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Durante 67 años el pueblo cubano no ha vivido simplemente bajo un gobierno, sino dentro de un sistema que se metió en todos los rincones de la vida. No sólo decidió quién mandaba, sino cómo se hablaba, qué se podía decir, qué se podía esperar y hasta qué estaba permitido soñar. Se aprendió a pedir permiso para todo, a no sobresalir, a callar lo que molestaba y a resolver "por fuera" lo que "por dentro" no existía. Se aprendió que la ley no protegía sino que castigaba, que el Estado no servía al ciudadano sino que lo vigilaba, y que sobrevivir era más importante que construir. Repetido durante generaciones, eso no forma ciudadanos: forma personas entrenadas para adaptarse al miedo y a la escasez.
Por eso la libertad, cuando llegue, no será sólo una celebración. Será una sacudida. Porque junto con el derecho a hablar, a viajar, a emprender y a votar, vendrá algo que durante décadas fue negado: la responsabilidad de participar, de sostener, de cuidar lo que es de todos. Habrá instituciones a las que exigir, leyes que respetar, impuestos que pagar, contratos que cumplir, diferencias que tolerar. Y habrá, por primera vez, un espacio real para que la crítica no sea delito, sino herramienta.
Una dictadura no sólo empobrece la economía: empobrece el carácter cívico. Enseña a sobrevivir, no a convivir; a evadir, no a asumir; a callar, no a debatir. Y esas heridas no desaparecen el día en que cae un régimen. Permanecen en los hábitos, en la desconfianza, en la tentación de buscar atajos. Por eso, la libertad no será fácil. Será incómoda. Será exigente. Pedirá más de lo que regala.
Habrá errores. Habrá caos. Habrá gente que confunda libertad con desorden y reglas con opresión. Habrá nostalgia por la miseria conocida, porque al menos era predecible. Todo eso pasará. Porque así pasa siempre cuando un pueblo sale de una jaula demasiado larga.
Pero ninguna de esas dificultades es argumento para seguir encerrados.
Un pueblo no necesita estar listo para dejar de ser oprimido. Necesita dejar de ser oprimido para empezar a estar listo.
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No se aprende a ser libre bajo vigilancia. No se aprende a ser ciudadano bajo miedo.
No se construye dignidad desde la obediencia forzada.
Y sí: habrá que aprender. Habrá que fallar. Habrá que corregir. Habrá que reconstruir lo que fue deformado durante décadas. Habrá que tropezar, levantarse y volver a intentar. Pero nada de eso es más cruel que una vida entera sin poder elegir, sin poder hablar, sin poder decidir el propio destino. Así que, aunque la libertad llegue con vértigo, con conflicto y con responsabilidad, que llegue. Que llegue de una vez. Porque ningún pueblo se hace digno de la libertad esperando en una jaula, sino viviendo fuera de ella.
Y porque, al final, por encima de todos los miedos y de todas las incertidumbres, lo único verdaderamente insoportable es seguir sin ella.
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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.