En Cuba el tiempo se mide en colas, apagones y despedidas: Así envejecen sus mujeres

Anciana cubana (Imagen de referencia) © CiberCuba
Anciana cubana (Imagen de referencia) Foto © CiberCuba

Envejecer en Cuba es mucho más que acumular años: para miles de mujeres en el país, el paso del tiempo no se cuenta en cumpleaños, sino en colas interminables, en apagones que interrumpen la vida cotidiana y en despedidas que parten el alma.

Así lo refleja un crudo texto publicado por la plataforma Enlavozdeellas, un espacio camagüeyano donde mujeres se atreven a “hablar sin miedo” sobre la realidad que viven.

Captura Facebook / Enlavozdeellas

Con el título “Envejecer en Cuba es más que sumar años”, la escritora Yuneisy Leyva González retrata con fuerza poética y dolorosa claridad cómo muchas mujeres cubanas llegan a los cincuenta sintiendo ya el peso de una vejez impuesta por las circunstancias.

"No son las arrugas del tiempo las que marcan sus rostros, sino las del cansancio", escribe.

En sus palabras, la vejez en Cuba no es un proceso natural, sino forzado por la angustia de no saber qué se pondrá en la mesa mañana, por la oscuridad de un apagón que interrumpe hasta los silencios, y por la espera de hijos que partieron y quizás no vuelvan.

Hay mujeres que, a los setenta, caminan como si solo les quedara esperar, recalcó Leyva en una metáfora desgarradora.

Pero también están las que se resisten, las que, pese a las carencias y la distancia, se pintan los labios, se visten de colores y desafían la tristeza.

En ellas, la vejez no es rendición: es rebeldía. Cada acto de autocuidado se vuelve una forma de resistencia cotidiana. Como afirma la autora, “el amor propio también es resistencia”.

La reflexión va más allá de lo íntimo y se convierte en denuncia social: en Cuba, envejecer se parece más a sobrevivir que a vivir. El tiempo se mide en la espera de una llamada, en una carta guardada, en la ausencia constante.

Sin embargo, esas mujeres que se aferran a su ternura, a su dignidad y a su derecho a la belleza, encarnan una forma de inmortalidad. En un país donde la vida se vuelve cuesta arriba demasiado pronto, su resistencia no solo conmueve: inspira.

El testimonio de una madre cubana, compartido recientemente, expone con crudeza cómo la infancia en la isla queda marcada por las carencias y la nostalgia. En su relato, rememora un pasado atravesado por la escasez y el desarraigo, experiencias que todavía hoy se repiten en la vida de muchas familias.

Días atrás, otro grupo de madres expuso públicamente la angustia de criar en un entorno hostil. Según narraron, la falta de alimentos, medicamentos y seguridad genera un miedo constante que acompaña cada decisión cotidiana y limita las oportunidades de desarrollo de sus hijos.

Más recientemente, salió a la luz la historia de una mujer que, ante la imposibilidad de garantizar un futuro en la isla, optó por emigrar como único acto de amor y sacrificio.

Su decisión refleja la disyuntiva que enfrentan miles de madres cubanas: resistir a la adversidad o partir en busca de una vida más digna para sus hijos.

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