La Habana como cuartel amenazado

El desproporcionado esquema defensivo, reprimiendo y amedrentando, demuestra que la jubilación del General de Ejército ocurre en el peor momento posible y el miedo que recorre la espina dorsal del tardocastrismo, que ya no soporta ni las discrepancias internas de dirigentes angustiados por la pobreza y desigualdad, contra los que arremetió Raúl Castro en su alocución ante el fallido octavo congreso del partido comunista.

Control policial en La Habana (imagen referencial) Foto © CiberCuba

La Habana vive en alarma de combate, con zumbido amedrentador de Avispas negras, un gato enjaulado en Villa Marista -el único colegio que la revolución convirtió en cuartel- miembros del Movimiento San Isidro y otros opositores detenidos y acosados; mientras twitter echa humo, el coronavirus sigue haciendo zafra y cubanos deambulan por tiendas dolarizadas, aliviados porque Raúl Castro Ruz se despide con una promesa, las tiendas MLC desaparecerán cuando mejore la economía, o sea, nunca.

El desproporcionado esquema defensivo, reprimiendo y amedrentando, demuestra que la jubilación del General de Ejército ocurre en el peor momento posible y el miedo que recorre la espina dorsal del tardocastrismo, que ya no soporta ni las discrepancias internas de dirigentes angustiados por la pobreza y desigualdad, contra los que arremetió Raúl Castro en su alocución en el fallido octavo congreso del partido comunista.

Al filo de los 90 años, un hombre puede permitirse casi todas las licencias, pero los continuadores del fracaso tienen las mismas ganas de vacilar que la generación histórica que instauró el comunismo de compadres en Cuba y, viendo que no va quedando ni donde amarrar la chiva, temen una revuelta que los haga pagar los fusilamientos, largas condenas de cárcel y platos y vasos vacíos.

Si la revolución es invencible y la mayoría de los cubanos la defiende, ¿a qué viene tanto alboroto de soldados armados hasta los dientes, tantas detenciones, retenciones y arbitrariedades? La brutalidad podrá matar hambrientos, pero no el hambre, podrá matar enfermos sin medicinas, pero no el coronavirus, la sarna, el dengue y el zika.

Las crecientes pobreza, desigualdad y valentía de cubanos dibujan el peor escenario posible para la casta verde oliva y la cúpula del partido comunista, empeñados en ocultar su responsabilidad en el desastre de Cuba, que hace años dejó de escuchar los discursos oficiales para sumergirse en la Internet, anzuelo mortal atravesado en la garganta del régimen, que no puede prescindir de los ingresos de las recargas de ETECSA, una unidad militar modelo de corsario del siglo XXI.

Raúl Castro Ruz llegó a la jubilación padeciendo el síndrome de esos cabezas de familia que -asumiendo una pérdida de autoridad- cada vez tienen que gritar más alto para intentar imponerse, sabiendo que casi nadie les hará caso, especialmente en Cuba, donde las fuentes de autoridad tradicionales, como padres y maestros, fueron suplantadas por el monólogo totalitario impuesto con la aquiescencia mayoritaria de millones de cubanos.

En medio de tanto quebranto y policías inseguros, tuvo la desfachatez de mentir aclarando que su hermano Fidel y él no habían podido soltar el poder, hasta que encontraron al heredero Díaz-Canel, porque no hallaban un buen relevo; en el pecado de constante insulto a la inteligencia de los cubanos, llevan los Castro Ruz su pecado. La decencia no pudo, pero la biología es inexorable.

La vejez de Fidel Castro Ruz dejó balbuceos decadentes en un orador con verbo dominico que pretendió evangelizar, mientras decapitaba herejes a izquierda y derecha; Raúl apareció este viernes en La Habana ya como almuecín de Birán, empinándose en el minarete, combinando sombrero de yarey con Rolex y BMW 7, llamando a los adeptos a la oración y martirizando a infieles, como hicieron con Cuba, nación de gente noble, talentosa y trabajadora, ahora ya incrédula ante el versículo que revolución es no mentir jamás.

La Habana semeja una ciudad fantasma con sus vecinos más pendientes del dólar, la carne de res, de "Pasa la bola" y la charada, que de la Brigada Especial en Posición Uno y del ruido mentiroso que emana del Palacio de Convenciones, enclavado en ese oeste habanero, donde la endogámica casta verde oliva sigue viviendo cual zares, subestimando el peligro de obreros y campesinos despreciados por charreteras y guayaberas de fino hilo.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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