La guerra contra coleros y vendedores se calienta

Ante una realidad perversa los coleros aparecen como una solución creativa a los problemas creados por el Gobierno.

Colas, en el agro de Egido, en La Habana, en una imagen de archivo. Foto © CiberCuba

De vez en cuando, las autoridades del régimen cubano sacan la artillería pesada para descargar su falta de responsabilidad en la atención a las necesidades básicas de consumo de la población, sobre aquellos agentes que, en medio de no pocas dificultades, hacen lo posible por facilitar la vida de la gente, eso sí, obteniendo una ganancia por esas tareas, ya que nada es gratis.

Un artículo en Granma muestra la decidida apuesta del régimen por acabar con los coleros. El título del articulo no ofrece dudas, “Contra los coleros, ¿retroceso en el enfrentamiento?” y en el mismo se pasa revista a la experiencia del último año de lo que denominan “enfrentamiento popular contra un grupo de figuras nocivas que han proliferado con la escasez y el desabastecimiento”.

Vale la pena empezar por el principio. En Hialeah, Madrid o Santo Domingo, no existen los coleros. No hacen falta. Recuerdo que un amigo cubano recién llegado a España me preguntó preocupado por las colas en los comercios y al mostrarle después que la compra en un supermercado español es un proceso placentero, en el que se puede elegir libremente lo que se quiere comprar, no hay que acaparar nada y, por supuesto, tampoco pagar a ningún colero por el turno para entrar.

Esas figuras pertenecen a la anormal realidad económica y social de Cuba y de su modelo marxista leninista que rige el funcionamiento del país durante 63 años.  El colero surge porque hay personas que, por muchas razones, no pueden o no quieren estar sufriendo horas en las colas comunistas para cuando llega su turno, encontrar que el producto ya se acabó. Nada puede producir más frustración en una persona. El desabastecimiento y la miseria han acompañado a los cubanos, desde la entrada en funcionamiento de la nefasta libreta de racionamiento, como un instrumento de opresión y sometimiento a la población, eliminando de raíz su libertad de elección.

Para ello, los coleros facilitan la experiencia de la cola, garantizan con la venta de un turno que el producto o servicio se podrá conseguir y con ello, la familia poder llevar algo a la comida diaria o limpiar la casa. Ante una realidad perversa, de tintes dramáticos, que los cubanos no han podido enfrentar, porque la cesión de poder económico que se ha hecho al estado comunista impide reaccionar en demanda de mayores libertades, los coleros aparecen como una solución creativa a los problemas creados por el Gobierno.

Por supuesto que no deberían existir coleros. De hecho, no existen en los países que disfrutan de economía de mercado. En eso estamos todos de acuerdo, pero entonces, la escasez, la miseria, el racionamiento forzoso del modelo comunista tampoco debería existir, y para ello, hace falta mucho más que discursos, arengas o acciones represivas. Se requiere liberalizar las fuerzas productivas, el trabajo, la actividad de los cubanos para que aumente la oferta. Y el Gobierno ni está ni se le espera para este objetivo.

Mejor es atacar desde la prensa oficial a los coleros. Presentarlos de forma despectiva como “antisociales que buscan el lucro a costa de las personas”. Y como siempre, ocultando la verdad, que es lo mismo que mentir, y es que el colero solo existe por culpa del propio régimen y que es el Gobierno comunista el que incentiva la aparición de estas figuras que observan que pueden obtener mejores ingresos despertándose temprano o haciendo colas nocturnas que en un empleo en el sector presupuestado, decadente y mal pagado.

El derrumbe del muro de Berlín y el final de la URSS sirvieron para confirmar que la motivación del ser humano es incompatible con el comunismo, y en una economía debe existir espacio para todos. Y eso no se garantiza en Cuba: allí con la revolución todo, contra la revolución, nada.

Lo peor de todo esto es que reprimir a los coleros y revendedores acaba provocando los efectos justamente contrarios que se pretenden, es decir, más escasez, desabastecimiento y lo que es peor, frustración de muchos ciudadanos que, al final del proceso, se quedan sin los artículos que precisan para la normal vida familiar.

En Cuba, lo sorprendente es que la actividad de los coleros durante el último año, a pesar de la persecución, ha ido aumentando en términos cuantitativos y cualitativos, y ya no solo atiende a bienes de primera necesidad, sino a todo tipo de artículos de consumo duradero, como neveras, ollas, cremas, medicamentos, condones, y otros surtidos.

Ante esta situación, y lo que pueda venir, el régimen ha vuelto a usar las páginas de la prensa oficial para tratar de poner a la población en contra de los coleros. Lo que los comunistas denominan “enfrentamiento popular”, algo así como la explosión social que en cualquier momento puede producirse por el pueblo contra el régimen, harto de comprobar que es el origen de todos los problemas.

¿Por qué el régimen vuelve a la carga contra coleros y revendedores en este momento? ¿Por qué lo hace con especial intensidad, utilizando sus medios de comunicación controlados? No cabe la menor duda al respecto. La prohibición de depósitos en dólares en efectivo en las cuentas va a suponer un retroceso de las ventas en las tiendas en MLC donde los cubanos paliaban la permanente escasez. Y, sin embargo, la demanda se mantiene, de modo que cabe esperar que las transacciones aumenten en la economía informal, y que los mercados que operan en este ámbito experimenten un auge muy destacado en los próximos meses.

Los dirigentes del régimen están horrorizados al pensar que este mercado informal vaya a crecer y generar riqueza en los agentes que intervienen en el mismo, de ahí que lance el primer aviso. No se van a permitir las prácticas, ni el acaparamiento o la reventa, ni mucho menos, los coleros.

Todos están proscritos y recibirán su castigo. Ya están realizando un monitoreo de las plataformas de ventas online en Cuba y los mercados online en los que se producen más transacciones a diario que en los comercios comunistas e incluso, el tipo de cambio del peso con las divisas refleja de forma más eficiente su valor relativo.

Además, al régimen le preocupa lo que pueda ocurrir, sobre todo, con los precios, y es que en estos mercados informales las cosas se encuentran con facilidad, pero se tiene que pagar un precio más elevado, lo que la gente acepta de buen grado, sobre todo, aquellos que tienen dólares y no los pueden depositar en las cuentas.

Las desigualdades se agrandarán en el paraíso de los Castro. Mientras que el Gobierno se plantea cómo acabar con todo esto, no es extraño que los agentes privados de este mercado informal se estén preparando para atender esta nueva demanda que crecerá de forma importante en los próximos meses.

Pero que nadie se equivoque, lo que realmente no quiere el régimen comunista es que exista lucro como consecuencia de estas actividades, que califican como “acto despreciable” al intentar sacar provecho de lo que el Gobierno “no consigue mantener en la red comercial”.

Bien, existe una solución, y el Gobierno no quiere aplicarla. Si realmente tiene problemas para mantener los mercados surtidos de bienes y servicios, que retroceda y devuelva la actividad comercial y de distribución al sector privado.

Con una decisión como ésta, no solo estaría limitando los mercados informales, que ya no tendrían justificación, sino que devolverían a la economía cubana a una normalidad que ya tuvo antes de 1959 y que no queda más remedio que recuperar. Que el Gobierno comunista no quiera que el sector comercial cubano sea dirigido por los agentes privados es también una forma de bloqueo interno.

Los comunistas pueden denunciar lo que califican de “actuación desfachatada de coleros, acaparadores y revendedores” a los que califican como “pillos, parásitos, gente que no trabaja, que no aporta socialmente” pero deberían reconocer que ellos, el régimen y su modelo económico, son el problema, la causa que genera el efecto.

Y, además, cuando pretenden afrontar esta situación con más represión, lo que consiguen es justo lo contrario, que haya más actividad informal, que se muevan más transacciones, que se gane más dinero y que los precios sean muy elevados. Todo ello, muy beneficioso y racional para el pueblo.

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Elías Amor

Economista, Miembro del Consejo del Centro España-Cuba Félix

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