
Carlos Manuel Echavarría Silva es el especialista en terapia intensiva encargado de evaluar el estado físico y mental de las tripulaciones ferroviarias en la posta médica de la estación La Coubre, en La Habana, y tiene la misión de evitar que un tren parta con un conductor en malas condiciones.
“Mi función acá en la posta médica es realizar el chequeo preventivo a la tripulación antes de comenzar el viaje. Tienen que salir sin presencia de alcohol, con buen estado general y físico-motor, o sea, estar aptos físico y mentalmente”, explicó en declaraciones publicadas por en Facebook por Eduardo Rodríguez Dávila, Ministro del Transporte.
Carlos trabaja junto a tres compañeros en turnos de 24 horas: “Si un tripulante llega con la tensión alta, no está apto para conducir. Entonces lo declaramos no apto y otro asume la responsabilidad”, detalló.
Aunque su labor es preventiva, no la subestima: “Es un trabajo bonito. Evitas situaciones caóticas que pueden producirse por enfermedades”.
Hoy, con años de experiencia en terapia intensiva, ve en su trabajo una forma silenciosa pero vital de proteger vidas.
“Lo que más se nota en ellos es el agotamiento físico. Vienen con 20 o 18 horas de trabajo…”, comenta el galeno sin mencionar, además, que sufren al igual que el resto de la población duras condiciones de vida debido a la escasez de comida, apagones, cortes de agua y otras situaciones que hacen precaria la existencia en Cuba.
En su tiempo libre se dedica a lo esencial: su casa, su familia, su tranquilidad. “Es lo que hay”, dice con humildad.
Pero detrás de cada viaje que parte seguro, está él: el médico del tren, además de los rezos de los clientes que ruegan no sufrir ningún accidente y tampoco una avería, tan frecuentes en las obsoletas líneas férreas cubanas asediadas, además, por los constantes sabotajes.
El ministro de Transporte compartió recientemente en sus redes sociales la historia de Carmen Miriam Jiménez Echavarría, una joven de 26 años que, en un país donde muchos sueñan con emigrar, ha decidido quedarse y hacer del ferrocarril su proyecto de vida. Dejó atrás su pasión por la danza para convertirse en ferromoza en los trenes de larga distancia en Cuba.
En un país donde el transporte público atraviesa una de sus peores crisis, emergen figuras que encarnan una ética de trabajo y vocación de servicio profundamente humanas.
Norberto, un taxista de Viñales, ha dedicado más de medio siglo a conducir por las carreteras cubanas, convirtiendo su automóvil en refugio y guía para viajeros perdidos y residentes sin opciones.
A sus más de 70 años, su compromiso no responde a salario ni reconocimiento, sino a la convicción de que ayudar es también una forma de resistencia cotidiana.
Ricardo Palmero, en La Habana, lleva casi 40 años transportando personas entre barrios, hospitales y terminales, aun cuando el combustible escasea y los precios son una ruleta diaria.
Lo mueve —según sus palabras— la necesidad de que “alguien haga el trabajo que el Estado dejó de hacer”. Su taxi no es solo un medio de transporte, sino un espacio de escucha, apoyo emocional e incluso solidaridad concreta cuando algún pasajero no puede pagar.
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