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El régimen cubano mantiene un silencio sepulcral ante la muerte de 54 ciudadanos de la isla que combatieron como mercenarios en las filas del ejército ruso en Ucrania, mientras exhibe honores y ceremonias por otros 32 fallecidos en Venezuela, al servicio de la guardia personal del depuesto dictador Nicolás Maduro.
La doble moral del gobierno de Miguel Díaz-Canel —luto oficial para unos, olvido absoluto para otros— expone, una vez más, la crudeza con la que La Habana gestiona la vida y la muerte de sus propios ciudadanos.
Los datos del centro ucraniano Хочу Жить (“Quiero Vivir”) revelan una lista de 54 cubanos muertos en combate, identificados con nombre, rango, unidad militar y fecha de fallecimiento.
La mayoría pertenecía a regimientos motorizados del ejército ruso desplegados en el Donbass. Firmaron contratos en 2024, cuando la invasión de Vladimir Putin se intensificó, y murieron pocos meses después en batallas que nada tenían que ver con Cuba ni con su pueblo.
El perfil de los caídos rompe el mito de los jóvenes aventureros. Según los registros analizados, la edad promedio es de 41,7 años. Tres eran menores de 25, pero ocho superaban los 56, lo que significa que Rusia utilizó incluso a hombres en edad de ser abuelos.
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Entre ellos hay obreros, exmilitares y padres de familia que dejaron hijos pequeños y padres ancianos en la isla. Cuba exporta hoy no solo médicos y deportistas, sino también la pobreza y la desesperación de sus hombres, convertidos en carne de cañón de una guerra ajena.
El contraste con el tratamiento oficial resulta insultante. Apenas un día antes de conocerse la lista ucraniana, el gobierno cubano recibió con honores los restos de 32 cubanos que integraban la guardia personal de Maduro y que murieron durante la operación estadounidense que capturó al exdictador venezolano el pasado 3 de enero.
La prensa oficial los llamó “héroes internacionalistas” y Díaz-Canel decretó dos semanas de duelo nacional, con actos públicos y banderas a media asta.
En cambio, por los 54 muertos en Ucrania, no hubo un minuto de silencio, ni una nota en el noticiero, ni siquiera reconocimiento humanitario a sus familias.
Ninguna autoridad ha confirmado si los cuerpos serán repatriados ni si sus parientes recibirán la compensación prometida por Moscú, de hasta 5 millones de rublos por muerte en combate (unos 55,000 dólares).
Todo indica que las familias no han cobrado ni un peso, ni recibirán ayuda del Estado cubano, que finge no saber que cientos de sus ciudadanos fueron reclutados por Rusia a través de redes de tráfico de mano de obra.
El gobierno teme admitir lo que ya es público: que La Habana toleró o encubrió el reclutamiento de cubanos para la guerra de Putin, violando tratados internacionales y exponiendo a sus ciudadanos a crímenes de guerra.
Por eso calla. Prefiere negar, borrar nombres y dejar a las familias en la oscuridad, antes que aceptar su responsabilidad.
Detrás de cada nombre de esa lista hay una historia rota. Una madre que no recibe noticias, un hijo que pregunta dónde está su padre, una esposa que no puede ni enterrar al marido.
En los barrios de Villa Clara, Matanzas o Santiago de Cuba, esas familias lloran en silencio, conscientes de que el Estado que los empujó al exilio o al frente de batalla también les niega el derecho a llorar públicamente.
El mutismo del régimen no es solo una estrategia política, es un mensaje de poder: en Cuba, el dolor también se administra desde arriba. Mientras La Habana proclama duelo oficial por los muertos de Maduro, las familias de los caídos en Ucrania sobreviven en el olvido, sin justicia, sin cuerpos y sin consuelo.
Porque en esta guerra ajena, Cuba no solo ha perdido 54 vidas. Ha perdido la vergüenza, la compasión y la voz.
Perfil de los cubanos muertos en Ucrania
Grupo de edad, Fallecidos, Porcentaje
- ≤ 25 años 3 6 %
- 26–35 años 16 30 %
- 36–45 años 11 20 %
- 46–55 años 16 30 %
- ≥ 56 años 8 14 %
Promedio de edad: 41,7 años
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