En pleno 14 de febrero, mientras Cuba enfrenta una de las peores crisis de combustible de los últimos años, Sandro Castro decidió celebrar el Día de los Enamorados con una puesta en escena que mezcla sátira, provocación y simbolismo político.
El nieto del dictador Fidel Castro –autor de la fracasada “revolución energética”-publicó un video en el que aparece solo en un bar, rechazando a varias mujeres que intentan acercarse, hasta que finalmente encuentra el “amor verdadero”: un bidón de gasolina.
“Hay otro día más aquí en Apagonia, con tremenda sed”, dice al inicio del video, en tono de monólogo interior. La escena lo muestra incómodo, desdeñoso, desinteresado ante las jóvenes que lo rodean. “Que no estoy para ti”, suelta a una de ellas. El personaje parece buscar algo distinto, algo escaso, algo casi imposible de hallar en la Cuba actual.
El giro llega cuando descubre a su nueva “pareja”: un recipiente de gasolina al que ha pintado ojos y colocado un pañuelo para humanizarlo. “Ay, qué cosa más linda… mami me freí contigo desde la primera vez que te vi”, declara con dramatismo. Le ofrece una cerveza Cristal, la lleva a cenar a casa y termina en la cama abrazando el bidón, bajo una bandera de México colgada en la pared.
La referencia no parece casual. México se ha convertido en uno de los principales suministradores de petróleo al régimen cubano en medio del colapso energético. La imagen del heredero de la dinastía Castro enamorado de un bidón, con la bandera mexicana como telón de fondo, funciona como metáfora visual de la dependencia actual del país.
El video no se limita al absurdo romántico. En el bar donde comienza la historia puede leerse en la pared la frase en inglés: “Words Create Lies. Pain Can Be Trusted” (“Las palabras crean mentiras. El dolor puede ser confiable”), una cita asociada al filme japonés Audition.
La elección del mensaje, en medio de una crisis marcada por apagones, escasez y colas interminables en los servicentros, adquiere un tono político inevitable. En un país saturado de consignas oficiales, la realidad material —el dolor cotidiano— se impone sobre el discurso.
Pero el mensaje también puede interpretarse como un voto de confianza al doloroso bloqueo de petróleo impuesto por la administración Trump sobre el régimen castrista, lo cual constituiría la enésima burla y afrenta del nieto del dictador al gobierno de la “continuidad” de Miguel Díaz-Canel.
La gasolina, hoy prácticamente inalcanzable para la mayoría de los cubanos, se convierte así en objeto de deseo amoroso. Sandro la presenta como tesoro perdido y pasión definitiva: “No existe un momento que yo no pueda estar sin ti… ojalá nunca más te vuelvas a ir”.
La frase resume el drama nacional: la intermitencia del suministro que paraliza transporte, encarece productos y agrava el malestar social.
La puesta en escena oscila entre la parodia y la burla. Mientras los cubanos pasan horas en colas bajo el sol o ven suspendidos servicios básicos, el “bala perdida” del régimen transforma la escasez en espectáculo romántico.
El humor negro puede interpretarse como crítica velada o como simple ejercicio narcisista, pero en cualquier caso revela una verdad incómoda: en la Cuba actual, la gasolina vale más que el amor.
En medio de apagones y promesas oficiales de estabilidad, Sandro Castro encontró su San Valentín más revelador: un bidón que simboliza, mejor que cualquier discurso, la fragilidad energética del país.
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