María Elvira y Díaz-Balart cogieron tren equivocado a Guantánamo

Cuba y los cubanos no necesitan de mecanismos alternativos que refuercen el esquema sexagenario de indefensión aprendida y cultura de la pobreza que impuso Fidel Castro Ruz, sino una embajada y consulados inteligentes en La Habana.

María Elvira Salazar y Mario Díaz-Balart, congresistas cubanoamericanos Foto © Captura de vídeo America TV

Los congresistas cubanoamericanos María Elvira Salazar Bermudo y Mario Díaz-Balart Caballero cogieron el tren equivocado a Guantánamo, proponiendo que los trámites migratorios de reunificación familiar se realicen en la Base Naval estadounidense en el sureste de Cuba, en vez de apostar por una normalización de la embajada en La Habana, que atienda a posibles emigrantes, actúe como vigía de libertades y derechos humanos y provoque dolores de cabeza a la dictadura comunista.

Las ocurrencias en política deben evitarse siempre, especialmente frente a una dictadura ansiosa de actos fallidos de sus adversarios para asumir la pose de "ofensa al pueblo" y echar a andar su aparato de propaganda y -sobre todo- cuando su puesta en práctica implique más inconvenientes que ventajas para las víctimas y contenga efectos colaterales sobre la soberanía de Cuba.

Los promotores de la ocurrencia tildaron de caos la situación que mantiene en suspenso 22 mil expedientes de reunificación familiar y más de 100 mil visados para cubanos deseosos de entrar en Estados Unidos, pero tal desorden no debe solucionarse con más desbarajuste, sino con orden y transparencia administrativa.

Parte de los afectados por el caos migratorio votan en Florida y, más allá de fobias y filias partidistas, muchos no verán con buenos ojos que sus parientes tengan que salir, entrar, volver a salir y entrar de Cuba para arreglar sus papeles, pues los costes del pugilato corren a cuenta del bolsillo emigrado con antelación; las próximas elecciones de medio mandato son en noviembre de 2022 y los demócratas están evitando desairar a los cubanoamericanos.

De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, y resulta ingenuo creer que el tardocastrismo va a autorizar que se forme una cola desde las cercanas localidades de Caimanera o Paraguay de cubanos que deban acceder a la base naval norteamericana de Guantánamo, para arreglar sus papeles migratorios y reunirse con su familia o entrar en Estados Unidos.

Por tanto, aún cuando el Congreso de Estados Unidos aprobara la iniciativa de Salazar y Díaz-Balart, habría que habilitar un puente aéreo o marítimo round trip Cuba-Tercer país-Base Naval de Guantánamo, que resultaría igual de caro o más que el desplazamiento Cuba-Guyana-Cuba, y crear condiciones en la instalación militar para atender a los cubanos en trámites, circunstancia que recaería en el bolsillo de los contribuyentes norteamericanos, a poco más de un año de las midterm.

Al proponer la Base Naval de Guantánamo, ambos políticos soslayan las implicaciones de soberanía que -manipuladas emocionalmente- facilitará la tarea diversionista del castrismo, siempre dispuesto a papagayear sobre libertad y antiimperialismo, pese a que fue incapaz de buscar una salida de militares norteamericanos de Cuba y profundizó el menoscabo de su independencia, aceptando la presencia de tropas soviéticas durante 30 años.

Cuba y los cubanos no necesitan de mecanismos alternativos que refuercen el esquema sexagenario de indefensión aprendida y cultura de la pobreza que impuso Fidel Castro Ruz, sino una embajada y consulados inteligentes en La Habana, que promuevan valores de libertad, derechos humanos y protección social, que distinguen a la democracia más antigua de Occidente, reforzando la solidaridad con opositores, activistas y demás cubanos.

Las iniciativas políticas tienen consecuencias humanas y exigen una esmerada calibración de oportunidad, requisitos que no fueron tenidos en cuenta por Salazar y Díaz-Balart, lanzándola -paradójicamente- cuando más necesita el régimen agarrarse a un clavo ardiendo porque el presidente Joe Biden lo ha tirado a mierda y está atrapado en la evitación de otra estampida migratoria, que Washington tiene advertido leerá como acto de guerra, y el riesgo de implosión por el incremento de la pobreza y desigualdad en Cuba.

Como toda actividad humana, la política no está a salvo de fallos, pero de nada sirve afrontar el horror castrista con errores, aún cuando estén inspirados en sentimientos democráticos y humanitarios, pero que machacan a los cubanos sufridores de la condición de súbditos en su propio país.

El otro inconveniente que tiene la iniciativa de Salazar y Díaz-Balart es que tendrá difícil travesía en el Congreso por la falta del necesario consenso democrático y La Habana -ya feliz y alertada- movilizará a sus lobbistas en Washington y a los gusañeros que habitan en la plural geografía cubana a salvo de la OFICODA, siempre dispuestos a exigir a gobiernos democráticos lo que son incapaces de exigir a la dictadura que los pastorea.

Una fórmula adecuada para enfrentar al tardocastrismo consiste en la búsqueda del más amplio consenso en el Congreso y el Senado norteamericanos, que mantenga las exigencias de democratización; respetando cabalmente al sufrido pueblo cubano, harto de pobreza, linchamientos y mentiras, y necesitado de mirar al Norte con la certeza de no ser tratado como ciudadano de segunda categoría, especialmente por aquellos que promueven en Estados Unidos los anhelos de libertad y soberanía de Cuba.

En política, las formas son importantes, pero el contenido resulta primordial y en el caso de Cuba ya no basta con saber de qué lado estamos, sino cómo democratizamos la transición de dictadura a democracia, especialmente en aquellos actores públicos obligados a socializar su éxito personal en el exilio a favor y nunca en contra de lastimados compatriotas.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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