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La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses a inicios de enero no solo selló el fin del chavismo como poder regional, sino que dejó al régimen cubano sin su principal fuente de suministro energético.
Sin los cargamentos venezolanos que durante más de dos décadas sostuvieron la economía de la Isla, La Habana se ve hoy obligada a buscar combustible en los rincones más lejanos del planeta, incluso en África, mientras el país se hunde en una crisis eléctrica sin precedentes.
Los datos de tráfico marítimo muestran que el tanquero Mia Grace, con bandera de las Islas Marshall, zarpó del puerto de Lomé, en Togo, el pasado 19 de enero y se dirige a La Habana con una carga estimada de 17,000 toneladas de combustibles, según reportó la cuenta de monitoreo de medios de transporte FalconEyes.
La embarcación, construida en 2014 y con capacidad para 30.000 toneladas, navega con destino a la capital cubana y se prevé su arribo el 4 de febrero, de acuerdo con registros del portal especializado VesselFinder.
Jorge Piñón, experto del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, explicó a Diario de Cuba que la compra habría sido realizada por la empresa Cubametales, perteneciente al conglomerado militar GAESA, a través de un intermediario europeo.
“No está clara la calidad del producto, pero se especula que podría tratarse de diésel o fueloil”, señaló Piñón. Togo, precisó el especialista, no produce petróleo, pero opera como un punto logístico de tránsito para el comercio internacional de combustibles.
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El viaje del Mia Grace confirma lo que ya advertían los analistas: sin Venezuela y con Rusia atada a la guerra en Ucrania, el régimen de Miguel Díaz-Canel ha perdido sus principales fuentes de energía barata.
Los cargamentos procedentes de México y algunos envíos menores de Rusia no logran cubrir una demanda interna de unos 100,000 barriles diarios, de los cuales 40,000 provienen de la producción nacional. El resto, simplemente, falta.
La consecuencia directa de esta escasez es el colapso del sistema eléctrico cubano. La Unión Eléctrica (UNE) reconoció esta semana que más de 100 centrales de generación distribuida están fuera de servicio por falta de diésel, mientras que otros 156 megavatios se han perdido por escasez de lubricantes.
En total, más de 1,100 megavatios —casi un tercio de la demanda nacional— están hoy fuera del sistema. A esto se suman las averías en las termoeléctricas de Mariel, Felton, Renté y Santa Cruz del Norte, así como la paralización parcial de las patanas turcas arrendadas por La Habana para suplir la falta de generación.
En medio de la crisis, Estados Unidos ha optado por una estrategia de presión controlada. Aunque el presidente Donald Trump reiteró que “no habrá más petróleo ni dinero para Cuba”, su administración ha permitido que México siga suministrando crudo y productos refinados a la Isla, según reveló la cadena CBS News.
Funcionarios estadounidenses explicaron que el objetivo no es provocar un colapso súbito, sino “presionar a La Habana para que abandone su modelo comunista autoritario y se siente a negociar”.
Mientras tanto, el gobierno de Claudia Sheinbaum defiende esos envíos como “ayuda humanitaria”, una justificación que pocos creen dentro y fuera de México. En 2025, su administración exportó a Cuba más de 10,000 millones de pesos mexicanos en productos petroleros.
Para Cuba, sin embargo, esa ayuda resulta insuficiente. Los apagones se extienden hasta 20 horas diarias en algunas provincias, los hospitales funcionan con plantas eléctricas agotadas y las familias recurren al carbón o la leña para cocinar.
En barrios de La Habana y Sancti Spíritus, las protestas nocturnas se han vuelto habituales, reprimidas por las fuerzas de seguridad desplegadas bajo el supuesto “estado de guerra”.
La llegada del Mia Grace desde África, si se concreta, apenas ofrecerá un respiro temporal. El régimen busca combustible donde pueda conseguirlo, sin divisas suficientes y con una red internacional de aliados cada vez más estrecha.
Sin Venezuela, Cuba enfrenta su prueba más dura desde la caída del bloque soviético, esta vez sin margen de maniobra y con un pueblo exhausto.
La pregunta que flota en el aire, como hace treinta años, vuelve a ser la misma: ¿Cuánto tiempo más podrá resistir el castrismo con una crisis energética que continúa agravándose?
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