¿Qué papel está jugando Sandro Castro en la estrategia de poder del régimen cubano?



Sandro Castro en entrevista con el corresponsal de CNN en Cuba, Patrick Oppmann Foto © Captura de video Youtube/CNN

En una entrevista reciente, Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, dijo varias cosas que, en cualquier otro contexto, podrían parecer simplemente polémicas, llamativas o incluso propias de alguien que muchos consideran un personaje frívolo. Criticó a Miguel Díaz-Canel y afirmó que no está haciendo un buen trabajo; habló de decisiones que debieron tomarse hace tiempo y que no se tomaron; se definió como más capitalista que comunista; aseguró que muchos cubanos preferirían un modelo capitalista con soberanía; reivindicó a Fidel Castro diciendo que “respetaba a otras personas”, y, además, habló de la dureza de la vida cotidiana en Cuba, con apagones, escasez, falta de agua y dificultades que, según él, afectan “incluso a un Castro”.

Todo eso, dicho por cualquiera dentro de Cuba, tendría un peso. Pero dicho por alguien con ese apellido, en una entrevista con CNN, viviendo dentro del país, adquiere una dimensión completamente distinta.

Porque aquí no se trata sólo de lo que dijo. Se trata de algo mucho más importante: por qué pudo decirlo.

En Cuba no se desconoce el precio de la palabra. En Cuba se sabe perfectamente que hay jóvenes vigilados, silenciados, detenidos o bajo arresto domiciliario por mucho menos: por una publicación en redes, por un comentario incómodo, por una denuncia, por un gesto, por una frase. Por eso, cuando alguien perteneciente al círculo simbólico del poder puede hablar con esa libertad aparente, en una plataforma internacional, no estamos ante un hecho menor ni inocente.

Y aquí conviene recordar algo esencial: por mucho que se intente reducir todo a la figura de Díaz-Canel, el modelo cubano no funciona sobre la base de decisiones personales autónomas en la cúspide visible. En Cuba, ninguna decisión importante se toma sin autorización previa del verdadero centro de poder. Ese es precisamente uno de los rasgos del sistema. Por eso, interpretar estas declaraciones como si fueran sólo la opinión espontánea de un individuo sería, como mínimo, ingenuo.

Muchos dirán que Sandro Castro es un bufón. Puede ser. Pero la historia enseña que el bufón nunca fue una figura irrelevante. El bufón del rey no estaba fuera de la corte: estaba dentro. No gobernaba, pero hablaba desde un lugar permitido. Decía cosas que otros no podían decir. Entre la burla, la ligereza y el espectáculo, a veces introducía verdades, tensiones o mensajes que en otra voz habrían sido castigados. Y esa ha sido siempre su función más profunda: no sólo entretener, sino decir lo indecible sin romper del todo el orden.

Por eso, tal vez la pregunta no sea si Sandro Castro dijo verdades o si hizo el ridículo. La pregunta de fondo es otra: ¿qué papel está desempeñando?

Cuando desde dentro del propio apellido fundacional se critica al gobernante visible, se normaliza el lenguaje del capitalismo, se reconoce el malestar social y, al mismo tiempo, se preserva la figura mítica del fundador, puede que no estemos viendo una ruptura con el sistema, sino una operación mucho más sofisticada: la posibilidad de desplazar responsabilidades, oxigenar el relato y tantear nuevos marcos sin desmontar el núcleo real del poder.

Es decir: no necesariamente un cambio de sistema, sino quizá un reajuste del discurso. No necesariamente una apertura, sino una administración calculada del descontento. No necesariamente una fractura, sino una forma de preparar emocional y simbólicamente a la opinión pública para algo que todavía no se nombra del todo.

Por eso conviene mirar este episodio con menos ingenuidad y más memoria.

En un país donde hablar tiene consecuencias, las excepciones también hablan. Y a veces... dicen más que las palabras pronunciadas.

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Lázaro Leyva

Médico cubano, especialista en Medicina Interna. Reside en España y escribe con mirada crítica sobre la crisis sanitaria y social de Cuba.






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