeriana de Cali, en Colombia. Y destaca que, aunque existen líneas internacionales de pobreza, Cuba la calcula según parámetros nacionales. Así que bien podría, al menos, hacer lo mismo con la riqueza.

Tanto el volumen como el origen de la riqueza en Cuba, de economía aún centralmente planificada, se diferencian de los de otros países de la región. Está también la llamada "riqueza del funcionario", una serie de pequeñas prebendas que, sin embargo, dentro del contexto cubano tienen otra dimensión y se usan para garantizar la fidelidad ideológica.

Muchos militares o los llamados funcionarios del primer nivel de dirección, viceprimeros ministros o ministros, por ejemplo, “no tienen riqueza propia” más allá de una casa o apartamento, y eso también explica por qué se aferran al cargo: es la única manera de tener un nivel de vida significativamente diferente de la media del país.

Por lo tanto, según concluyen los analistas, para dar cuenta de desigualdad y privilegios en una economía como la cubana, hay que hacer uso de categorías no monetarias: “Hay una parte no despreciable de esos privilegios que tiene que ver con el acceso físico a bienes, servicios o incluso propiedades, así como posibilidades de escapar a ciertas regulaciones, que no implican una transacción monetaria. Y, por lo tanto, no se pueden valuar”, reconoce Torres Pérez.

No solo cualquier ingreso en divisas, sino también “disfrutar de bienes o de servicios que no están al alcance del resto de la sociedad marca privilegios. Y, en algunos casos, eso podría significar ser considerado rico en la sociedad cubana, aunque no para los estándares internacionales, en los que, normalmente, la riqueza y los privilegios económicos se asocian a propiedades de empresas, bienes inmuebles o tierras”, coincide De Miranda.

Pero, más allá de los “destapes” en redes sociales -en un país, además, sin transparencia sobre ingresos y gastos de sus funcionarios públicos, y sin libertad de prensa-, “no hay forma de probarlo” con datos, afirma Pavel Vidal, otro reconocido economista cubano de la Javeriana, a DW.

“Sabemos que las reformas ampliaron los niveles de desigualdad, que en el sector privado se ganaba alrededor de 10 veces más que en el sector estatal. Pero es difícil conectarlo con los privilegios, porque las fuentes de capital para los negocios privados son disímiles. En las empresas mixtas y extranjeras los ingresos también son muy altos, y la contratación en este sector está controlada por agencias empleadoras del gobierno. Por tanto, allí hay un filtro. Pero no hay información de qué implica eso”, insiste Vidal.

El politólogo alemán Hoffmann, sin embargo, publicó recientemente un estudio sobre la reconfiguración de clases sociales en Cuba. Su coautora, la antropóloga Katrin Hansing, pudo aplicar una encuesta nacional semirepresentativa. Sus conclusiones: el acceso a divisas extranjeras, en forma de remesas o inversiones en negocios privados, define hoy quién es quién en la sociedad cubana. Y refleja un sesgo por color de piel: los negocios más rentables, con mayor inversión, están en manos de población mayormente blanca y urbana, asociada a la emigración isleña tras la revolución de 1959.

El Estado cubano, reconoce Hoffmann, ha colocado a cuadros políticos de alto rango frente a las empresas estatales, mixtas, exportadoras, y en el estratégico sector del turismo, “bajo el paraguas de los militares”. Un ejemplo emblemático es el consorcio militar GAESA. Así que “la élite empresarial del socialismo también vive bien”. Pero, en la economía familiar, ambas fuentes de ingresos -las remesas y las conexiones políticas- no se contraponen sino que confluyen, asegura el latinoamericanista alemán.

Los emprendedores “tienen posibilidades de ingresos superiores a quienes viven de salarios por empleos estatales. Sin embargo, también asumen riesgos y soportan una carga impositiva que no es despreciable” apunta De Miranda. Encima, agrega, las estrictas regulaciones para autorizar emprendimientos en la isla “al parecer no han sido tan estrictas para quienes tienen vínculos familiares o de otro tipo con altos funcionarios del Estado, para quienes todo se facilita en un ambiente de falta de transparencia, que es lo más cercano a la corrupción”.

“Socialmente, no considero que la riqueza o el bienestar económico alcanzado mediante el trabajo o el esfuerzo sean un problema”, concluye este economista cubano. El problema, explica, “es cuando por pertenecer a una familia determinada, que ha estado en el poder o relacionada con este, se accede a un bienestar económico y a unos privilegios por el acceso a bienes y servicios en usufructo, aunque no sea en propiedad, pero que, en definitiva, se disfrutan, y eso no guarda relación alguna con sus esfuerzos".

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