En Cuba, donde la escasez de combustible se ha convertido en parte del paisaje cotidiano —como las colas, los apagones o los memes de Días-Contados—, la creatividad popular vuelve a abrirse paso con soluciones que parecen sacadas de otra época.
Esta semana, un curioso invento ha llamado la atención en redes sociales: un cubano logró adaptar un pequeño automóvil Fiat Polski para que funcione utilizando carbón vegetal como combustible.
Sí, carbón.
Las imágenes del vehículo muestran un sistema instalado en la parte trasera del auto compuesto por varios tanques metálicos, mangueras y recipientes que recuerdan más a un experimento de taller que a una modificación automotriz convencional.
Pero detrás de esa apariencia improvisada hay un principio tecnológico real: el gasógeno, un sistema que permite convertir materiales sólidos como madera o carbón en un gas capaz de alimentar motores de combustión interna.
La adaptación es atribuida a Juan Carlos Pino, y las fotos y videos del peculiar vehículo fueron difundidos inicialmente por su esposa, Odalys Almeida, antes de circular ampliamente en redes sociales.
Aunque a primera vista pueda parecer un invento digno del “país de los inventores”, la tecnología no es nueva. De hecho, tiene más de un siglo. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la gasolina escaseaba en Europa, cientos de miles de vehículos fueron modificados con gasógenos para funcionar con madera o carbón.
Francia, Alemania y los países nórdicos llegaron a tener más de un millón de automóviles equipados con estos sistemas de emergencia.
El principio es relativamente simple, al menos en teoría. El carbón vegetal se quema con una cantidad limitada de oxígeno dentro de un reactor metálico.
En ese proceso se genera una mezcla de gases combustibles —principalmente monóxido de carbono e hidrógeno— conocida como gas pobre o gas de síntesis. Ese gas, una vez filtrado y enfriado, puede entrar al motor y sustituir parcialmente a la gasolina.
El resultado es un vehículo que, efectivamente, puede moverse sin una gota de combustible fósil.
Eso sí, con algunas desventajas notables.
La primera es la potencia. Los motores que funcionan con gasógeno suelen perder entre 30 % y 50 % de su rendimiento, por lo que la velocidad y la aceleración no son precisamente las de un Fórmula 1.
Pero tratándose de sobrevivir a la escasez de gasolina, probablemente nadie esté pensando en correr el Gran Premio de La Habana.
Sin embargo, más allá del ingenio —que muchos en redes sociales han celebrado— existen riesgos que no deben ignorarse.
El principal es el monóxido de carbono, uno de los gases que produce el sistema. Este compuesto es extremadamente tóxico: es incoloro, inodoro y puede provocar intoxicaciones graves en pocos minutos si se acumula en espacios cerrados.
Una fuga mínima en las tuberías o conexiones podría permitir que el gas entre al interior del vehículo, con consecuencias potencialmente peligrosas para conductor y pasajeros.
Tampoco hay que olvidar que el reactor donde se quema el carbón puede alcanzar temperaturas de hasta 1,000 grados Celsius, lo que aumenta el riesgo de incendios si el sistema no está bien aislado.
En otras palabras, el invento funciona… pero no está precisamente certificado por ninguna autoridad de seguridad automotriz.
Aun así, el peculiar Fiat se ha convertido en símbolo de algo muy cubano: la capacidad de improvisar soluciones donde el sistema falla. En una isla donde el combustible aparece y desaparece con la misma frecuencia que la electricidad, el ingenio se convierte en un recurso de supervivencia.
Eso sí, a veces con un pequeño detalle: cuando la necesidad aprieta, también se multiplican los inventos que pueden echar humo… en más de un sentido.
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